La naturaleza humanizada

Por Javier Pardo de Santayana

( Luz. Acuarela de Camilo Huescar) (*)

En uno de los artículos que publiqué el primer año de mi colaboración con este blog me referí a los artículos de Mónica Fernández Aceytuno como “prosa poética”. Eran aquéllos como pequeñas descripciones que transmitían la emoción de los descubrimientos mínimos que la naturaleza brinda. Hoy, en una tercera de ABC encuentro una vez más su firma; en esta ocasión en una “tercera” en que nos habla de un descubrimiento que yo encajo en una visión trascendente del Misterio.

Nos hace ver la autora que los hombres vivimos en un sistema cerrado que llamamos “bioesfera”: un sistema que actúa sobre nuestro planeta y que, hasta allá donde podemos apreciar, cabalga solo por el universo. Está formado simplemente por tres elementos – la tierra, el agua, el aire – y ocupa una delgada capa donde florecerá la vida. Nada entrará en él salvo la luz. Y ahí está la enjundia del artículo: en la constatación de esa luz que penetra y nos transforma.

En la inabarcable inmensidad del universo todo lo que nos atañe se reduce a la realidad de sólo tres elementos transformados por algo que nos viene de fuera. El resultado es sorprendente: la naturaleza, de la que el hombre forma parte hasta el punto de que su propia carne no se diferencia de su entorno en cuanto a los elementos de que se compone, toma conciencia de su propia existencia por obra y gracia de la luz entrante, que induce en su seno la maravilla de la vida. Por eso Mónica nos dice que para ella el efecto más importante de esa luz transformadora es que, a través de la vida que genera, ésta hace brotar en ella la palabra que permitirá, gracias a la escritura, conservar y transmitir “la luz del pensamiento”.

Nuestra articulista subraya la importancia de la Carta encíclica del papa Francisco – la conocida como “Laudatio si´” – en la que yo creo observar una visión muy a lo franciscano de lo que es nuestro biótopo y con ello también de la realidad de la existencia humana. Visión que entronca con la de su predecesor el Papa Sabio, tan interesado en hacer ver la relación de complementariedad entre la ciencia y la fe en una visión integradora en la que la ciencia de la Ecología se humaniza al incluir al hombre no tanto como observador de la Naturaleza sino como parte misma de ella.

La constatación de que nuestra existencia se produce en un mundo cerrado y penetrado tan sólo por la luz es la imagen misma de la visión cristiana, como lo es también de la acción transformadora de una revelación que nos conectará con el Misterio; esa realidad inapelable. También nos hará considerar la importancia de la aparición de la palabra en el gran silencio de la creación. Esa Palabra que se identifica como un don de Dios e incluso con Dios mismo.

La palabra dio sentido al universo, que sin ella no tendría conciencia de sí mismo. En efecto, al no ser percibido se hallaría muy cerca de una situación práctica cercana a la de “no existencia”. En realidad sólo el hombre constata que sí existe, pero al hacerlo descubre que no entiende. Es decir, se topará con el Misterio. Y ahí empieza la aventura humana: de ahí vienen los esfuerzos por conocer – la Ciencia – y por aproximarse de alguna forma a la Verdad – el Arte. Mas, sobre todo, por dar sentido a la existencia. De ahí también el pensamiento religioso.

Se trata, dice la encíclica al explicar sus objetivos, no sólo de saber y acumular conocimientos, sino de “tomar dolorosa conciencia” del mundo en que vivimos. De atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo para así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar a esta Tierra de naturaleza humanizada.

Humanizada, sí, efectivamente, por la acción de esa luz que nos penetra y que permitirá que a quienes somos testigos del Misterio llegue también la gran Palabra con mayúsculas.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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