Por Carlos de Bustamante

( Virgen del Carmen. Atribuida a Francisco Salzillo. Segunda mitad del siglo XVIII) (*)
Ya he explicado que el artículo que les ofrecí hace unos días, “Salve, Estrella de los Mares”, me ha animado a recuperar algunos otros aún no publicados en estas páginas del librito “Historias de mi madre”. Con aquel mismo título pero distinto contenido incorporo hoy éste, también sobre la Dehesa de Peñalba.
Recordarán, y por si acaso se lo repito ahora, que la Virgen del Carmen era la Patrona de la Dehesa. Y que ambos lados del altar-aún sin retablo- había dos imágenes: la de la Virgen del Carmen a un lado y san José al otro. Ocupado luego el primero por la maravilla de la que fue Virgen sin manos, retiramos, “por el momento”, la estatuilla no muy afortunada, o sí, de la Virgen del Escapulario.
Virgen por el momento… sin más títulos: y muchos, muchos más, por varias luego y curiosas razones: nuestra abuela, la persona mayor del caserío y segunda “ama” en cuanto a participación en la labranza familiar, se llamaba Carmen. Nuestro único hijo varón, se llama Carlos Manuel “Carmelo”. Mi mujer y una de nuestras hijas, también Carmen. Dos de nuestros hijos y uno de nuestros yernos, nacieron el mismo 16 de julio; festividad de la Virgen del Carmen. La Patrona desde siempre de la Dehesa era, como les he dicho, la Virgen con tal advocación. Desde generaciones que se pierden en los tiempos, nuestros mayores varones, fueron marinos de guerra. Los que, como sabrán, de todos los componentes de nuestra Armada tienen por patrona a esta “Estrella de los mares”.
¿Cómo, pues, tenerla guardada?
Sobre un pedestal en un lateral de la capilla, cercano al altar, ocupó el sitio de honor que le correspondía. Al repertorio de canciones durante los diarios viajes a la Dehesa desde la capital, añadí la preciosa “Salve marinera”, que, con emoción, tantas veces escuché a nuestros marinos formados en la cubierta de sus barcos. Con el pensamiento en la recién instalada Patrona, Santísima y Estrella, le cantaba muy de corazón y la voz ¡ay!, por entonces potente y no mal modulada:
¡Salve! Estrella de los mares,
de los mares Iris de eterna ventura;
¡Salve! Fénix de hermosura
Madre del Divino Amor.
De tu pueblo a los pesares
Tu clemencia dé consuelo.
Fervoroso llegue al cielo
Y hasta Tí, y hasta Tí nuestro clamor
¡Salve! ¡Salve! Estrella de los mares
¡Salve! Estrella de los mares.
Si, fervoroso, llega al Cielo
hasta Tí, hasta Tí, nuestro clamor.
¡Salve! ¡Salve!, Estrella de los mares,
Estrella de los mares,
¡Salve! ¡Salve! ¡Salve! ¡Salve!
¡Salve! Estrella de los mares,
de los mares Iris de eterna ventura;
¡Salve! Fénix de hermosura
Madre del Divino Amor.
De tu pueblo a los pesares
Tu clemencia dé consuelo.
Fervoroso llegue al cielo
Y hasta Tí, y hasta Tí nuestro clamor
¡Salve! ¡Salve! Estrella de los mares
¡Salve! Estrella de los mares.
Si, fervoroso, llega al Cielo
hasta Tí, hasta Tí, nuestro clamor.
¡Salve! ¡Salve!, Estrella de los mares,
Estrella de los mares,
¡Salve! ¡Salve! ¡Salve! ¡Salve…!
Luego, en la visita al Santísimo, ora miraba al frente, al Sagrario, ora al lateral donde la Virgen acababa de escuchar, “alégrate” (salve, ave) con insistencia de enamorado. Porque lo estaba. Porque-calamidad en tantas y tantas cosas-lo estoy a Dios gracias.
La barca en el padre Duero, motivo de episodios singulares, no pertenecía precisamente a nuestra Armada. Playa Blanca en Lanzarote, donde habitualmente pasamos ahora los veranos, tampoco tiene mucho que ver con nuestras FF.AA. del mar. Pueblo antes de pescadores; hoy principalmente turístico, celebran, no obstante, y con el fervor que en toda España tienen las gentes de pueblos y ciudades costeras a la misma Patrona. Por tal motivo y para variar la música y letra, pero no el Amor encendido, también “rezaba”:
Porque eres, Carmen, luz, estrella y guía,
tu imagen luce al ritmo de las olas
en trono azul, tallado en caracolas,
espuma y sal, las galas de tu día.
Los pescadores fieles a tu barca
con la sirena entonan oraciones,
los marineros rezan sus canciones,
mecida bailas salves en el arca.
A bordo calan hondo los pesares
y el alma tintan tristes experiencias
que ancladas van del haz de tu corona.
Vuelan al cielo rezos y cantares,
con gran amor socorres sus dolencias,
por eso el mar te tiene por patrona.
Cuando el río no bajaba crecido, don Ramón, nuestro querido párroco, disfrutaba- también estaba perdidamente enamorado- con nuestras canciones ¡y las suyas!, que nunca faltaban al final de la Misa o durante la procesión en derredor del caserío el día de la fiesta grande:
Virgen María, flor del Carmelo
dulce consuelo del mortal.
Guía a tus hijos, madre adorada,
a la morada celestial. (bis)
Desde los cielos la Virgen bella
nuestra plegaria escuchó,
y compasiva cual tierna madre,
llena de gracias descendió.
Su voz divina en nuestras almas
vertió el aroma de su amor,
y en rica prenda de sus ternuras,
su Escapulario nos dejó.
Sólo anhelamos junto a tu trono,
viendo tu rostro siempre vivir,
Virgen del Carmen, Madre querida,
guárdanos siempre junto a Ti.
Es la Virgen del Carmen nuestra abogada
que en penas y en peligros graciosa ampara (bis)
¡Viva María, viva el Carmelo,
viva el Escapulario prenda del Cielo! (2)
Sobre el Monte Carmelo fulge una estrella
que da luz al camino que al cielo lleva (bis)
¡Viva María, viva el Carmelo,
viva el Escapulario, prenda del cielo! (2)
Virgen del Carmen bella, Madre del Salvador,
de tus amantes hijos oye el cantar de amor. (2)
¡Viva María, viva el Carmelo,…
Dios te salve María, del cielo bella flor.
Estrella que nos guía hacia el sol del Señor.
¡Viva María, viva el Carmelo,
Viva el Escapulario, prenda del cielo! (2)
Dios te salve, María, del Carmen bella flor,
salve, esperanza mía, salve Madre de Dios.
¡Viva María, viva el Carmelo,
viva el Escapulario, prenda del cielo! (bis)
Tú que eres nuestra Madre, signo de la unidad,
haz que el Carmelo sea una fraternidad.
¡Viva María, viva el Carmelo,…
Solícita Patrona, abogada ante Dios,
senos propicia ahora, danos tu bendición.
¡Viva María, viva el Carmelo,…
Flor del Carmelo, viña florida,
esplendor del cielo,
Virgen fecunda de modo singular.
Oh Madre Tierna, intacta de hombre,
a los Carmelitas proteja tu nombre,
Estrella del mar. Flor del Carmelo.
¡Salve, radiante Estrella! Preciosa Flor del Carmelo,
Patrona de esta parroquia, Reina del mundo entero.
¡Gloria a ti, Virgen hermosa! Madre de la humanidad,
para todos te pedimos amor, esperanza y paz.
Alegría de los cielos, sonrisa del mismo Dios,
contemplando la belleza que con su poder te dio.
Divina Flor del Carmelo, fuente de amor y bondad,
a tus hijos que te aclaman líbrales de todo mal.
El Ave Cantemos, cantemos el ave,
a nuestra Señora la Virgen del Carmen.
Ave, ave, ave María;
ave, ave, Virgen del Carmen.
Las flores alfombran tu monte Carmelo,
te sirven de orquesta las aves del cielo.
Ave, ave, ave María;
ave, ave, Virgen del Carmen.
Dejad que yo cante mis tiernos requiebros,
a nuestra Señora del monte Carmelo.
Ave, ave, ave María;
ave, ave… Virgen del Carmen.
La versión completa que llevábamos escrita, por supuesto que no se cantaba cada domingo completa. Sólo cada diez y seis de julio. Para cada domingo u otra festividad de precepto, tenía compuesta, creo, una letra más breve, que iniciaba con el amor juvenil de los enamorados:
A la Virgen del Carmen, amo y adoro
Porque saca las almas del purgatorio…
Viva María, viva el Carmelo
Viva el escapulario
Preee…nda del cielo.
Aunque tales oraciones cantadas, pudieran trasmitirles una piedad excesiva, rayana en pietismo entre personas de nuestra edad de plena juventud alegre y plena también de vitalidad. Para que no haya duda alguna al respecto, intentaré plasmar por escrito, lo más fielmente que me sea posible, un hecho que, aún hoy, resulta en verdad jocoso recordarlo.
Por cumplir las nuevas normas de participación de los fieles en los actos litúrgicos, dispuso don Ramón “el Bueno”, que las lecturas del día se leyeran por turno entre sus feligreses peñalberos. Pasamos todos por la prueba, más o menos sin novedad. Saltó el “suceso”, cuando le tocó el turno a Francisquillo, uno de los pastores de la Dehesa; una “mieja” tímido el hombre, cuando no estaba bajo los efectos del tintorro; afición que era tal vez “algo exagerada”. Era Francisquillo, tan menudo como tímido. Lo contrario de su mujer Natalia (la Natalia) sobrante con creces de lo que a su marido le faltaba.
Sabía Francisquillo que ese domingo le tocaba el turno de lectura; mas escondido el garrafón por “la Natalia”, andaba tan preocupado, que no levantaba cabeza. Desde el banco de atrás al del matrimonio “actuante”, contemplaba cómo desde el inicio de la Santa Misa, el banco trasmitía los temblores de las posaderas de su dueño. Llegó el momento fatídico y Francisquillo que se niega. Agarrado con firmeza al banco de los suplicios, resistió los primeros ruegos de su tremenda esposa. Requerido por don Ramón el lector, un personaje disminuido, salió al pasillo central catapultado por la señora de armas tomar. Se acerca pasito a paso al atril, cuando un ¡¡¡vamos Francisco!! de “la Natalia”, lo hizo avanzar tan de golpe, que casi, y sin querer, ocupa el lugar del sacerdote. Don Ramón lo llevó amablemente hasta donde estaba el libro, motivo de su terror. Un dedo inapelable (creyó él) le indicó el lugar donde había de iniciar la lectura de la epístola. Mira Francisquillo con espanto a cien pares de ojos, más bien jocosos, fijos en él. Nuevamente comenzaron las tembladeras. Pero él no vio más que los de su Natalia, que lo decían todo. Inmediatamente, aún con titubeos, comenzó la lectura:
-Epístola… , epístola… de san Pablo…, de san Pablo a los… se acerca más al misal y al fin, decidido se arranca: … de san Pablo a los… ¡adefesios! Debió proseguir sin novedad, porque sabía leer bien y las cuatro reglas. Nunca lo supimos ni los hermanos, ni el que suscribe. Cuando oímos tan original y novedoso nombre dado a los efesios a quien la epístola iba dirigida y vimos cómo a don Ramón se le caían las gafas tras el gesto de asombro, salimos de estampida de la capilla con un ataque tal de risa, que hasta temblaban ahora las hojas de las acacias sin que soplase viento alguno.
Cuando a duras penas sosegados entramos de nuevo, la Natalia rodeaba con sus brazos a Francisquillo, que sonreía feliz tras el verdadero mal trago. Trago éste, al que de ninguna manera estaba acostumbrado.
En el momento solemne de la Consagración don Ramón alzó las Sagradas Especies, convertidas con la transustanciación en el Cuerpo y Sangre de Cristo. En el interior de la capilla, no se oía ni el vuelo de una mosca. Y en la terraza exterior las frentes curtidas con la nobleza de mil soles castellanos, se inclinaban solemnes de unos hombres rodilla en tierra, que daban de todo menos risa. La capilla vibró en el momento solemne, cuando iniciado el cántico por don Ramón, continuamos madre y hermanos en coro a no menos de “cuatro voces”: Hostia pura, Hostia Santa, Hostia Inmaculaaadaa… Sea por siempre, bendita y alabada. Y aún más solemne y prolongado: Sea por siempre, bendita y alabadaaaa… Sonrisas francas a la salida y con las pastas y buen vino -ribera del Duero- de la tierra, felicitaciones a un Francisquillo que no cabía de gozo en su cuerpo menudo. Y la más importante de don Ramón que repetía sincero: “¡Muy bien; lo habéis hecho todos (miró al pastor), muy bien”! ¡Mejor que los de Villabáñez…! ¡¡“quihacer”…!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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