Ruta de los montes Torozos. San Cebrián de Mazote (2ª parte)

Por Carlos de Bustamante

( Felipe II después de la victoria de Lepanto. Óleo de Tiziano en el Museo del Prado. 335 x 274. Foto pintura.aut.org) (*)

Les recordaba en el artículo Anterior (1ª parte) que fue allí en los montes Torozos próximos a la Santa Espina y por tanto a San Cebrián de Mazote, donde se llevó a cabo el encuentro y reconocimiento de Jeromín (Juan de Austria) con su en realidad hermano Felipe II. Creo, pues, indicado el momento de recordar la historia de Don Juan que, aunque con una extensión mayor de lo que quisiera, se alargue el artículo y “serie” que finaliza. Ustedes me lo perdonarán porque vale la pena.

Don Juan de Austria “el bastardo imperial”: Padre, madre e Infancia. En la época en que Carlos V de Austria (Carlos I de España) se encontraba en plena campaña militar contra los príncipes protestantes de la Liga de Esmalcalda, el emperador se distrajo momentáneamente entre los brazos de la hermosa germana Bárbara Blomberg, la cual quedó encinta y dio a luz a un hermoso bastardo llamado Jerónimo en 1547. Madre e hijo fueron inmediatamente separados: Carlos V tomaba a cargo al pequeño que Bárbara le había dado y, a cambio, le concedía una pensión con la que podía vivir decentemente.

De hecho, la señorita Blomberg fue convenientemente casada con un comisario real del Ejército Imperial, del cual tuvo dos hijos más. Una vez viuda y mal gastada su pensión, su precaria situación fue estudiada por Felipe II quien la mandó traer secretamente a España. Bárbara Blomberg pasaría más de treinta años casi recluida y estréchame vigilada, hasta su fallecimiento en la localidad cántabra de Colindres en 1598.

El secretismo acerca de la madre del bastardo imperial estribaba en la preocupación de Felipe II por salvar las apariencias y en mantener el prestigio de su progenitor. Bárbara Blomberg, aparte de ser una mujer de gran belleza, era poco más que una prostituta a tiempo parcial según informes que llegaban a Madrid, que cambiaba con facilidad de amante y que mantenía relaciones «comerciales» con una propietaria de una casa de prostitutas de la ciudad de Amberes. Con semejante currículum, era conveniente echar un tupido velo y relegar a la dama al más absoluto olvido.

En cuanto al pequeño Jerónimo, el emperador se hizo cargo de su educación, trasladándolo a España cuando éste contaba apenas 3 años de edad. Instalado en Leganés, su cuidado fue a cargo de Francisco Massy, tañedor de viola en la corte, y de la mujer de éste, Ana de Medina, hasta que en el verano de 1554, fue trasladado a la propiedad vallisoletana de don Luis de Quijada, ayudante de cámara de Carlos I de España, y conocedor de la secreta procedencia del niño, en Villagarcía de Campos. La esposa de don Luis de Quijada, doña Margarita de Ulloa, le educó y crió como uno de sus hijos y los Quijada se convirtieron en auténticos padres adoptivos de don Juan de Austria. En 1556, los Quijada se trasladaron a la localidad de Cuacos, cerca del monasterio de Yuste donde se había retirado el rey-emperador Carlos I-V, para que éste pudiera conocer de cerca a su hijo natural sin que éste supiera cual era el nexo de su persona con el soberano. Evidentemente, los rumores corrieron como reguero de pólvora…

Pero Carlos I no quería dar publicidad a sus devaneos y el secreto que rodeaba al pequeño don Juan permaneció siendo un secreto de familia que a duras penas fue sonsacado a don Luis de Quijada por la Infanta Juana (hija del emperador) en 1559, mientras que Felipe II no iba a desvelar al interesado su verdadera identidad “hasta la celebración de una cacería en los alrededores de Valladolid”(montes Torozos: Santa Espina). Aclarada la condición del joven don Juan de Austria, Felipe II le reconoció oficialmente como hermano suyo, haciéndole un hueco en el seno de la Familia Real Española y otorgándole una pensión. De paso, el rey hizo las gestiones necesarias para cambiar su nombre de «Jerónimo» en «Juan», en honor a un difunto infante español muerto en la infancia.

Como mandaba la costumbre en el seno de la Familia Real Española, a los bastardos reales se les reservaba de antemano un destino nada halagüeño. Quizás para expiar los pecados carnales del progenitor, los reyes pensaban que era acertado encaminar los frutos de sus pasiones extramatrimoniales en el seno de la Iglesia y convertirlos en portentosos hombres del clero, eso sí, dotados con los mejores obispados y, por qué no, con algún que otro capelo cardenalicio. Era su modo de comprar el perdón divino entregando a su bastardo como rehén a la Iglesia de San Pedro.

Pero ése no iba a ser el caso de Don Juan de Austria que, a falta de ser Infante de España (cosa que le habría gustado sobremanera), prefirió emular a su progenitor en la carrera militar pues las armas le tiraban más que el báculo. Luis de Quijada, como cualquiera que se precie de ser caballero, dio a su pupilo una educación propia de hijo de casa noble entrenándole en los ejercicios más acordes: esgrima, tiro y caza. Aceptado en el seno de la Familia Real, Don Juan tenía claro lo que quería hacer de su vida: dedicarse a la carrera militar. Adelantándose a Felipe II, le expresó su deseo de abrazar las armas, deseo que le sería finalmente acordado.

Su bautizo de fuego lo recibió en la Guerra de Las Alpujarras 1568-1570, donde debidamente asesorado por su antiguo mentor Luis de Quijada, y otros militares con amplia experiencia, pudo empezar su aprendizaje y ostentando la dirección de las operaciones. De allí pasaría directamente a liderar la flota de la Liga Santa contra los Turcos en 1571. Todas ellas serían victoriosas campañas militares gracias a las cuales Don Juan recogería los laureles de la fama, aunque en realidad, el éxito de sus empresas se debía en gran parte a la preciosa ayuda de Luis de Requesens, el duque de Sessa, el marqués de Los Vélez, Diego de Deza, el marqués de Mondéjar y el propio Luis de Quijada, depositario de la entera confianza de Don Juan, que formaban su Consejo Militar por expresa orden de Felipe II.

El 7 de Octubre de 1571, se libraba la gloriosamente terrible «Batalla de Lepanto»…
En realidad, Felipe II fue quien impuso a su hermano Don Juan como comandante de la Liga Santa a los demás aliados, argumentando que la Monarquía Hispánica era la mayor contribuyente a la liga. Éste era asesorado por Luis de Requesens, Alejandro Farnesio de Parma (primo de Felipe II y de Don Juan), el príncipe Andrea Doria, y apoyado por el veneciano Sebastián Veniero y el príncipe romano Marco Antonio Colonna. Los tres héroes de Lepanto: Don Juan de Austria, el Príncipe Marco-Antonio Doria y Sebastián Veniero…

Las relaciones entre Don Juan y Felipe II fueron, por lo general, excelentes desde el principio. El rey siempre demostró buenas disposiciones acerca de su medio-hermano, manifestando cierto cariño y aprecio, aunque con el paso de los años se hizo palpable cierto distanciamiento.

A raíz de esa creciente importancia, Antonio Pérez, secretario de Estado, empezó a tejer una intriga en la cual se preocupaba de ennegrecer la figura del bastardo, con el fin de presentarlo a ojos del rey como una amenaza en potencia para su corona. Por si fuera poco, el egocentrismo de Don Juan servía de cimiento para resaltar sus ambiciones personales a ojos de Felipe II: Don Juan intentó durante toda su vida borrar el estigma de su bastardía y, su empeño, acabaron por levantar sospechas en Felipe II, sabiamente exageradas por el celoso y ambicioso Antonio Pérez. Quizás por ello el rey decidió deshacerse de su medio-hermano mandándolo lejos de España, enviándolo a Italia con la excusa de preparar desde allí nuevas acciones contra los Turcos; acciones que nunca se llevarían a cabo evidentemente, porque la Liga Santa había sido disuelta y la Monarquía Hispánica atravesaba una de sus crisis financieras.

Don Juan de Austria, Gobernador de los Países-Bajos: En 1576 fallecía Don Luis de Requesens y Zuñiga, gobernador de los Países-Bajos desde hacía 3 años, sucediendo en el cargo al duque de Alba. Tras su muerte se habían sublevado el Norte y el Sur de esas provincias contra los excesos de las tropas españolas, y la situación ya venía empeorando desde la primera insurrección de 1568.

Entonces Felipe II decide nombrar como sucesor en el cargo a Don Juan de Austria, esta vez con plenos poderes y asumiendo en solitario el mando de los ejércitos allí destinados. Asumiendo finalmente su nuevo cargo, Don Juan de Austria confirmó con el «Edicto Perpetuo» la susodicha «Pacificación de Gante» (1577), por el cual se comprometía a retirar las tropas españolas y respetar sus libertades, con la condición de mantener el catolicismo como única religión y que le aceptaran como gobernador. Sin embargo el príncipe de Orange y las provincias de Holanda y Zelanda rechazaron el pacto y Don Juan dio un giro en su política, rompiendo la tregua y atacando Namur. Ese ataque propició el retorno de los tercios mandados por Alejandro Farnesio, y entonces la situación no hizo sino empeorar dejando en evidencia que Don Juan no era el hombre adecuado para encaminar el proceso de pacificación…

Alejandro Farnesio acabaría asumiendo directamente el mando militar de las tropas enviadas por Felipe II, dejando a Don Juan de lado. Poco tiempo después y con sólo 31 años la peste de tifus acarrearía su muerte. Lo que es ya otra historia que no se trata.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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