Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Ricardo publicada en El Mundo el pasado día 14) (*)
Salía yo de una misa vespertina en la catedral católica de Atenas, cuando me encontré con el presidente de una asociación relacionada con la defensa europea. Corría el año 2005. Era el citado caballero un veterano embajador de Austria, ya jubilado y con muchos años de experiencia, con quien yo había coincidido repetidamente en reuniones internacionales. Nos saludamos y él comenzó a caminar a mi lado hasta que se decidió a preguntarme confidencialmente si los españoles éramos conscientes de en quién acabábamos de confiar la responsabilidad de gobernarnos. Probablemente se atrevió a decirlo porque España estaba en alza; porque, efectivamente, el acuerdo constitucional que habíamos logrado y los procesos de incorporación a las instituciones internacionales en el momento de cambio que vivíamos nos había hecho ganar prestigio en todas partes.
Superando las reticencias de nuestra montaraz izquierda – las de las marchas a Torrejón y las pancartas de “Otan de entrada no” – habíamos pasado a promover desde aquel lado político la integración en la defensa atlántica, y ahora España era ya un país normalizado, cumplidor y consecuente, activo en todos los ámbitos abiertos. Aquella Europa para la que España había recuperado hacía cinco siglos sus fronteras para proyectarlas luego por el ancho mundo hasta abrazar el arco de la Tierra ampliaba día a día su prestigio, y las dudas sobre nuestro país se convertían en certezas gracias al buen sentido de los españoles; de ahí que el embajador austriaco se mostrara sorprendido al ver que quienes se esforzaron con tanto éxito por entrar en la modernidad se mostraban ahora tan infantiles e incapaces como para otorgar su confianza a un individuo sin conciencia que accedía al gobierno por medio de una treta indigna: nada menos que calificando de asesino al anterior presidente del gobierno; un hombre que precisamente había salvado su vida de milagro frente a la insidia terrorista. Ya saben ustedes que, efectivamente, con el presidente al que se refería el preocupado embajador austriaco se iniciaría lo que yo he llamado “la década de los irresponsables”; una transformación que nos ha llevado a la penosa situación en que hoy estamos y que ha acabado, quizás por mucho tiempo, con el prestigio que habíamos ganado a pulso con nuestro buen hacer.
Así, si habíamos llegado a poner en ridículo la broma que nos incluía despreciativamente entre los “PIGS” (Portugal, Italia, Grecia y España) y nos haría aparecer como conflictivos e incapaces, ahora contribuiríamos a favorecer tan negativo apodo. Porque fue con el nuevo presidente – y con el retorno de aquella izquierda montaraz que hoy nos ofrece un muestrario de hechos y de actitudes que no se compadecen con una visión de la Europa como modelo universal de convivencia en la paz y el progreso – como empezó a torcerse todo. A la eliminación de cualquier posibilidad de guerra interna y a la creación de una “Sociedad del Bienestar”- una Europa culta y moderada – siguió la mirada atrás, el sentimiento de revancha, la utilización falseada de la Historia, la posibilidad de volver a las andadas, y ahora la mugre física y moral y un visceral desprecio de nuestras tradiciones. La mirada del odio.
Hace tan sólo unos días que todo esto se ha hecho patente de diversas formas en la reapertura de las Cortes españolas, como se había también dejado ver hace unos meses en la constitución de los nuevos ayuntamientos y en los gobiernos autonómicos. Si dicen que una imagen vale mil palabras, poca falta habrá hecho leer las noticias internacionales para que fuera de nuestras fronteras se haya tomado cuenta de la preocupante degeneración del ambiente político español. Con sólo contemplar las fotografías se habrá podido ver cómo una pandilla de “antisistemas” de aspecto más que patibulario pasaban directamente de la quema de contenedores a pisar la moqueta del poder; cómo gente impresentable invadía los ayuntamientos poblándolos de meonas, indocumentados, artistas del tres al cuarto, graciosillos ofensores de muchachas violadas, “stripers” blasfemas y de vocación pirómana, cerriles tatuados de los de pendiente en las orejas, “okupas» de porro y lata de cerveza en ristre, conspiradores de pizarra y coleta, tiernos infantes reducidos a la condición de camisetas reivindicativas, rastas que exigirían autorización higiénica y otras muchas escenas suficientes para formar criterio sobre el actual elenco de nuestros representantes públicos. Basta, pues, con comparar éste con el que podría corresponder a una película cómica o de miedo. Lastima que en las fotografías no se perciba el mal olor que comentaba una prestigiosa periodista, ni se pueda observar el contenido de algunos currículos. Pues los había llamativos, como los que registraban agresiones a los policías, actos vandálicos o adhesiones incondicionales a las organizaciones terroristas.
Desde luego, uno ve estas cosas y le cuesta creerlas. Uno se pregunta, por ejemplo, si toda la chusma reseñada representa al buen pueblo español; no digo ya a la gente bien formada, a quienes han sido capaces de hacer un país puntero en la construcción, la arquitectura, el arte, la energía e incluso las finanzas; a un país generoso que tiene el honor de ser el paladín mundial en donación de órganos y de situarse en la cabeza de los más longevos. Si corresponde a quienes hoy son ejemplo de solidaridad enviando sus hombres y mujeres a los puntos más conflictivos y exigentes del planeta en beneficio de la paz. En fin, a todos los españoles, incluidos los que no llegan a fin de mes, los funcionarios y los comerciantes, los jóvenes, los maduros y los de la tercera edad: aquéllos que hace sólo cuatro años parecían conscientes de que era preciso hacer un gran esfuerzo de sacrificio y patriotismo para salvar la crisis.
En efecto, parece imposible que esa misma gente sea la que ahora opta por otorgar su confianza a un grupo folclórico de indocumentados e incapaces a los que motiva el egoísmo y el afán por fastidiar al prójimo: esos tuiteros de vocación y de ejercicio; esos listillos y liantes de la Cofradía de la Malababa carentes de pasado y de futuro y sólo interesados en la destrucción. Esos cuyos modelos son la “democracia” de Maduro y la revolución de octubre de la que hoy abjuran hasta los jerarcas rusos; la que fue origen de los mayores genocidios del pasado siglo y que cercenó las libertades para imponer su “nomenklatura”. Y también esa multitud de tontos útiles; que de éstos hay ya “más que botellines”.
Lo malo es que tamaña prueba de inmadurez y de ignorancia no podrá por menos de desacreditar a España al extender la idea de que los españoles no tenemos el menor remedio. Dirán: “¡Y pensar que llegamos a admirarlos!”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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