¿Rigor, o permisividad?

Por Javier Pardo de Santayana

( Nueva York. Acuarela de Álvaro Castagnet) (*)

Leo un nuevo artículo de Guy Sorman; trata de Nueva York y su seguridad. Dice que durante las décadas de los setenta y los ochenta este era un territorio en el que el crimen se sentía cómodo.

En realidad una larga tradición favorecía que esto sucediese. En el cine de entonces era frecuente que tanto esta ciudad como Chicago proporcionaran materia propicia y abundante para aventuras de policías y ladrones, como, gracias al adecuado ambiente de misterio que aportaba aquel famoso “smog” mezcla de humo y de niebla, Londres era el perfecto “set” para los típicos asesinatos de mujeres.

Siendo yo joven viajé a los Estados Unidos con frecuencia y disfruté de estancias en lo que hoy conocemos como ”la Gran Manzana”, pero esto fue en los cincuenta y los sesenta. Solía aterrizar en la base de Trenton, y así tuve ocasión de conocer muchos de los lugares emblemáticos de la capital estadounidense: Times Square, la Quinta Avenida, el Parque de Baterías, el Empire State o la estatua de la Libertad, Broadway y el Radio City Music Hall. Era la época en que los norteamericanos imitaban los tupés y las maneras de Elvis Presley. Cuando regresé a USA en los setenta, los ochenta y los noventa, ya no pasé por allí sinoº por Washington. Mas siempre tuve la impresión de que el impulso de la modernidad no había erradicado las tradiciones más clásicas y llamativas de la vida norteamericana; que en el fondo seguían imperando los ambientes de siempre. Así que cuando llevé mi avión hasta Chicago y tuve ocasión de recorrer sus calles no pude por menos de imaginar en ellas la sombra de Al Capone.

Guy Sorman nos informa de algo sorprendente: que Nueva York es hoy una de las grandes ciudades más seguras del mundo. Y hasta nos dice la razón: aquella urbe tan grande y tan compleja, propicia a albergar toda suerte de facinerosos, tuvo la suerte de contar con un jefe de policía que cambió radicalmente el panorama. La clave de esta transformación fue, según nos dice Sorman, la instauración de un régimen de “tolerancia cero” que no dejar pasar ni lo más mínimo; que castiga cualquier infracción severamente. O sea, lo contrario a lo que aquí se hace. Pues los españoles nos entregamos a la permisividad como si ésta fuera una de las mayores virtudes de la democracia. Y vemos como los rateros, los que llamamos ”pequeños delincuentes” e incluso los que van más lejos de eso, por ejemplo los estafadores – y ustedes pueden añadir casi todas las variedades de de la criminalidad urbana – tienen bastante más fácil salir de las comisarías que entrar en ellas o en la cárcel. Ninguna medida coercitiva impediría, según nuestros teóricos, que los delincuentes cometieran sus fechorías habituales, porque ellos son así y seguirán haciendo lo que hacen sin que la acción policial haga mella en su ánimo. Y el resultado es, como ustedes bien saben, que entran y salen de las comisarías más o menos como Pedro por su casa.

Yo en esto, como en otras muchas cosas, tiendo a plantearme la pregunta de por qué ahora y no así antes. Y la experiencia neoyorquina dice que por lo visto la coacción funciona. Pero, claro, funciona siempre que quienes gobiernan no sean delincuentes en potencia o en activo. Porque aquí hay quienes aplauden la okupación» de las viviendas o el saltarse a la torera las decisiones judiciales; quienes se jactan de contravenir las normas y muestran como deseables algunos comportamientos delictivos, quienes se carcajean de los jueces, quienes se regodean con las agresiones a los policías, quienes hacen héroes de peligrosos delincuentes que transportan cargas explosivas para cargase al prójimo o se incautan de fincas ajenas. Quienes casi imposibilitan su trabajo a los agentes haciéndoles correr el riesgo de ser perseguidos por la opinión mediática. Y ahí me paro, aunque también podría referirme a ese trasiego de la judicatura a la política y de la política al a judicatura que con demasiada frecuencia se produce.

Sí; en efecto, una excesiva transigencia como la que los españoles practicamos con las pequeñas transgresiones contribuye a un ambiente permisivo en el que no queda demasiado claro quienes son “los buenos” y “los malos”; una degeneración de los principios y un ambiente de equívocos morales que no sólo produce los efectos que aquí apunto sino otros muchos más y trascendentes. Por ejemplo, la deriva hacia una determinada clase política cuya baja estofa se aprecia hasta en el aspecto de sus representantes (ver chiste de JM Nieto del 12 este mes de agosto en el periódico ABC).

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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