Por Javier Pardo de Santayana

( Blue-steel. Acuarela de Paul Jackson) (*)
Una buena parte de mis artículos está inspirada en el asombro de las contradicciones en que casi sin darnos cuenta caemos casi todos. Vivimos tiempos propicios para ello, puesto que el más significativo de los signos favorece la confusión mental al abocarnos a un mundo cada vez más complejo y más difícil de entender, así que todo es dado por supuesto sin hacer el esfuerzo de entenderlo. Nada favorece el buen sentido: la evolución hacia una complejidad creciente, y la imparable aceleración de los procesos – amén de la natural dificultad de adaptación a un cambio tan vertiginoso como el que estamos experimentando – nos está haciendo cada vez más incongruentes: la brecha entre la realidad y las teorías que precipitadamente formulamos se hace cada día más profunda. Y ahí tenemos la solución del cambio por el cambio como estúpida salida a los problemas engendrados por el creciente ritmo de la historia.
Abandonados la reflexión y el buen sentido, las contradicciones surgen como los hongos tras las primeras lluvias y dan lugar a situaciones chuscas que el ciudadano incorpora sin más a la normalidad del día a día. Buena ocasión, sin duda, para escribir de asombros asumidos a los lectores españoles, de vocación surrealistas y a los que a veces el azar favorece sin quererlo. Pero eso es ya costumbre que supera los signos de los tiempos; ahí tienen ustedes – por citar un caso significativo – la estrecha vecindad de la sede de la organización de ciegos con el palacio de Buenavista.
Como ustedes pueden suponer, estas cosas no tienen desperdicio y son fuente de permanente inspiración para mi colaboración en este blog. De ese fluir extraigo hoy un comentario que golpea mis entendederas cada día que salgo por las calles o frecuento las carreteras españolas. El tema es la circulación rodada y la creciente importancia concedida por nuestras autoridades oficiales al uso de las motos y al retorno de la bicicleta. Parece que lo progre y lo avanzado es expresar de alguna forma el rechazo a lo moderno y el retorno a una simplicidad que entra en contradicción con la extendida fiebre por esos artefactos electrónicos que de diversas formas nos seducen.
Claro que no faltan razones para ello, porque el progreso engendra problemas que será preciso resolver. Lo que pasa es que, a falta de otras salidas más acordes con la realidad, se ha puesto de moda la solución sencilla que consiste en la sustitución del medio habitual por artefactos más rudimentarios que habrán de convivir con otros mucho más complejos en un entorno cultural en el que la preocupación por la seguridad y la obsesión por poner todo ”negro sobre blanco” llega a los extremos que ustedes ya conocen.
Fíjense ustedes en si es o no contradictorio que la obsesiva preocupación por la seguridad – y el lío que se forma cada vez que se produce a la hora de atribuir responsabilidades en caso de accidentes gordos – no se dan de narices contra lo legislado. Porque la solución ante los problemas engendrados por la presencia en nuestras calles y en nuestras carreteras de vehículos mucho más lentos que los que constituyen el flujo general consiste en ingenuas concesiones a aquellos más lentos por naturaleza; concesiones que entran en colisión directa con las exigentes reglas aplicadas a la generalidad. Nos dicen, por ejemplo que para facilitar la convivencia con las bicicletas nos echemos un poco hacia el centro y que no importa hacerlo aunque esté prohibido cruzar raya continua; basta con asegurarse de que no viene ningún coche en dirección contraria. Y esto me parece francamente una chapuza para salir del paso que contrasta con la exigencia general, como la posibilidad de que las bicicletas vayan de dos en dos y cosas parecidas. Señores, seamos serios; que por esa regla de tres también habría que acabar dejando circular a los peatones.
Algo parecido ocurre con las motos, no ya en la solución de su convivencia con los coches, camiones y autobuses, sino sobre todo en cuanto a la seguridad de unos viajeros que carecen de la protección de la carrocería e incluso de cinturones de seguridad. y están expuestos a esos chinazos tan frecuentes que destrozan nuestros parabrisas y pueden ser mortales para ellos.
No me digan ustedes que no es contradictorio que con tantas consideraciones de detalle como se hacen para cuanto concierne a nuestra seguridad, y pese a lo fino que se hila hoy en este aspecto, parezca normal el admitir que no se encuentra inconveniente que un motero pueda llevar a alguien sentado a pelo y abrazado a su espalda con los brazos. Imaginen que el paquete sienta necesidad de estornudar o de rascarse, o simplemente deseo de hacer cosquillas al piloto. O que, perteneciendo al sexo opuesto, genere sin querer cierta emoción en quien conduce.
A mí me llama la atención que circunstancias como las descritas no sean tenidas debidamente en cuenta; que la convivencia de condiciones tan dispares como las existentes se esté resolviendo con medidas ingenuas y poco admisibles en un ambiente de exigencia como el que ahora vivimos. He aquí un ejemplo más de las incongruencias en que caemos casi siempre a la hora de enfrentarnos a los nuevos signos de los tiempos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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