Por Javier Pardo de Santayana

( Primavera. Acuarela de José Mª Arévalo) (*)
Saben ustedes que cuando ya se ha acumulado cierta edad es frecuente necesitar una pastilla que modere las subidas de tensión, y que esto nos obliga a ir de cuando en cuando al médico para solicitarle unas recetas. Mi galeno, señor de cierta edad e hijos crecidos, es un poco como aquellos antiguos hombres sabios que entraban en tu casa preguntando dónde estaba el enfermo; quiero decir con ello que es persona asequible y hasta con cierto sentido del humor, lo cual permite ir algo más allá de contarle las cuitas simplemente. Así que ayer hablamos, sí, como solemos, y comentamos la delicia de vivir en un lugar del mundo desde el que se ve, no digo media España, pero casi, ya que el centro de salud se encuentra, con su pista de por si acaso para los helicópteros, en pleno Llanomonte. Después me volví a casa atravesando el campo por un sendero y dando gracias a Dios por cuanto veía en el camino.
Hoy, como quiera que teníamos pensado ir por la A1 a un centro comercial no muy lejano, a mi mujer, que contemplaba el espectáculo, la dio por proponerme aquella ruta que teníamos ya casi abandonada pero en la que suponíamos poder gozar intensamente de la tardía eclosión primaveral.
Y así lo hicimos cruzando Fuente el Saz y siguiendo luego en dirección hacia Madrid. Pronto nos encontramos dos cigüeñas que salían de sus nidos respectivos hacia los humedales, una aún en vuelo bajo y la otra buscando perspectiva. Yo me acordé de aquellas que solían habitar en lo alto de unas grúas aparcadas y que se hallaron desahuciadas a la vuelta de su viaje anual al África. ¡Qué recuerdos aquellos!
Verdaderamente nuestro corto viaje no defraudaría nuestras esperanza, porque en estos primeros días de radiante primavera me haría comprender el dicho popular según el cual “cuando entra mayo todo prado es un jardín”, pues yo diría más, porque no sólo los prados estaban materialmente tapizados, sino que las flores aparecerían en cualquier parte: una linde, una ladera, o al borde mismo de la carretera. “Mira eso…”, “Bueno ¿y qué me dices de esto?” “Pues no te pierdas lo de allí”…
Eran flores silvestres, sobre todo de color amarillo muy vivo, pero también muchas blancas e incluso moradas, cuando no salpicadas de amapolas. Una tapia ofrecía arriba flores de un amarillo blanquecino muy denso como del color de las natillas, y, a su pie, una fila de matas de flores casi anaranjadas, como en dos bandas que se miran mutuamente entre los verdes.
Entonces caí en la cuenta de lo mucho que ignoro en cuanto a los nombres de flores silvestres, para las que de poco vale mi cultura de jardinero y hortelano. Me pasa como con los árboles, y eso que no creo contarme entre los más ignorantes de los hombres en cuanto al campo se refiere. Y sinceramente lo lamento, pues conocer el nombre de las cosas añade a éstas una dimensión distinta. Uno ve una flor que se llama, por ejemplo, “rosa”, y ya está imaginando una señora de empaque y gran belleza, no ya una simple flor de un color determinado, tal como ocurre cuando uno sabe distinguir una “violeta”, porque su solo nombre ya sugiere una humilde y graciosa modistilla. Y basta con decir jazmín para sentir que el aire nos trae un aroma indefinible, o azalea para trasladarnos a un mundo de palacetes y refinamientos con un cierto toque exótico del sur. En cambio me molestan estos nombres científicos que suenan como cáscaras inútiles y que parecen frutos de laboratorio: “eryngium”, “kniphofia”, “licuaría» o “thalictrum». Son como disfraces que ocultan la sencillez y la belleza; cual palabras sin alma que no nos dicen nada.
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También ante tanto esplendor queda flotando la pregunta de que para qué servirían esas flores que tiñen de colores el paisaje si no existiese, como existe, el hombre, entendiendo por tal el ser humano. ¡Qué desperdicio si nadie pudiera contemplarlas!
Luego, perdido en estos pensamientos, imagino de pronto aquellos tiempos en que el planeta estaba sometido al zarandeo de explosiones volcánicas; aquellos tiempos pavorosos en que se levantaban las montañas y se hundían los valles; cuando las lluvias inundaban todo y los vientos trasladaban las tierras de un lugar a otro. Era aquel tiempo – aquellos largos siglos sin historia – como un delirante momento creativo en el que el artista anda buscando la última expresión de sus ideas; un prodigioso esfuerzo que configuraría los paisajes de ahora, ya apacibles, y haría, por ejemplo, que este precioso valle del Jarama fuera como es ya casi para siempre.
Uno descubre esto como acercándose a la última verdad, asombrado de una realidad que parece desmentir que todo pueda ser fruto de la pura casualidad. Y uno se asombra simplemente de ser, y de ser precisamente en el entorno planetario en que uno vive; de ser capaz de percibir y asimilar tanta belleza como la naturaleza nos ofrece gratis. En fin, uno se asombra simplemente de la grandeza de este obra de amor que no nos deja ya escapar de la poesía.
Sí; en este entorno mágico no es raro que a uno se le ocurran cosas como ésta:
MILAGRO EN LA MAR
¿Y si el mar floreciera de repente
y se llenara de flores encendidas?
Imaginad los témpanos rodeados
de campos de petunias y alhelíes
y las profundas simas abisales
tupidas de altos tallos retorcidos
Al vaivén de las olas oscilantes
dormirían, quizás, los girasoles
y un aroma de mirto y de romero
llenaría de olor la madrugada
Hasta el mismo confín del horizonte
llegarían los campos de amapolas
y con la espuma blanca de sus pétalos
orlarían las costas los jazmines
Habría maremotos de caléndulas.
Si tal cosa ocurriera,
yo saldría a la mar sin rumbo fijo
para ver cómo saltan los delfines
entre los tallos de las margaritas
Y dejaría crecer la marejada,
y arder de tempestades los océanos
para llenar de rosas mi cubierta
y regresar al puerto con los mástiles
ornados de glicinias y amarantos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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