Por Javier Pardo de Santayana

( Niños. Acuarela de Lola Catalá) (*)

En plena recuperación de antiguos documentos familiares cae en mis manos un viejo libro titulado lo mismo que este artículo: “Azul celeste”. Y me veo de pronto con solo pocos años y esperando que me venga el sueño mientras mi madre me lee un cuento fascinante de una bella princesa y un príncipe convertido en corzo por no recuerdo qué oscuro maleficio. De ellos tan sólo me viene a la memoria que eran hermanos y que la niña había atado al cuello del animal con el mayor cariño, para saber así donde encontrarlo, no sé si un pequeño lazo o una campanilla. Bueno; en realidad también recuerdo aquel “Braulio el temerario” que yo relacionaba con un niño del colegio que destacaba por tener una cabeza respetable. Así que uní las dos cosas para siempre y esto dio lugar a lo que ahora les cuento.

Traten ustedes de imaginarse el día de mi incorporación a la Academia, cuando ponía en orden mis pertrechos en la taquilla recién asignada para mí en la cabecera de la inmensa nave. El guirigay era considerable, pues los cadetes entraban y salían, y no eran pocos los de otros cursos que acudían a saludar a los novatos. Sería entonces cuando oí el nombre de Braulio y no pude evitar que en mí interior surgiera la imagen de un muchacho dotado de un buen chorlo.

Mas no fue sólo esto, ya que pasado un rato, al ver que me pasaba por delante un novato de esas características, me sentiría arrastrado por un arrebato casi irracional para – asómbrense ustedes mis lectores – lanzarme a preguntarle si por ventura se llamaba Braulio, a lo que él me contestó que sí. Y aún no quedaría ahí la cosa, ya que, animado por el éxito, me atreví a formularle otras preguntas que confirmarían efectivamente su condición de vallisoletano y antiguo alumno de las Teresianas. Conste, para que ustedes se hagan cargo de esta increíble historia, que ni el tamaño de la cabeza de aquel joven era tan desmesurada como ustedes podrían imaginar, ni creo que fuera normal por mi parte aventurar tamaño atrevimiento.

Mas volvamos al meollo de esta pequeña joya bibliográfica, recopilación de casi un centenar de cuentos infantiles todos del mismo autor, José Muñoz Escámez; un hombre sorprendente por su inteligencia y su memoria a juzgar por lo que el prologuista nos escribe. Dice que un día, siendo aún muy joven, se presentó el señor Muñoz Escámez para pedir algún puesto docente, y que, al ser inquirido sobre las disciplinas en que se podrían utilizar sus aptitudes, contestaría que en cualquiera de ellas se sentiría cómodo si bien su preferida era la historia. Y que años más tarde un conocido cronista del congreso quedaría asombrado al constatar que la memoria de aquel hombre era capaz de reproducir, palabra por palabra y sin la ayuda de ninguna nota, las frases de un torrencial orador parlamentario.

Tan delicioso prólogo ya vale la lectura de un libro que, como éste, se halla en un lamentable estado de encuadernación, si bien permite sin mayor problema acceder a la mayor parte de los cuentos. Pero el interés de tal joya bibliográfica no queda sólo en la presentación del prólogo, sino también en el hecho de que una colección de cuentos infantiles mereciera una edición con tanto esmero y cuidada hasta el extremo en los detalles. Sólo la exigencia de encargar y reunir casi trescientas ilustraciones de diversas firmas y de una calidad que no desmerece en forma alguna en su comparación con los mejores grabados de la época, dan ya justa fe del esfuerzo realizado. Y nuestra admiración sigue creciendo cuando conocemos la intención de quienes, con Saturnino Calleja al frente, promovieron y realizaron una edición como ésta, cuyo subtítulo – “cuentos morales” – resume lo que el prólogo presenta como intención expresa: contribuir a la educación de los más jóvenes en unos sólidos principios.

“Cuentos morales” dice, Y no puedo por menos de maravillarme comparando lo que veo en este “Azul celeste”, con lo que supongo habría ocurrido si se hubiera pretendido hacer algo semejante en nuestros días. En efecto, me temo que en tal caso un hombre de la categoría del autor citado seguiría hoy ya de entrada distintos derroteros aunque no fuera más que por medrar en la literatura, obtener algún premio conocido y cobrar fama en el papel couché.

Porque doy por seguro que, en el caso de haberse producido en estos tiempo una iniciativa como la de nuestro libro, don José Muñoz Escámez habría tropezado con la incomprensión del editor. Quiero decir con esto que lo más probable habría sido entonces que mi añorado “Azul celeste” no viera jamás la luz del día, salvo, naturalmente, si el autor hubiera cambiado de objetivo y en vez de unos deliciosos cuentos infantiles se hubiera propuesto publicar unos morbosos “Cuentos inmorales”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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