Pobres animales

Por Javier Pardo de Santayana

( Perros de caza . Acuarela de Hangel Montero en Hispacuarela, Facebook) (*)

Pondré por delante una pequeña confesión: que, mejorando lo presente, será difícil que ustedes me superen en compasión por los animales. En efecto, creo que mi actitud hacia ellos se acerca bastante a la de San Francisco, y que esta sensibilidad mía se debe probablemente a una capacidad más que considerable de empatía que me identifica con esas criaturitas más allá de lo normal y saludable. Quiero decir con ello que me fijo por ejemplo, en un perro, y por unos momentos yo casi lo soy también. Pienso, fíjense ustedes qué exageración, en que igual que mi yo fue adjudicado a un ser humano podría haberlo sido a otro animal cualquiera, desde aquel pájaro que está posado en una rama, hasta la cucaracha que corre a toda prisa para esconderse en una esquina. También ellos, como yo mismo, serán conscientes de encontrarse vivos y se esforzarán por sobrevivir y sentirse medianamente a gusto. O sea que en eso raro será que alguien pueda ganarme.

Bueno, salvo una señora de un pueblo de la Montaña – hoy Comunidad Cántabra – donde por cierto cada vez hay menos vacas – que podría presentarse como ejemplo de un cariño hacia los animales tan extremo que a muchos dará risa aunque a mí, la verdad, me ha enternecido. Hablaba conmigo un amigo mío del pueblo, un ser de estos que parecen escasear pero que afortunadamente siguen existiendo; un hombre siempre de buen humor y siempre dispuesto a echar una mano a quien lo necesite. Y me hablaba de su esposa, una mujer caracterizada por su seriedad y a la que nunca vi sonreír. “Muchas veces la he propuesto irnos de viaje a conocer otros lugares, pero ella se resiste, y lo hace principalmente por no dejar solos a los animales” me dijo su marido. A lo cual añadió con referencia a las gallinas: “es más cariñosa con ellas… Fíjate que ¡hasta las ha puesto cortinas!”. Y esto sí que es expresión de amor.

En todo caso tendríamos que reconocer que en el fondo somos unos desagradecidos. Por ejemplo, con las vacas, que nos dan la leche con la que amamantan a sus crías, o con esas gallinas que nos entregan los que podrían ser sus hijos sin que esto genere en nosotros la menor reacción de agradecimiento. Y, encima, les llamamos “¡animales!”.

Pero pese a estas consideraciones que les hago he de decir que me fastidian esos pelmazos que se nos presentan como “animalistas”. Ya saben ustedes que todos los “ismos” son estereotipos más o menos interesados; deformaciones a las que algunos se agarran con la intención, más o menos consciente, de hacer carrera o de significarse. Una actitud que tiende a orientarse muchas veces, no tanto a una mirada compasiva hacia, pongamos, nuestro ”hermano lobo”, como hacia practicar un “postureo» relacionado con militancias de matiz político. Y esto da lugar naturalmente a ciertos comportamientos caracterizados por la hipocresía.

No es infrecuente, por ejemplo, que el “animalismo” vaya de la mano del apoyo al aborto y otras animaladas parecidas; algo que nos parece inconsecuente y que nos hace pensar en que las expresiones de amor hacia los animales puedan tener más bien su origen en el desprecio al hombre; de ahí que tienda a caer en la contradicción. Así, uno cándidamente se pregunta si todos los ”animalistas” de oficio y beneficio no se habrán hecho al final vegetarianos, pues de no ser así nos llamaría la atención verles comerse un filete de ternera o simplemente unas almejas. Y nos escandalizaríamos si un día les pilláramos en el trance de matar una molesta mosca veraniega, porque se plantearía la cuestión de si unos animales tienen más derechos que otros,

En cualquiera de los casos habría que reconocer que todo nos conduce hacia un terreno complicado. Así ocurre, por ejemplo, con aquellos personas que reclaman una especial legislación para la protección de los primates que más se asemejan a los hombres, ya que la idea de equiparar a unos con otros, ¿no acabará finalmente en un baremo de clasificación “por clases”? O,¿llegaremos a matizar esa relación del hombre con otros animales como lo hacia Miguel Delibes, cazador avezado que sutilmente distinguía a los que poseían unas mirada próxima a la humana? Porque así podríamos enredarnos en una cadena de complicadas consideraciones teóricas. Pero de entrada nos topamos con el hecho de que sólo la naturaleza puede ofrecer al hombre la posibilidad de su sustento. ¿Se trata entonces simplemente de no caer en el ensañamiento? Porque entonces ya estaremos entrando en algo razonable.

Como conclusión quisiera decir que la transformación de los hombres en seres urbanos, y la creciente invasión de los artilugios en que nos apoyamos hoy en día para tener y hacer cuanto necesitamos, nos llevan a la aberración de desligarnos de la naturaleza sin darnos cuenta de que hasta esos mecanismos electrónicos proceden de la tabla de los elementos químicos, es decir, que nada hay a nuestro alrededor que no forme parte de la naturaleza. Vivimos, pues, en un ecosistema que no podemos sustituir por ningún otro, y esto nos conduce a respetar a los animales, no sólo por la cuenta que nos trae, sino también por una actitud moral. Mas ésta no supone que tengamos que crear un mundo ficticio sacando todo de quicio. Que hasta me salió rimado.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1577/24663576190_44e86efa1a_b.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído