Tomaduras de pelo

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Christian Couteau en Facebook) (*)

El ser humano tiene un concepto determinado de sí mismo. Por ejemplo, le cortan un brazo y se considera mutilado, pero le cortan un mechón de pelo y no le molesta si lo tiran directamente a la basura. Claro que el brazo no se reproduce y el mechón de pelo sí, y que ésta es una diferencia bien notable. Pero no me refiero a que el pelo sea más o menos útil o al hecho de que si pierdes cualquier miembro lo pierdas para siempre, sino al concepto que uno tiene de su propio cuerpo. Yo veo cómo el peluquero corta el pelo al cliente para tirarlo al suelo y que lo barran, y en momento alguno tengo la impresión de que aquello sea propiedad de nadie. Desde luego ninguna pena ni añoranza del pasado nos asalta al ver como algo que fue nuestro se pierde en este caso empujado por la escoba. Como tampoco nos sorprende el hecho de que nosotros mismos cortemos y arrojemos una parte de nuestro propio cuerpo como es ésta.

Lo cual indica que el hombre se siente formado por un armazón de huesos que sostiene un cuerpo modelado en una carne contenida en su forma por la envoltura de piel que la sujeta, y sólo considera el pelo como un vano añadido que cumplió su papel pero que ahora le sobra. Cree sí, que las uñas y el cabello, o el pelo en general, son considerados como un curioso complemento remanente de un pasado lejano, como las tetillas, cuyo origen antediluviano se refiere a los retrasos del cromosoma “Y”.

Dicen que el pelo es un antiguo protector ante los golpes y la insolación directa en la cabeza, misión a la que parecen también aspirar otras partes del vello corporal como aquel que aparece en la nariz o en las orejas, tenidos como filtro de partículas nocivas

Y sin embargo ya saben ustedes la importancia que concedemos a nuestra cabellera. En realidad siempre lo hizo la mujer, que lo considera parte modelable de sí misma y en consecuencia pieza fundamental para marcar estilo y personalidad incluso cuando se hace molesta su presencia. Así no es raro ver cómo las locutoras de televisión luchan consigo mismas para despejar su vista de la injerencia de una melena que estorba y distorsiona una y otra vez el aspecto que ellas se habían propuesto ofrecer a los espectadores. Situación que, a pesar de ser frecuente, no parece impulsarlas a cambiar de modelo de peinado.

En cuanto al hombre, hubo de optar por afeitarse la barba, no afeitársela, limitarse a una perilla, dejarse o no patillas, o añadir a su fisonomía el cursi bigotito clásico, lacio en los lados o con las puntas disparadas. Como vemos, nada parecido al trato dado por las hembras a su pelo, quizá porque a diferencia de éstas, lo más probable es que el tiempo acabe por traer al hombre alguna variedad de la alopecia, adversa circunstancia a la que debería acostumbrarse cuanto antes, pues de otro modo se gastará la hijuela resistiéndose con los ya conocidos malos resultados. Así que en espera de lo inevitable sólo se preocupó de conservarlo dejándolo crecer sin más variantes que la raya a uno u otro lado o el peinado hacia atrás. Se trataba como recordarán ustedes de mostrar especialmente su limpieza sin otro aditamento que, en algunos casos, la gomina, que dejaba el pelo reluciente como si se mantuviera completamente húmedo.

Mucho suele decirse últimamente acerca de la igualdad entre los sexos, casi siempre para poner a la mujer a la altura del hombre. Y sin embargo en este aspecto me parece advertir que ocurre todo lo contrario: tan sólo vemos ahora al hombre modelando su pelo en aras de mostrarse original sin darse cuenta de que al final lo que hace no es sino seguir la moda, puesto que atribuir los cambios y variantes a una obsesión por la belleza me parece falaz. Y así veremos toda suerte de excentricidades: crestas de todos los colores para simplemente mostrarse “diferentes”; cráneos rapados hasta una cierta altura para luego coronar el cráneo con una especie de cepillo; pelos disparados hacia arriba como una imagen del susto o del asombro, y hasta dibujos capilares trazados como caminos en la jungla. Hasta letras y palabras hemos visto escritas sobre la cabeza, y por supuesto tintes de colores muy diversos. Pero sin necesidad de llegar a tal extremo vemos ahora como el hombre realiza toda una operación de maquillaje zascandil consistente en el adorno más directo, como es el de los tatuajes absurdos en la piel y otras lindezas que rompen de forma radical con la tradicional sencillez del typical varón hispánico: aquel que en otro tiempo consideraría que estas cosas tan raras que ahora se hacen son amaneramientos más cercanos a la psicología femenina que a la austera seriedad tradicional del hombre. Pues lo tradicional ha sido exactamente lo contrario

Para encontrar una cosa parecida habría que retroceder al tiempo en que los caballeros seguían la moda afrancesada de las pelucas y los zapatos de tacón, lo que de seguro traería de cráneo a los austeros caballeros españoles acostumbrados a una serena sobriedad que entonces era el más cabal de los marchamos de elegancia. Pues por mucho que aquéllas fueran una excelente solución para ocultar la calva, lo de verse forzados por la moda a disfrazarse de damiselas empolvadas debió serles difícilmente digerible. En tal sentido aplaudo la decisión de muchos calvos de dejarse de componendas y añadidos rapando decididamente sus cabezas.

En todo caso, en drástico contraste con la actual obsesión por hacerse notar a costa de la cabellera o de cualquier otra parte del cuerpo masculino, cabe reseñar la aparición de una línea estética bien patente en nuestros días por la cual, sea buscando la naturalidad o con la intención de acentuar el atractivo del hombre como animal de compañía, hoy se opta con frecuencia por el cabello despeinado. Así que no es raro ver incluso a presentadores conocidos, y no digamos a astros de la pantalla, con el aspecto de haber sido pillados recién salidos de la siesta y sin haberse pasado tan siquiera los dedos por la pelambrera, cuando en realidad vienen de ser sobados y manipulados por esteticienes y maquilladoras. O sea, que, contra toda norma lógica y como claro signo de lo que ahora llamarían “machismo”, muchos de nuestros aspirantes al título de “guapos” se nos aparecen despeinados quizás en consonancia con las modelos femeninas que exhiben sin recato pantalones vaqueros destrozados adrede o faldas como pingos que espantarían hasta producir infarto a aquellas entrañables costureras de otros tiempos que venían a coser a casa.

Por eso me pregunto: ¿Cómo diremos ahora a nuestros niños aquello de: “Pepito, quítate esas trazas, ponte decente y no te olvides de peinarte, que viene a vernos la tía Catalina?” Ante lo cual optamos por no decirles nada, y así estamos ahora como estamos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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