La tradición y los recuerdos

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)

Solemos lamentarnos del mal uso que hacemos de los alimentos relegando las sobras a la inmundicia de los vertederos. Los millones de toneladas desaprovechadas están ya en el inventario de nuestro desprecio y mal reparto de unos recursos que podrían mitigar el hambre de otros pueblos menos avanzados que los nuestros y que carecen de lo imprescindible para sobrevivir con cierta dignidad a la pobreza. Pero no solemos detenernos a pensar en el caudal de riqueza que, como consecuencia de la muerte, desaprovechamos para nuestro enriquecimiento social e intelectual.

El caso es que cada persona es un espacio en el que se acumulan pensamientos, ideas y habilidades de los que tan sólo una parte muy pequeña pasará a formar parte del acervo de la generación siguiente. Todo aquello – deteriorado en cierta proporción por el olvido
y sin apenas darse a conocer – está en los sesos hasta el momento en que es arrebatado por la muerte. Cierto es que cabe imaginar que los avances de la ciencia, disparados ya durante el siglo XX y en proceso de crecimiento exponencial en el XXI, lleguen a permitirnos su recuperación de alguna forma. Pero por el momento el hecho es que cada persona que fallece supone una perdida de experiencia y de conocimiento, así que al final – sin despreciar los ejemplos y consejos transmitidos a los más jóvenes en hogares, escuelas, universidades y academias – podremos decir sin riesgo a equivocarnos que lo que por el momento se aprovecha del recuerdo no es sino una gota en el océano. Así que uno acaba por preguntarse cual puede ser la razón de que esto ocurra.

Toda expresión del ser humano tiene su origen en el pensamiento de alguien y se produce en un momento muy concreto, así que la cuestión es preguntarse cuáles son los factores que propician la permanencia del recuerdo más allá del paso a la otra vida. Y la respuesta es imposible pues hoy el ser humano recibe en poco tiempo más cantidad de datos que lo que no ha mucho recibía a lo largo de toda la vida, o sea que estamos hablando de algo muy complejo. Basta con señalar que en épocas pasadas, al no ser arrastrados por el vendaval informativo, los recuerdos tenían más opciones de cuajar. Por ejemplo, generaciones sucesivas conocieron aquellos versos del poeta sobre “las oscuras golondrinas”, gloriosas rimas de una poesía “fácil” que no alcanzaban las cumbres de la sutileza lírica mas quedarían en la memoria colectiva. ¿Por qué? viene uno a preguntarse. Y la respuesta es que la vida no era entonces tan sofisticada como ahora, así que para inmortalizar el pensamiento bastaba con que estuviera en un libro de lectura de todas las escuelas españolas y que cualquier persona pudiera comprenderlo; algo casi imposible en nuestros días si no se cuenta con la publicidad.

Tomemos otro ejemplo. Puede ser el de nuestros refranes, fruto en su mayor parte de la experiencia rústica, en los que con una estructura propia venía a resumirse un tratado de meteorología con frecuencia ligado al crecimiento de huertas y sembrados y a la vida en los establos y praderas. Hoy aquellas observaciones prácticas condensadas en frases lapidarias han sido marginadas por la ciencia; lo que antes fue observado con los ojos y sentido en la piel durante siglos sería ahora percibido por una red de satélites y antenas y convertido en información de utilidad por los ordenadores. O sea que aquella observación diaria que pretendía llegar a conclusiones cósmicas desde el humilde observatorio de la gleba se ha transformado en otro no menos mágico pero quizás más alejado del calor humano: aquí los recuerdos quedan infravalorados.

Y aun podríamos buscar un buen ejemplo en otros pensamientos condensados en imágenes como las de esas comparaciones efectistas que ilustran nuestras conversaciones habituales. Ahora se me ocurre aquella de “ese tío es más vago que la chaqueta de un guardia”, y no puedo dejar de cavilar en busca de la razón por la que al autor de aquella frase se le ocurrió la malhadada idea de relacionar a un guardia y su chaqueta: gesto surrealista como pocos; mas no me paro en ello porque también me intriga el que tamaña estupidez tuviera tanto éxito como para que hoy todo español lo entienda aunque sea incapaz de encontrarle sentido y coherencia.

En fin, para no aburrir a ustedes y terminar mis comentarios me acercaré a un pueblo conocido cuyas fiestas patronales se conocen en España y parte del extranjero por tener como atractivo principal el espectáculo de un grupo de mozos aguerridos que, vestidos con largas faldas y andando sobre unos altos zancos, se juegan el físico girando y descendiendo cuesta abajo vertiginosamente sobre el empedrado de una calle. A mi me cuesta imaginar aquel momento cierto en que a alguien se le ocurrió esa idea tan descabellada, no porque no pudiera haber alguien tan retorcido como para proponerla, sino sobre todo porque encontrase otros paisanos que no la desecharan por irracional y peligrosa. Pero mire usted por donde ahora es ya algo casi tan conocido como la “Tomatina” de Buñol o la “Tamborrada” de Calanda. He aquí una muestra de lo que podríamos hacer si almacenásemos mejor nuestros recuerdos…

De lo cual se deduce que para que el recuerdo de una idea permanezca lo mejor es convertirla en tradición.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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