La Noche de los Goya

Por Javier Pardo de Santayana

( Políticos en los premios Goya)

Yo no pensaba ver el desarrollo de la “Noche de los Goya” porque estaba hasta el gorro de contaminación política. Sabía de la propaganda sectaria y de la demagogia que los cineastas exhibían sin reparo, y no estaba dispuesto a que me metieran en casa tal bazofia. Recordaba sobre todo la indecente imagen de los de la cofradía de la ceja haciendo el gesto que ustedes ya conocen en loor de aquel señor que nos dejó tal como ustedes saben, esto es, con las arcas llenas de facturas y sembradas las semillas de la desunión y del enfrentamiento político y social. O sea, hechos unos zorros. Así que me dije: pues ya está bien de graciosillos y de tontos útiles. Y decidí no volver a ver más agitprop; que eso es lo bueno que tiene la televisión: que uno no tiene obligación de verla.

Mas ¡ay! estábamos pasando unos días en un pueblo con nuestro hijo y un amigo, y a alguien se le ocurrió sintonizar aquel programa, así que no pude evitar el verlo. O mejor dicho, oírlo, pues después de recluirme en el dormitorio un rato y buscar un pretexto para no estar presente, se me ocurrió sentarme ante el ordenador y utilizarlo como parapeto. Por otra parte, el presentador parecía ser un tipo preocupado por hacer reír; al menos así nos lo quisieron hacer ver varias veces al día y durante varios días de las últimas semanas, por lo que quise pensar en la posibilidad de que se dejase de intrigas y fuera al grano cinematográfico. Vana ilusión la mía ciertamente, pues, aparte de no verle la gracia ni en el forro de la camiseta, el humorista volvería a los clásicos y perdería parte de su tiempo en atacar al gobierno lo que pudo.

Seré más específico: lo que yo oiría al otro lado del ordenador sería un insulto al ministro de Hacienda, con el cual el humorista haría un juego de palabras tachándole de inculto, ya que para esta gente la cultura son ellos, sí señor. Algo inaceptable y de mala educación según me enseñaron en la escuela primaria y en mi casa, cuando se sabe que insultar a alguien encontrará eco entre los muchos irresponsables que hay por lo visto en nuestros pagos, y, sobre todo, cuando no está presente para defenderse el insultado; máxime si él no tuvo la intención de fastidiar o de sacar tajada, sino de sacar a flote a un país que los corifeos de lo fácil dejarían para el arrastre. O sea que no hay que tener el Nobel de economía para entender que a ese señor le tocó la incómoda responsabilidad de hacer la tarea más molesta y difícil de la crisis.

Mas no crean ustedes que quedó ahí la politización del acto, pues se animaría al respetable a que rompiera en aplausos en favor de una señora que la mismísima víspera había visto cómo una de sus concejalas, no contenta con acumular intencionadas meteduras de pata, había programado un espectáculo infantil en el que se hacía apología de “Alka-Eta”, es decir, de una intencionada combinación de organizaciones delictivas: nada menos que las de Eta y Al Qaeda. Espectáculo donde los titiriteros se regodeaban enseñando a los niños cosas tan prácticas y formativas como matar a hachazos a un juez y a un guarda civil o violar a una monja, que no es precisamente aquello que los padres quieren que sepan sus retoños para convertirse en hombres y mujeres de provecho.

Desde luego esto de jalear a cuadrillas de asesinos que se han cargado a miles de inocentes no parece de recibo en un país normal, y creo que no es preciso el explicar por qué. Pero lo dicho no es más que un botón de muestra, ya que, tanto la citada concejala como la misma señora alcaldesa, a la que el presentador se dirigió como si fuera una viejecita encantadora, acababan de retirar de una calle de Madrid, como si fueran apestados que no merecieran ser ni recordados por la “ciudadanía”, los nombres de unos religiosos asesinados por el odio a Dios. O sea que, como si no bastara con matarlos, estas señoras anularían su memoria, quizás en beneficio del buen nombre de quienes los habían apiolado, que parecen ser las gentes de su gusto.

Pero este desliz aun no sería suficiente, puesto que el graciosillo aplaudiría también innecesariamente a la cuadrilla de políticos presentes en el acto e incluso les instaría a ponerse de acuerdo cuanto antes, que no parece mala idea si no fuera porque no contaban con el partido más votado; porque, amigo, los presentes tenían asegurada su adhesión entusiasta e incondicional a aquel grupo de políticos en beneficio de su condición de “progresistas” (?) aunque cada uno de ellos fuera de su padre y de su madre. Y, sin embargo, el presentador despreciaría olímpicamente la oportunidad de sacar punta humorística de que uno de los jefes de partido apareciera de esmoquin en el acto después de haberse presentado a Su Majestad el Rey en audiencia oficial con pinta de camarero de chiringuito después de una intensa jornada de trabajo; que no me digan que el contraste no es curioso.

Y aún tuvimos que sufrir el cachondeíto que el presentador se trajo con el ministro de Educación, Cultura y Deportes, enumerando sus títulos y sus merecimientos como si ser persona culta y brillante fuera casi un demérito en su contra hoy en España, y formulándole estúpidas consultas de gramática. Está claro que los prefieren ignorantes, y de ello tenemos elocuentes muestras y experiencias.

Finalmente hay que decir, para ser justos, que al menos el nuevo presidente de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas me pareció sentirse incómodo teniendo que aceptar el banco pintado de convertir el acto de la concesión de los premios anuales en una plataforma sesgada y reivindicativa. Lo cual no es de extrañar; porque no me digan que, en unos tiempos de crisis como éstos, cuya sordidez el mismo cine se encarga de poner continuamente de relieve, tiene fácil encaje un acto que cuesta un pastón y que se reviste de “glamour” a base de gente guapa y de vestidos que están fuera del alcance, no ya de los desheredados de la fortuna, sino de la gente normalita. ¿A esto lo llaman “corrección política»?

Porque yo me pregunto que dirán quienes no llegan a final de mes o sencillamente no tienen nada qué llevarse a la boca y ven que en plena crisis la “progresía» del cine se queja de que Hacienda la aprieta las clavijas como si tuvieran una bula de la que los demás carecen. Y qué pensarán de que lo hagan invocando “La Cultura”, cuando el cine tiene una importante faceta de negocio y se aplica precisamente a un ocio que no pueden pagarse todos los españoles. Ocio que, por el momento – y mientras nos recuperamos de los destrozos producidos por los amigos de los de la ceja – ya está sobradamente atendido por los programas de la televisión y otros recursos semejantes. ¿Es que esos señores no entienden de prioridades en tiempos de penuria y no comprenden que en justicia la mayor aplicable pueda corresponder más al “panem” que a “los circenses”?

O sea que pretendieron que no nos enteráramos de que había una crisis de caballo, y ahora quieren que sigamos en el limbo con objeto de sacar partido de ella.

PS: Para terminar confesaré que, oído, el conjunto de la velada me pareció un pestiño de tufo sindicalista al que no encontré la gracia sino en el sitio donde reside en las avispas. Pero no excluyo la posibilidad de que, visto en directo, esta impresión mía pudiera mejorar.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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