Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Angel Par Ra. Felicitación de Navidad en Hispacuarela de Facebook) (*)
Las luces de la ciudad impresionaron a los tres sabios, acostumbrados a la más austera de las soledades. “Esto es otra cosa” exclamó entusiasmado Gaspar de Ahram. “Verdaderamente impresiona ver cómo celebra esta sociedad el nacimiento del Niño-Dios. Parece mentira que, después de tantos años, su recuerdo siga aún tan vivo. Estas luces y esta música nos están gritando que el mundo es ahora distinto, que el amor impregna ya todas nuestras vidas, que todos los hombres reconocen a su Creador. Esto sí que parece el Reino de Dios en la Tierra”.
“Espere, espere. No crean que es todo tan bonito” cortó el señor Ramírez, ligeramente azarado.
Un enorme edificio, revestido de luz de arriba abajo alzaba su imponente mole sobre una pequeña plaza también profusamente engalanada. “¿Por qué no entramos ahí? Propuso Melchor de Kabanbay. “A juzgar por la música que se oye no me extrañaría que hubiese dentro un coro de pastores, o más bien de ángeles, dando gracias a Dios.”.
Y los tres sabios entraron acompañados por el señor Ramírez. Eran unos grandes almacenes dedicados a la venta de libros y de discos de diversos tipos. “No vayan ustedes a creerse…” dijo Ramírez. “Algunas de las cosas que cantan resultan bastante duras para unos castos oídos. Y los títulos de más de un libro buscan la publicidad por el camino más directo”
Melchor leyó uno de los títulos: “Diario de una prostituta” decía. Por el amplio recinto sonaba una canción de los Rolling Stones “I can get no satisfaction…” y un cartelón con una enorme lengua adornaba una de las paredes. “Nuevas versiones de los Sex Pistols”, anunciaba otro cartel, en el que una bella joven revelaba algunos rincones íntimos de su exuberante anatomía.
“No parece que aquí estén precisamente rezando” comentó Melchor. “Y esta señorita no parece precisamente una pastorcilla” añadió Gaspar. “¿Por qué no nos vamos a otra parte?” propuso Baltasar.
***
“Quizás sea ese el lugar. Quizás podamos ver ahí a los ciudadanos celebrando el nacimiento del Divino Niño” sugirió de nuevo Melchor de Kabanbay. Otra vez la música desbordaba su punto de origen y se desparramaba por las calles aledañas, iluminadas por centenares de parpadeantes bombillas de colores. El señor Ramirez abrió la puerta y los tres hombres sabios entraron en el local. Una anciana desvencijada echaba monedas en una máquina tragaperras y miraba con avidez la bandeja en la que esperaba la caída de una aluvión de monedas relucientes. En la otra esquina, un hombre de edad mediana conversaba en voz baja con una muchacha excesivamente pintada que mostraba una buena parte de sus piernas, y un camarero medio adormilado sacaba brillo a unas copas con un trapo arrugado.
“Desde luego, no puede decirse que aquí reine la alegría” comentó tímidamente Baltasar. “Más parece un velatorio que una celebración” comentó Gaspar. “Creo que lo mejor que podemos hacer es irnos con la música a otra parte” añadió compungido el sabio Melchor.
Una preciosa estrella iluminada llamó la atención de Melchor el astrónomo: “Debe representar al cometa Halley, que cruzó los cielos de Israel hace ya poco más de dos mil años. No hay duda de que éste sí que es el sitio que andamos buscando”. “Bueno…” empezó a decir el señor Ramírez, intentando disuadirle. Pero ya era tarde, porque Melchor de Kabanbay había entrado rápidamente en el local seguido a corta distancia por sus dos sabios colegas.
El bullicio en el interior de aquellos grandes almacenes era indescriptible. Gentes de todas las edades y condición social se afanaban por abrirse paso entre la turbamulta. “Quizás encontremos aquí el entusiasmo que suponíamos” pensó Melchor, “y esos paquetes y bolsas que acarrean los viandantes sean presentes destinados a los niños y a los hombres de buena voluntad. Quizás encontremos el lugar que buscamos si subimos por esas extrañas escaleras mecánicas”.
Pero no fue así. En la parte alta del gran edificio vieron unas mesas repletas de montones de ropa desordenada en los que hombres y mujeres buceaban como si estuviesen buscando algún tesoro oculto. En el extremo opuesto al de las escaleras, un gran letrero rodeado de espumillón plateado decía “Cafetería”. Los tres sabios entraron en ella seguidos por un señor Ramírez totalmente desconcertado.
Un grupo de hombres encorbatados de unos cuarenta años tomaba un café con bollos alrededor de una mesa. “Estas Navidades van a ser tristes como consecuencia de la recesión” decía uno de ellos, que ya peinaba algunas canas. “Sí, la prueba es que bien poca gente se ha ido a esquiar este año” respondió otro más joven, de cabello engominado. “Creo que nos hemos vuelto a equivocar” murmuró Melchor de Kabanbay.
“Es que no es esto lo que buscamos. A mí me parece que debiéramos acercarnos a un templo”, les propuso el señor Ramírez. “Y ya les dije a ustedes que no todo es tan bonito como parece”.
***
La iglesia estaba casi a oscuras. Un mendigo se había situado en la puerta de forma que resultase imposible no tropezarse con él. Los tres sabios y su guía entraron sigilosamente. Una veintena de bancos se alineaba desde el altar hasta el fondo. Una mujeruca de edad avanzada rezaba en un rincón.
Los tres sabios y el guía avanzaron por el pasillo central hacia el altar, levemente iluminado por el resplandor que entraba por una de las vidrieras. Delante de él, sobre un lecho de pajas, yacía la pequeña imagen de un Niño Jesús robusto y mofletudo. “¡Qué solo está!” dijo en voz baja Baltasar a sus compañeros. “Me temo que no tendrá pastores, ni niños, ni regalos” musitó Gaspar”. “¡Y con toda la gente que hay por ahí!” se lamentó Melchor. “¿Para qué harán tanta fiesta?”
La viejuca se acercó a los tres sabios. “Perdonen, pero les he visto y me ha llamado la atención. ¿Vienen ustedes a algo?” preguntó. “Sí señora” le respondió el sabio Gaspar de Ahram. “Somos tres extranjeros que hemos venido de muy lejos para unirnos a los hombres de buena voluntad en la celebración del nacimiento del Niño-Dios. Pero hasta ahora no hemos encontrado a nadie que festeje el acontecimiento. Todos cuantos hemos visto se celebran a sí mismos yendo de un lado para otro y comprando cosas de escasa utilidad, como si no supiesen bien para qué ni por qué.”
“No esperen ustedes mucho más de lo que ya vieron” dijo la señora con un gesto expresivo. “Ha mucho que los mayores renunciaron a transmitir la antorcha de la fe a sus hijos, que andan como embrutecidos pulsando los botones de las consolas y de los móviles y obsesionados, como sus padres, por el bienestar”.
Un pequeño crujido del suelo hizo que el pequeño grupo mirase hacia atrás. Un niño acababa de entrar escoltado por un hombre y una mujer ya mayores. Indudablemente se trataba de unos abuelos que llevaban de la mano a su nieto. Los tres avanzaban lentamente hacia el altar. “Vosotros seréis los Reyes Magos, ¿verdad?” les preguntó el niño. “¿Cómo lo has sabido?” dijo Baltasar de Shinyanga. “Pues es muy fácil” contestó el niño sonriendo. “Uno de vosotros es negro, otro tiene la barba blanca y el tercero una barba rojiza. No podía fallar. Además estáis rodeando al Niño Jesús”.
El niño traía una vela en la mano. Su abuelo sacó de un bolsillo una caja de cerillas, encendió su pábilo, y puso la luz al pié de la humilde cuna de paja. “Todavía hay esperanza” dijo Melchor de Kabanbay, y entonces el templo se iluminó como si en aquella vela estuviese concentrada toda la luz del universo.
“¿Qué es eso?” preguntó el señor Ramírez. En efecto, coincidiendo con el encendido de la vela se acababa de oír una especie de gran explosión en el exterior de la iglesia. Todos salieron precipitadamente. “¡Es un apagón!” exclamaban los viandantes. “¡Nos hemos quedado a oscuras!”
La ciudad estaba sumida en las tinieblas. La gente iba de un lado a otro, desconcertada por la oscuridad. “¡A ver cómo llegó yo ahora a casa!” dijo una señora que apenas podía caminar con los paquetes que transportaba. “¡Y, encima, sin televisión!” añadió la joven que la acompañaba. “¡Pues nos hemos quedado sin cena! ¡Vaya una Navidad!” se quejó una tercera.
Los tres sabios, con el señor Ramírez, los abuelos y el nieto, volvieron a entrar en el templo y se acercaron de nuevo a la cuna. La pequeña vela seguía encendida y tan resplandeciente como si fuera la mismísima estrella de los Reyes Magos. El señor Ramírez se inclinó hacia la imagen del Niño-Dios que reposaba sobre las pajas. “¡Miren ustedes! ¡Esto es asombroso!” exclamó. “¡Pero si nos está guiñando un ojo!”
PS: Segunda y última parte del publicado en mi libro de cuentos y relatos “Salpicón de Historias con salsa agridulce”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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