Por Carlos de Bustamante

( Inmaculada de la Dehesa de Peñalba) (*)
Créanme, inicio este título VIII, con algo que si no es miedo, se le parece. Miedo, o lo que sea, en caer en el sentimentalismo. “Vosotros sois mis manos”, tiene un antes muy agradable – hermoso- y un después – pasado un tiempo de pena-, realmente espléndido. Y ambos, repletos de grandes afectos y profundos sentimientos. Como les veo la cara de haba que me están poniendo trataré de aclarar lo dicho siendo más explícito; aunque ello me obligue –que no lo sé- aun IX con el que no quisiera que se me durmiesen.
Sucedió en la Dehesa de Peñalba hace ya “la tira de años”: no menos de sesenta. Antesdeayer…: en el caserío de esta labranza familiar en el valle del Duero, vivían todo el año un número de familias considerable; y todas ejemplarmente numerosas. Mejores o peores los tiempos pasados, lo cierto es, que llegado el domingo, los episodios en el embarcadero para cruzar en barca a la otra orilla eran, a la vez cómicos y trágicos. De regadío la labranza en la que trabajaba el cabeza de cada familia y tantas veces los hijos mayores, si de cruzar el Duero “inmenso” -en realidad curso medio no muy abundante en aguas- se trataba para asistir a la Santa Misa en el pueblecito de Peñalba de Duero –nuestra parroquia-, ni mayores ni jóvenes querían dejar de cumplir el precepto. Sólo que a veces, el querer se daba de bruces con la mar tenebrosa del río que sin embargo discurría perezoso en suaves meandros.
Como creo recordar que al inicio de mi andadura en este veterano blog ya les narré extensamente sucedidos, episodios y tragedias, omito reiterar lo que “mis improbables lectores” de sobra conocen. Lo cierto es que, bien por las dificultades de llegar el sacerdote procedente de Villabáñez al pueblín, a través de la Senda de los Aragoneses cortada a trechos por cárcavas o desprendimientos de las laderas de arcilla y yeso cristalizado, bien por el peligro, real de los ancianos “marineros del más puro secano” al efectuar la travesía, el caso fue que hubo de plantearse en las altas instancias del arzobispado, si trasladar la parroquia del pueblo con tan solo dos vecinos (muy pronto una sola familia) y la preciosa iglesia muy deteriorada, a la capilla que habrían de construir los terratenientes- ¡ja,ja!- de la Dehesa. Y se hizo.
Era pequeñita, acogedora y que invitaba a la oración. El altar, hecho por el carpintero de Traspinedo con madera de nogales curados en la propia Dehesa, resultó más que digno; cuasi lujoso para la maltrecha economía de los terratenientes… de pacotilla; pero apropiado al fin para el que estaba destinado. Más bien escaso diría, y digo, para esto. O sea decoroso y digno. Las imágenes, de serie, el cariño las hizo preciosas: la Santísima Virgen del Carmen, nuestra Patrona y nuestro Padre y Señor San José.
“Vino el señor obispo con todo el acompañamiento”… y quedó inaugurada la nueva parroquia en la Dehesa de Peñalba “la Verde”: porque lo era; como el jardín de Edén en el castellanísimo valle del Duero.
Cada mediodía la cantarina y pequeña campana Santa María, repicaba a la hora del Ángelus. Y cada tarde a la puesta del sol, volvía a llamar “voluntariamente”, para el rezo del Santo Rosario. El pequeño recinto se llenaba a rebosar con la vecindad del caserío, y las de los que por entonces se llamaban “amos”… de mentirijillas: cuatro familias, también numerosas que, sobre todo en verano, ocupaban bancos, reclinatorios, pasillo, e incluso los exteriores del pequeño templo, adosado a los muros de dos de las viviendas principales. Los Domingos, y tras la odisea, narrada años ha y que no repito, del transbordo del Sr. cura de Villabáñez a su nueva parroquia “allende los mares”…, la Santamaría volteaba rápida con sonidos agudos que, en “primeras, segundas y terceras”, llamaban al personal que trabajaba en las labores propias de cada estación en la familiar labranza.
Intransitable la Senda –por la que, desde Aragón, vino el rey Fernando para contraer nupcias con la gran reina Isabel de Castilla, dicho sea de paso-, se hizo necesaria la presencia de sacerdotes de Tudela de Duero, para atender la floreciente parroquia.
Los niños se hicieron mayores; y sin dejar de celebrarse las ceremonias anteriores, llegaron las bodas. Los mayores se hicieron ancianos y con la vejez, las defunciones. Carentes de cementerio –aunque la tierra vecina al caserío se denominase Camposanto (y eso es otra historia), fue preciso enterrar a los difuntos en el viejo de Peñalba. Los antiguos “amos” (¡qué cosas…!) ahora fueron “gerentes” con ideas innovadoras. Éstas, se hicieron.
Uno de ellos, Rezongón para ustedes, acometió la reforma de la capilla-parroquia, como requerían los nuevos tiempos. ¡Vaya que si lo hizo!: “removió Roma con Santiago” hasta vestir a la capilla-parroquia con un traje nuevo. Precioso.
Como para el Señor y el culto con los Sacramentos que se impartían en él todo le parecía poco, se propuso in mente no reparar en gastos aun siendo escasos los fondos de que disponía. Renovó primero los ornamentos del sacerdote; los vasos sagrados luego; el suelo con cerámica castellana, preciosa… y… ¿Lo ven?: continuará en IX. Si Dios es servido.
Verán en él, creo, el por qué de “Vosotros sois mis manos”.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1649/25717007481_0d641c4c60_b.jpg