Por Javier Pardo de Santayana

( Aeropuerto. Acuarela de Laurentino Martí en Facebook) (*)
La verdad es que me fijo en unas cosas… Por ejemplo, en la manía que algunos tienen de levantar las cejas y mantenerlas siempre levantadas. Sin ir más lejos, ahí tienen al omnipresente mequetrefe criado en las pizarras de la Complutense que pasa su vida intentando dar lecciones. Me refiero, sí, al híbrido de Pequeño Nicolás y Harry Potter que pontifica en los mítines de esos desgarramantas que ahora se muestran empeñados en decirnos que pueden no sé qué.
Supongo que usted, mi improbable lector, se habrá dado cuenta ya y no habrá dejado de observar que este hombrecito tiene el arte de mantener las cejas en vilo de forma casi permanente, cual si el hablar llevara necesariamente aparejada la sorpresa. Quizás esté asombrado, sí, de su propia locuacidad inane, o quiera subrayar la agresividad con que se expresa. Quizá pretenda hacernos ver que quien tiene el mal gusto de escucharle no acaba de entender. Mas sea cual sea su intención uno no acaba de ver la necesidad de ese gesto como de suficiencia que mantiene arqueando las cejas sin parar. Yo, por mi parte, me pregunto si no llegará a relajar su frente de cuando en cuando siquiera unos minutos, y siento decirle que si no lo hace le auguro un futuro de arrugas que plasmarán su pretensión de parecer un líder a la que el físico no ayuda ciertamente.
Y supongo que usted se dirá: pues tiene usted razón. Ahora que lo dice… Y es probable que busque en su memoria algún otro caso parecido Yo entonces le diré que el ya citado mequetrefe no es un caso totalmente aislado. Ahí tiene usted también, sin ir más lejos, al actual entrenador de ese curioso equipo que es algo más que un club y que le impone, como a sus pastueños jugadores, que se convierta en un mandado del separatismo. Pues bien, si usted presta atención a lo que digo, constatará que mantiene sus cejas permanentemente enhiestas como diciendo que no hay más cáscaras que las que él mismo ofrece; como si sus afirmaciones no tuvieran siquiera vuelta de hoja.
Otro de los detalles que observo en estos días es la manía que tiene mucha gente de no descartar nada. Los que en esto baten todos los récords son desde luego los meteorólogos de la televisión, y lo hacen sobre todo cuando se refieren a las precipitaciones. Que esto es lo que yo más admiro de ellos: que sepan decir tan deprisa esa palabra – “precipitaciones” – por demás larga y difícil de pronunciar para los extranjeros.
Otra cosa es que había yo observado que en nuestro afán por lo lúdico, que está de moda, habíamos caído en una proliferación de términos relacionados con el juego. Por ejemplo, en eso de apostar continuamente. En esto hemos hemos llegado incluso a apostar por la transparencia, que es ya rizar el rizo. Y ahí está también la pulsión por barajar, cosa que hacemos sobre todo manejando las hipótesis. Cuando algo pasa, viene la policía a ver lo que ha ocurrido, y lo primero que hace es barajar varias. Claro que la alternativa sería no descartar ninguna, que es hoy lo más normal del mundo. Sólo recuerdo una vez en que nos dijeron que había que descartar la más probable antes incluso de acabar el día, y esto fue cuando lo del 11-M, fecha en que se utilizó esta treta para tachar al gobierno de asesino. Y luego vendría lo que vino.
Otra manía, y con esto me contento por ahora, es lo de estructurar la contestación a las preguntas formuladas en las entrevistas sobre la base de empezar diciendo “La verdad que…” dejando caer luego de cuando en cuando un displicente “bueno…” así, con puntos suspensivos. En esto fue un hacha Raúl, por poner un ejemplo significativo. Más tarde vinieron otros muchos – casi todos – que cayeron en la cuenta de que, no teniendo nada que decir, así tenían asegurado poder colar con cierto aire intelectual aquello de “tenemos que seguir trabajando” y cosas por el estilo que vienen muy bien cuando hay que dar la cara después de una derrota. Claro que el éxito de tan manida fórmula se basa en que la prensa y la afición están ya acostumbradas a que no pase nada por no decir nada interesante, como ocurre también con la prensa del corazón; que da hasta vergüenza ajena ver cómo los “paparachis» persiguen a los famosillos por los aeropuertos sin que éstos abran siquiera la boca. Pero no importa la falta de respuesta, porque ellos mismos, es decir, los mismos periodistas, dicen en sus preguntas lo que los famosillos debieran contestarles, que es una cosa como muy graciosa y que tiene bastante más miga de la que parece. Por ejemplo, dicen los “paparachis”con aire sabiondo: “se llevará usted fatal con su cuñada, después de lo que la llamó a usted el otro día en el programa tal y tal… Supongo que ahora la pondrá usted a parir” o “estarás muy contenta con el nuevo niño, después de tanto tiempo como lo buscasteis tú y tu marido o lo que sea…”
Bueno, y esto no es más que un muy pequeño ejemplo de esos tics y esos timos que se repiten constantemente y que ya encajamos casi sin darnos cuenta; como si fuera lo más normal del mundo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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