El Rezongón. Respetar sin hosanar

Por Carlos de Bustamante

( Hacia el Mercado de San Miguel, Madrid. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es ) (*)

Me perdonarán ustedes que utilice con demasiada frecuencia la expresión ¡Hay que “roerse”! cuyo significado se le supone; pero es que, mis amigos, suceden cosas a diario que el Rezongón, que no acostumbra a utilizar tacos en sus leguaje ordinario no puede evitar lo del que ¡¡hay que roerse ¿eh..?!

Verbigracia, como decíamos antes: hay en los madriles una placita donde los niños que hoy vivirán en mejores “praderas” jugaban a las canicas sobre la tierra del lugar que vino en llamarse Plaza del Guá, por aquello del hoyo (“guá”) en este juego. Después, se le cambió el nombre, tan vulgar, por el de Vázquez Mella, prestigioso militar carlista eminentemente católico y de lo más famoso en su tiempo por cualidades profesionales y virtudes castrenses y morales.

Pues ¡héteme aquí!, que llega a la a alcaldía madrileña “la abuelita” y por no sé – o lo sé demasiado bien- intenciones va y le vuelve a cambiar el nombre por el del “insigne” Zerolo; señor a quien respeto, pero en absoluto creo – y como el Rezongón infinidad de personas – que sea merecedor del privilegio de ser hosannado con la dedicatoria de su apellido en una plaza de la capital de España. Por eso y puestos a la par ambos currículos (el de Vázquez Mella y el de Zerolo) no puedo evitar esta exclamación de total desacuerdo. Y me pregunto y pregunto: ¿Hay que roerse… ¿ o no?

Tenía iniciado este artículo “mil y muchos” en nuestro blog, cuando hube de guardar, apagar y cerrar, porque debíamos acudir mi esposa y yo a la celebración de un ochenta cumpleaños; en la Parroquia inmediata primero con la Santa Misa de acción de gracias, y comida luego en un restaurante bueno, bonito y barato en las proximidades de nuestro domicilio. Había en la acera de enfrente –sin segundas intenciones en la expresión- un grupo de personas realmente extraño por la indumentaria y gestos. Ésos que sí denotaban la pertenencia a dicha acera. Destacaba, con indumentaria tremendamente llamativa, una mujer hombruna; la que lucía sus “atributos de lactancia inevitablemente femenina”, pero de tal calibre que ni las baterías del 183 (¿) en la canción de “la Cirila”…. Amén de una minifalda que dejaba al descubierto la pertenencia a un caballero de “pelo en pecho” y pantorrillas musculosas, velludas.

Molesto por lo extravagante, comenté “inter nos”: Si entran ésos al restaurante, yo no. Parece que permanecían, ahora sí, en la otra acera. En el local-bodega, con lleno total, se celebraban diversos festejos en los que los niños eran si no protagonistas, desde luego mayoría. Comentábamos la maravilla de la adopción por un matrimonio joven de una chinita preciosa, cuando hicieron acto de presencia los susodichos de la acera de enfrente, capitaneados por la “mujer barbuda” y tan estucada que de reírse, a buen seguro se descascarillaba. Se sentaron con “ella” en la presidencia, justamente en la mesa al lado de la nuestra. Créanme, que el bacalao con salsa de mariscos y tomate- delicioso dicho sea de paso- se me hizo una bola en la garganta que ni las albóndigas o “mascada”, como denominábamos los cadetes a las hoy populares hambuguesas.

Hice ademán de levantarme, para no estar incómodo ni incomodar con la cara de desagrado que puse a los de la acera de enfrente… Varias manos me sujetaron. No, no eran las de la mujer barbuda ni las de sus curiosos acompañantes, sino los de la “prudencia” de mi esposa y de quienes nos acompañaban con el homenajeado. Costándome “tres huevos duros”, por prudencia callé y sin dejar de rebullir en el asiento ¿incómodo? proseguí el buen yantar.

Con un tiempo espléndido, veraniego sin serlo, tomamos café en la terraza del café-bar próximo a nuestro domicilio. Allí, di rienda suelta al contenido – con perdón- cabreo.

-¿Pero cómo es posible que en un establecimiento público se falte así al respeto de hombres, mujeres y niños presente? -exclamé como las salvas de honor de una batería.- ¿Es que a vosotros os da lo mismo?, concluí más sosegado.

En esas estábamos, cuando se acercó a nuestra sombrilla el dueño del recién dejado restaurante-bodega. Muy cortésmente, se expresó de esta manera:

-Por clientes y vecinos conocidos, procuré que su reserva de mesa fuera en un lugar tranquilo sin molestias de ningún tipo.- Siento, añadió, la vecindad tan molesta que les ha tocado en mala suerte.- lo que no sé, añadió, es si ahora puede colocarse el letrero de “Reservado el Derecho de admisión”, porque, finalizó, esto de la democracia y de libertad para todo, no hay quien lo entienda.

– Ni usted, ni yo –le dije.- Porque si no les admite, a lo peor le denuncian y si les pone una estatua de homenaje (como la plaza a Zerolo), le denunciamos, amablemente eso sí, nosotros.

Como rezongón que no pretende aconsejar, les digo nada más, que o “ellos” se van a sus “garigolos” como el de Orlando; a un restaurante privado, como los nudistas en las playas para idem, o los que no pertenecemos a ese “colectivo” LGTBI nos quedamos en casita para las celebraciones, que “se está como en ningún sitio”.

Para otro día, si Dios es servido, rezongaré sobre el “cartel en la `procesión´ gay” y la profanación de la capilla universitaria de los madriles. Es tanto el `trabajo´ que se le acumula al Rezongón que ¡hay que roerse ¿eh…?!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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