En memoria de una muerte estúpida

Por Javier Pardo de Santayana

( En Halloween. Acuarela de Alena Fayankova, en es.dreamstime) (*)

Me pongo a escribir sin guión previo siquiera mental; por puro impulso de la necesidad de decir algo tras la conmoción de una noticia. Se trata de un niña y de una muerte, combinación casi repugnante. Cuesta unir siquiera las dos cosas.

La niña tenía doce años como mi propia nieta mayor, cuya vida sigo paso a paso. Es una vida incipiente, de descubrimientos, plena de ingenuidad y de ilusiones infantiles; una vida a punto de asomarse a las realidades de un mundo organizado y difícil de entender que es “el de los mayores”. Y también veo el mundo de la noche, un puro negocio lucrativo. Es éste un gran espacio disfrazado de luces, mas plagado de de tentaciones y desvíos; también de incitaciones al pecado. Un territorio en el que el mal se muestra disfrazado de lentejuelas atractivas. También me vienen a la mente algunas viejas escenas infantiles: la de yo mismo siendo niño frente a una pantalla en la que se proyectan las escenas de un ingenuo muñeco de madera a punto de convertirse en asno gracias a la seducción de unos falsos amigos que le enredan en un ambiente de excesos fascinantes.

Ahora imaginad una zona descampada repleta de jóvenes de nuestros días, una campa a escasa distancia de Madrid. Se festeja el día de los difuntos remedando una tradición importada hace sólo unos años: lo que los norteamericanos conocen cono el “Halloween”; en el fondo una falta de respeto según la cual cuando usted se vaya al otro mundo se transformará en un ser que se dedica a meter miedo. Frente a la imagen del justo que goza de la visión divina, los más pequeños le verán a usted como un rostro de palidez cerúlea y surcado por la sangre que mana de su boca; una especie de fantasma que se esconde para dar sustos a los vivos.

Esto es lo que está celebrando la niña de doce años con su zorro y su gato – sus falsos amigos – en el descampado convertido en un espacio para la transgresión, que a la sazón consiste en beber de una botella que sus padres habrían sin duda prohibido; algo de lo que supongo ella será consciente. Pero beber de esa botella la hace sentirse mayor y la pone a la altura de sus insensatos compañeros. Así que cae en la tentación, e inconscientemente acaba suicidándose mientras sus padres, excesivamente confiados, esperan su regreso.

En esos mismos días una de las noticias que circulan por ahí dice que los papás se quejan de los deberes impuestos en los colegios a sus hijos; se está hablando, incluso, de una posible huelga. Y quizás haya razones poderosas para aliviar las agendas infantiles, pero si sumamos esto con otros muchos indicios relevantes, lo que el conjunto nos transmite es cierto temor a imponer obligaciones a los niños y la influencia de unas teorías educativas contaminadas también por el buenismo. He aquí el mundo de hoy; he aquí un mundo en el que los padres temen a sus hijos y no se atreven a imponerles horarios y a decirles “que no” so pena de parecer poco comprensivos y modernos. A recordarles, por ejemplo, que no es admisible que niñas de doce años pasen la noche “haciendo el botellón”.

Imagino ahora como estarán unos padres que nunca podrán quitarse de la mente la imagen de su hija y la botella mientras ellos duermen o se ocupan de otra cosa. E imagino los reproches mutuos y los que cada uno de ellos se hará de ahora en adelante a todo lo largo de su vida. Y la carga que caerá sobre los compañeros de aventura de la niña por haber permitido que ocurriera lo que la ocurrió, y no digamos si la incitaron a acompañarles a beber con ellos o simplemente no se atrevieron a evitarlo. Huellas permanentes que no podrán disolverse en el inexorable paso de los años, pues la parodia de la muerte acechándonos en las esquinas en forma de rostros repelentes que ahora tomamos como diversión para dar sobresaltos a los niños y mayores más asustadizos se convertirá en una persecución inacabable del recuerdo de una niña cuyos padres y amigos no supieron defenderla de sus fantasías y de una muerte estúpida que llegó simplemente por no atreverse a decir “no”.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5764/30690800081_fdb1e35a41_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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