Por José María Arévalo

( Así se vería la iglesia de san Benito, si se hubieran conservado los dos pisos de ladrillo que hacían aún más altos los colosales pilares. Reconstrucción de Juan Carlos Urueña Paredes en su libro “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”) (*)
Estaba preparando un artículo sobre la vallisoletana Casa de Colón, que he visitado estos días junto con un grupo de compañeros jubilados, y otro artículo para publicar de mi compañero Javier Pardo de Santayana (añadirle la foto y poco más, que me toca a mí) éste sobre la polémica de la estelada en el partido de la Copa del Rey, que habrá salido justo ayer, cuando me ha llegado un correo de un amigo que me remite el que ahora les reproduzco por su interés, aunque siento no poder decirles quien es su autor. Nos cuenta –y pide su difusión, dada su actualidad- que el Monasterio de Montserrat, símbolo de la identidad catalana y refugio de su patrona, estuvo anexionado durante cuatro siglos al Monasterio de San Benito de Valladolid por una decisión de los Reyes Católicos. No es para mí un desdoro esta dependencia ni lo incluyo por ello, sino por lo desconocido y curioso del hecho y para que veamos cuantas vueltas da la vida y no pasa nada, no somos unos más ni menos que otros.
“Cuenta la leyenda que todo comenzó en el año 880, cuando unos niños encontraron una imagen de la Virgen en una cueva situada en la montaña de Montserrat, en la provincia de Barcelona. Se trataba de una talla románica del siglo XII que representa a la Virgen con el Niño en brazos. Ambos tienen el rostro y las manos oscuras, una característica que ha hecho que a la Virgen de Montserrat se la conozca popularmente como La Moreneta.
El culto a esta imagen comenzó ese mismo año y fue el origen del actual monasterio de Montserrat, todo un símbolo de identidad nacional en Cataluña. No en vano, desde el 12 de septiembre de 1881, gracias al Papa León XIII, la Virgen de Montserrat es la patrona de esta comunidad autónoma. Pero poca gente conoce la importancia que tiene Valladolid en la historia de esta institución. Los Reyes Católicos la visitaron en 1492 y no quedaron muy satisfechos con la intensidad de su vida espiritual. Por entonces el monasterio dependía de la Congregación Claustral Tarraconense, pero Isabel y Fernando se pusieron en contacto con el Papa Alejandro VI para conseguir anexionarlo al de San Benito el Real, en Valladolid, que estaba en plena expansión. Así se hizo. La comunidad benedictina de la capital de Pisuerga fue la encargada de impulsar la espiritualidad del monasterio catalán durante los siguientes cuatro siglos.
Así lo recoge el escritor Javier Barraycoa en su libro ‘Cataluña Hispana’: «En 1493 una docena de monjes llegaba al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, con ellos iba quien sería elegido prior, y más tarde abad: García Jiménez de Cisneros». Se trata de una «figura ilustrísima», tal y como reconoce el padre Bernabé Dalmau, uno de los 80 monjes que forman esta comunidad, licenciado en Teología y Derecho Canónico y autor de unos 30 libros religiosos. «Él elevó el nivel espiritual de la comunidad», señaló en declaraciones a este periódico.
Y no solo es espiritual. El impulso cultural también fue muy importante. Tanto, que se empeñó en que el monasterio tuviera su propia imprenta. «Y para conseguirlo contó con los discípulos de Gutenberg, que por entonces estaban en Barcelona», explica Dalmau. De este modo, allí se imprimeron todos los libros litúrgicos de la congregación.
Los doce monjes que llegaron desde Valladolid tenían un reto importante. El monasterio de San Benito tenía la misión de refundar la orden y por eso se hizo cargo de la gestión de unos 20 monasterios en España. Allí debía aplicar las normas que regían en Valladolid. Una empresa complicada en Montserrat, por tener unas características especiales. Se trataba de una «comunidad muy plural» en la que, aparte de los monjes, convivían ermitaños, peregrinos, que dieron lugar a una pequeña comunidad de presbíteros y el colegio de niños cantores (actual Escolanía). Jimñenez de Cisneros supo ser flexible y, en lugar de hacer imposiciones, adaptó un reglamento para cada una de estas comunidades. «También respetó otras peculiaridades, como mantener las celdas individuales, en la lugar de imponer las comunes que se utilizaban en Valladolid, porque pensaba que eso favorecía la oración», asegura el padre Dalmau.
Convivencia. Eso sí, la tutela del monasterio de San Benito fue muy fructífera durante las primeras generaciones, pero «al cabo de 60 años», la coexistencia de monjes procedentes de la Corona de Castilla con los de la Corona de Aragón empezó a complicarse. Principalmente porque cada tres o cuatro años cambiaban a los vallisoletanos, y en Barcelona entendían que esto no favorecía la vida espiritual. El abad Jiménez de Cisneros fue elegido para estar allí en siete ocasiones, «en cambio, en los siglos XVII y XVIII hay una lista muy larga de abades».
No obstante, el monasterio de Montserrat siguió dependiendo de Valladolid hasta el siglo XIX, cuando vivió unos años negros. Primero, por la Guerra de la Independencia Española. Las tropas francesas lo saquearon e incendiaron en dos ocasiones (1811 y 1812). «Las autoridades de Barcelona cometieron la imprudencia de fortificarlo, y creo que por eso lo atacaron», opina el padre Dalmau. En esos dos episodios se perdieron muchos de sus tesoros. En 1835 llegó la exclaustración como consecuencia de la desamortización de Mendizábal, un proceso que consistió, entre otras cosas, en la expropiación de muchos bienes de la Iglesia. Estos dos mazazos supusieron el fin de la vida monástica, que no se recuperó hasta 1870, con un proceso lento que comenzó con la «afiliación de unos pocos monjes a una congregación italiana que estaba protegida por la Santa Sede».
Hoy el monasterio de Montserrat es uno de los símbolos de Cataluña, hasta el punto de que allí se han celebrado varios actos en los que se reivindica la independencia. De hecho, su actual abad, Josep María Soler, es un firme defensor del «derecho a decidir». Un presente muy ligado a la identidad catalana, pero que hunde sus raíces en la estepa castellana”.
No veo muy redondas estas últimas conclusiones del anónimo articulista, las reproduzco como opiniones ya que uso el cuerpo principal de su escrito. Tampoco soy partidario de reproducir escritos anónimos, pero he buceado por la nube y creo que el contenido básico es cierto, además de las citas que incluye y la referencia a que ha sido publicado en un periódico. Ha sido más bien defecto de mi amigo no citar la fuente, fallo tan habitual, desgraciadamente, en la red. Por esta vez, y dado el interés de la narración, ruego disculpen la licencia que me he tomado. Por cierto, mi segundo apellido es Riera, y otros que siguen Ginestar, Roselló, etc., propios de mi ascendiente, vía materna, valenciano, lo que ya he comentado en otras ocasiones, y con familia en Cataluña propiamente dicha, aunque me siento muy orgulloso de ser castellano de nacimiento y ascendencia paterna. Ya les contaré más en una serie que preparo sobre mi memoria, más que histórica, familiar, que también es histórica. Conviene, creo, conocer las raices, nuestra historia; a la vista de lo narrado, está claro su interés hoy.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7367/26546766233_2e9eba352d_b.jpg