Por Javier Pardo de Santayana

( Panorámica de Ruiloba, Cantabria) (*)
La ermita de Nuestra Señora del Remedio se eleva sobre un promontorio que por un lado domina el mar Cantábrico y por el otro los bosques próximos a las localidades de Ruiloba y Comillas. Todo un espectáculo realzado por un impresionante cielo azul. Estamos celebrando la boda de un joven sobrino-nieto nuestro que ejerce ya de médico en el hospital de Valdecilla.
La ermita es sencilla y bien cuidada; carece, naturalmente de un retablo o cosa parecida. Sólo adornan el presbiterio una imagen de la Virgen y dos figuras de hombres de armas, una a cada lado, casi idénticas. Mi primera suposición es que pudiera tratarse de dos centuriones; no en vano tres de ellos representan las tres confesiones de fe más impresionantes de los primeros tiempos: la de aquel que dijo “Señor, yo no soy digno…”, frase que pronunciamos en cada Santo Sacrificio de la misa, aquella que se oyera al pie mismo de la Cruz: “Verdaderamente es el Hijo de Dios”, y las que más adelante escucharía Pedro en boca de Cornelio, miembro de la Cohorte II Itálica; las que propiciaron su bautismo pese a no ser judío, convirtiéndole así en el primer “extranjero“ bautizado.
Pronto me hacen caer en la cuenta de algo que yo desconocía: que los patronos de Santander – Emeterio y Celedonio, santos – era también hombres de armas; en este caso soldados y no centuriones, y no romanos sino nacidos en España, probablemente en Calahorra. Así que puede darse por seguro que las imágenes de nuestra ermita corresponden precisamente a ellos.
Me entero luego consultando Google de que los dos están entre los primeros mártires hispanos, puesto que su martirio se sitúa en el siglo III después de Cristo. Marcelino Menéndez y Pelayo cita naturalmente a estos dos “guerreros” en su “Historia de los heterodoxos españoles”, recordando que su sacrificio fue el primero recogido y cantado por el poeta hispano Prudencio en su “Peristephanon”. También murieron asesinados como ellos muchos otros españoles de muy diversos puntos de nuestra geografía, lo que da idea de cómo en sólo unos tres siglos la fe se había ya extendido por todos nuestros pagos; por ejemplo, por Mérida, Compluto, Ávila, Córdoba o León, lugar este último donde aparece también el nombre de otro centurión – Marcelo – sacrificado con sus doce hijos. Por lo que se ve, tendría que llegar el emperador Constantino para que cesaran las persecuciones.
Emeterio y Celedonio serían ejecutados durante la persecución de Diocleciano, allá por el año 298, o quizás en la de Valeriano. Les darían muerte por no abjurar de sus creencias después de trasladarlos a su lugar de nacimiento desde su destino en unos campamentos cercanos a León. Es casi seguro que fueran hermanos de sangre, y habían dado muestras de su arrojo hasta el punto de ser condecorados con los “torques” o collares que, según costumbre gala, reconocían las virtudes del valor y de la disciplina. Se dice que su reciedumbre de soldados les ayudó a resistir ofrecimientos y halagos a lo largo de una prisión muy prolongada antes de ser decapitados en un arenal de Calahorra junto al río Cidacos, lugar donde se erigiría una catedral rompiendo la costumbre inveterada a según la cual ésta debiera haberse incluido en lo que solemos llamar “el casco urbano”.
Ustedes se preguntarán cuál pudo haber sido la razón por la que unos santos que habían visto la luz en Calahorra, y fueron presos estando destinados en León y encerrados en un lugar cercano a aquel en que nacieron, acabarían convirtiéndose en patronos de la ciudad de Santander. Y esa es exactamente la pregunta que me llevó a mí mismo a investigar las circunstancia que relacionarían aquellos hombres admirables con un lugar que quizás ni tan siquiera habían conocido. La respuesta parece que hay que buscarla en una circunstancia acaecida muchos años más tarde: con la invasión musulmana y su progresión a lo largo y ancho de nuestros territorios. Pues parece ser que llegadas las tropas musulmanas al valle del río Ebro y viéndose seriamente amenazadas las reliquias de Celedonio y de Emeterio – como supongo que ocurriría con otros muchas objetos de culto – éstas tuvieron que ser trasladadas a otros lugares más seguros; en este caso, nada menos que hasta la costa atlántica e incluso hasta algún lugar de Francia. Así se dispersaron sus cenizas, y, mientras el resto de los cuerpos iría a parar a Calahorra, los relicarios con las cabezas pueden hoy verse, con la solemnidad del oro y de la plata imaginando sus fisonomías, bajo el altar mayor de la catedral de Santander.
Hay quien llegó a la conclusión, incluso, de que el nombre de esta ciudad norteña tiene su origen más lejano en el de uno de los dos soldados. Así, “Santander”, que tanto sugiere el de algún santo – por ejemplo, San Andrés – pudiera derivar del de San Emeterio, que en su tiempo sería conocido, quizá, por “San Meder”.
PS: Cuando lee estas historias sobrecogedoras de persecuciones y de martirio de cristianos, uno tiende a situarlas en un sobrepasado lado oscuro incomprensible para alguien de nuestro tiempo. Y sin embargo, no debieran extrañarnos demasiado al constatar que en nuestros días – esto es, en pleno siglo XXI – siguen ocurriendo cosas parecidas en muchas partes de este mundo en que vivimos. Y aún más quizás al recordar que en tiempos de nuestros propios padres, cuando algunos de nosotros éramos aún niños, precisamente aquí en España se produjo la mayor cosecha de mártires de todo el pasado siglo XX. De ahí que nos inquiete percibir de nuevo un odio parecido en algunos ideologizados compatriotas nuestros que incluso pretenden gobernarnos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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