Enrique Reche, obra en los talleres de Antonio López

Por José María Arévalo

( Calabazas y granadas. Óleo sobre lienzo de Enrique Reche. Albacete, 2016. 100 x 81 cm) (*)

Engancha el título de la muestra “Obra en los talleres de Antonio López”, que puede verse en la sala de exposiciones del vallisoletano Teatro Calderón hasta el próximo 8 de diciembre. El pintor vallisoletano Enrique Reche (1965) ha seguido nueve cursos o talleres de Antonio López que éste ha impartido desde 2013 en distintas ciudades, lo que ya tiene mérito pues seguro que había cola en todos para ser admitido. Y los ha seguido verdaderamente con aprovechamiento, por lo que supongo que algún aprecio le tomó el gran pintor manchego desde aquel primero que se celebró en nuestra ciudad en 2013, en el LAVA, Laboratorio de las Artes de Valladolid, el centro de creación, realización y producción ubicado en el antiguo matadero municipal, Paseo de Zorrilla 101, que acoge las creaciones de colectivos artísticos dentro de las artes escénicas, plásticas y audiovisuales.

Enrique Reche quiere demostrar en esta exposición cómo ha repercutido en su obra y en su concepción creativa su paso por todos aquellos talleres, en Ávila y Pamplona aquel mismo año, en Almería y Ávila en 2014, de nuevo en Almería y en Albacete al siguiente año, y en estas dos mismas ciudades en el año en curso. Verdaderamente ha sido un discípulo aplicado del gran pintor realista, doctor honoris causa por la Universidad de Navarra en la que también imparte cursos, especialmente uno en verano, todos los años. En el catálogo de la exposición un artículo de Jesús Fonseca nos revela que Antonio López -tan sobrio él en gestos y palabras-, no ha dudado en apuntar a Enrique Reche como “uno de los más firmes pilares del hiper-realismo de esta hora de España”.

Enrique Reche se ha dedicado a pintar casi siempre bodegones y objetos singulares (como rosales) en un formato medio o pequeño, muy propios para realizar en ejercicios de taller, pero en esta muestra presenta dos cuadros de mayor formato, dos desnudos extraordinarios, donde se aprecia su capacidad para realizar obras más complejas, que es lo que se echa de menos, al estilo que ha hecho famoso a su maestro. En la actual exposición del Calderón sigue con bodegones y objetos singulares, algunos asombrosos como los objetos de carnicería (cabezas de cordero y ternera, huesos, jamones, etc), verduras, frutas y calabazas, y una serie muy curiosa, ‘Litos’, de piedras realizadas en óleo sobre papel.

( Cebollas en vinagre y legumbres. Óleo sobre lienzo de Enrique Reche. Ávila 2013. 80×60) (*)

Mucho agrada que Reche esté tan lejos del que llamamos realismo fotográfico; su hiperrrealismo es puro virtuosismo en el dibujo y la pintura clásicos, como también subraya Jesús Fonseca en el artículo incluido en el estupendo, a pesar de su reducido tamaño -se ofrece al precio de 2 euros nada más, vale la pena adquirirlo-, catálogo de la exposición. Escribe Jesús Fonseca con poética inspiración bajo el título “La sed de vivir del universal Reche”:

“Es la sed de vivir y de compartir lo que mueve a pintar a Enrique Reche. Esto, y el ansia de no dejar horizonte sin mirar. Sólo alguien que conoce el cielo y su infierno podría pintar así. Dejar de hacerlo, sería la muerte para este universal vallisoletano metido de lleno en la figuración y el realismo y su exigencia creadora, sin que lo espiritual se pierda. Ese pulso con el eterno presente, que muestra lo que es como es y hace la realidad igual a la ilusión, marca también esta nueva exposición del cautivador y atrevido artista.

( Hueso IV. Óleo sobre papel de Enrique Reche. 2016.) (*)

Pero no sólo. Reche se lía en esta ocasión la manta a la cabeza, rompe con la cuidada cortesía de otras veces y da un paso más allá, para hurgar en la vida desollada de los animales, no se sabe bien si para arrancamos un sentimiento de culpa o una mirada de consuelo. Lo único claro es que se duele desde el escozor de lo inevitable. Es como si quisiera ponemos frente a la dureza cierta del sufrimiento. Frente a esta verdad cotidiana de huesos y de naúfragos. Polvo, nada.

¡Qué interesante seguir la evolución de la pintura de Reche! Marcada desde los comienzos por una expresión concentrada del tiempo, ha ido transformándose y enriqueciéndose hasta convertirse en espacio infinito de belleza e interrogantes al alcance de la mano. Enrique Reche ha ido pasando de aquellos rosales que no querían ser más que eso, rosales; y de la fresca hermosura de aquellos bodegones de fruta recién cortada, a estos troncos extenuados de piel clara y tierna, para llegar a la crudeza heladora de algunos de los óleos que ahora nos ofrece. Esto, después de profundizar en lo más sensual y carnal, como también se aprecia en esta atrayente muestra. Está claro que la pintura es, para Reche, como un campo de batalla en el que el deseo -y su voz y su sangre-, y la mirada de la muerte y los latidos del corazón y hasta el peso del agua y de la luz, se enfrentan, desde el asombro y el ansia de permanecer, para desenmascarar lo finito, lo fugaz, lo frágil que nos rodea.

( Merluza. Óleo sobre lienzo de Enrique Reche. 2016. 90x90cm) (*)

Estos lienzos, realizados en los talleres de Antonio López, reflejan muy bien el audaz recorrido pictórico de uno de los primeros nombres del arte del mundo hispano. Su actitud creativa, que no tiene límites -como no la tiene el oficio de pintar-, está marcada por los propios gustos y criterios de alguien obsesionado por un mundo que se desmorona a cada instante. Claramente reflejado a través de sus pinceles, como si quisiera quitamos la venda de los ojos. Y hacemos visible la eternidad, incluso desde una piedra pequeña y ligera, o de un canto rodado «guijarro humilde de las carreteras», de esos que ruedan «por las calzadas,/ y por las veredas», al decir de León Felipe. Pienso al ver estas piedras, estas calabazas, estas granadas de sangre desangrada y cebollas deshojadas, que lo que pinta Reche es siempre una herida entre el cielo y el suelo. O tal vez lo que se ha perdido para siempre y toma otros caminos y nada más.

( Vegetal 1. Óleo sobre papel de Enrique Reche. 2016. 65,5×51) (*)

A la vista está que este hombre pinta como los clásicos. Pero no por eso es insensible a la realidad que le ha tocado vivir, con sus desgarros, afanes y esperanzas, por más que sea un pintor alegre, de tonalidades esperanzadas, que esconden tal vez su timidez y desamparo. Desde que diera su primera pincelada, Reche no ha hecho sino descubrir cuanto contempla, cuanto toca, e ir de hallazgo en hallazgo, para buscar y encontrar sentido, desde su particular manera de estar en la vida. Desde su compromiso, también, que tiene que ver con el agravio de los días y la tristeza callada de lo que nos dice adiós. Desde la rebeldía de quien no acepta el engaño, ni se resigna al mal y tiene abiertos los ojos al asombro de la existencia. Desde su silencio creador y su soledad sonora. Pero sobre todo, desde la certeza de quien
ama perdidamente; con mirada libre y limpia, muy limpia, reflejada en la sencillez de esos azules desafiantes y resignados granates que dan fe del esplendor del vivir y su fatalidad y añaden ensueño a su realismo.

¡Ay, esos blancos siempre a la espera, esas pinceladas de ceniza y delicados verdores de Enrique Reche! Ay, esos amarillos encendidos y esa capacidad suya, sólo suya, para oscurecer y aclarar la luz y rescatar el momento, desde el esplendor de la sombra o desde la inacabable claridad. Con razón Antonio López -tan sobrio él en gestos y palabras-, no ha dudado en apuntar a Enrique Reche como uno de los más firmes pilares del hiper-realismo de esta hora de España”.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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