Por Javier Pardo de Santayana

( El Cristo de Limpias) (*)
Limpias es un bello pueblo situado allá donde se empieza a hacer marisma el río Asón; lugar de encuentro entre las aguas dulces que descienden desde los montes cántabros y las más amargas que llegan del Atlantico; situación concreta que ya hace tiempo me inspiraría esta coplilla:
Bañadas por el Asón
y por la ría bañadas
las niñas de Limpias son
limpias, dulces y saladas
Hoy en día la carretera que enlaza Ramales de la Victoria con Laredo, completando así la conexión de la meseta con el mar, evita el paso por el centro de las poblaciones que en la ruta de siempre nos obligaba a pasar por tramos muy estrechos, singularmente en este pueblo del que hablamos, donde a veces parece imposible no pisar a los clientes de los bares, ya que en alguno de ellos los habituales han adquirido la costumbre de tomar sus cervezas saliéndose a la acera.
En todo caso recomendamos detenerse en Limpias siquiera por conocer su parador o contemplar alguna de sus nobles casonas. Y desde luego, sin dudarlo, por visitar la iglesia de San Pedro, más conocida como “el Cristo de Limpias”, visita que conviene acompañar de una merienda sobre la base del famoso chocolate con picatostes que sirven en alguna de las instalaciones que nos tientan desde las cercanías del templo. Por de pronto, en nuestra casa, como en la que fue la casa de mis padres, nunca puede faltar esta visita, como tampoco la de la Bien Aparecida, esa Virgen Patrona de Cantabria de imagen casi diminuta que se venera no muy lejos de ésta.
Pero volvamos a Limpias en busca de la Historia para indagar el origen de la veneración del Cristo. El asombro crece al saber que los hechos que la inspiraron no tuvieron lugar en la lejana antigüedad, sino tan cerca de nosotros como que la distancia en tiempo aún no completa un siglo; es decir, cuando mi padre era ya un mozo de veinticuatro años cumplidos.
La imagen parece proceder de la capilla de los padres franciscanos de Cádiz. Destruida con ocasión de unas inundaciones, fue recogida en su oratorio por un caballero de Santiago de nombre Diego de la Piedra, nacido precisamente en aquel pueblo montañés, quien dejaría escrito que, a su muerte – hecho que sucedió en 1755 – tanto la talla del Cristo, con las de su Madre y de San Juan, fueran instaladas en la citada Iglesia de San Pedro.
El caso es que el año 1919, cuando uno de los padres, profesor del Colegio de San Vicente de Paúl, comenzaba a limpiar el rostro de la imagen tras arreglar la instalación eléctrica, observaría asombrado que el Cristo tenía los ojos cerrados, algo que le causó tanta sorpresa que le haría dudar incluso si no sería ésta la situación normal de la escultura. Tan fuerte sería la impresión recibida, que se vería impulsado a agarrarse a la escalera para caer con ella desde la altura al suelo. Luego, naturalmente, escribiría un informe detallado de cuanto había sucedido.
Fue precisamente a partir de este momento cuando las visitas al templo de Limpias se multiplicaron, pues este fenómeno y otros parecidos siguieron repitiéndose con el natural asombro tanto por parte de quienes esperaban que algo sucediera como de los incrédulos.
Así pocos días después al final de una misión, al propio párroco se sintió obligado a subir hasta la faz de la escultura para comprobar lo que creía estar viendo. Y cuando, con un pañuelo y con sus propias manos, constató que la imagen estaba perspirando.
De la misma forma, el 13 de abril del mismo año – Domingo de Ramos por más señas – cuando dos notables del pueblo, para los que aquellos prodigios no eran sino un caso de histeria colectiva, cayeron asombrados de rodillas al constatar que se movían la boca y los ojos del Crucificado. No fue de extrañar, por tanto, que, como cumplidamente nos informa Google, testas asombrosas realidades, recogidas en una cifra récord de 8000 testimonios – 2500 de ellos bajo juramento – dieran lugar sólo año más tarde a que el pueblo de Limpias registrara una cifra total de peregrinos que superaría la de Lourdes. En efecto, la fama del Cristo de Limpias se extendería bastante más allá de nuestras fronteras, y alcanzaría incluso al continente americano Así, en la Habana sería erigido un segundo santuario con la misma advocación ya conocida..
PS: Conviene puntualizar que la prodigiosa talla de autor desconocido, de tamaño natural como las dos que la acompañan, no nos muestran un Cristo desgarrado o barrocamente retorcido por el dolor del sufrimiento – una expresión corporal que bien pudiera conmocionar a quien lo viera – sino tan solo una mirada agónica y una expresión del rostro que refleja todo el sentido del sacrificio del Calvario.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1528/24827278121_0201867fcc_b.jpg