El Rezongón. Bienvenido septiembre

Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Joseph Jzbukvic en jzbukvic.com/Home.html) (*)

Ninguna novedad si les digo que el Rezongón es hombre de campo. Y que como tal, son innumerables los artículos publicados en este blog cuyo tema principal haya sido la naturaleza, el campo e innumerables aventuras con muy pocas desventuras vividas en él y para él.

Con vivienda habitual y forzosamente en la ciudad, el Rezongón con amigos y hermanos escapaban los domingos y días festivos del campo… de concentración; el que para ellos era la capital .Con billete “de tercera” en el modesto -¡ay-¡tren de Ariza, marchaban ilusionados a la libertad de la tantas veces mentada por añorada Dehesa de Peñalba “la Verde”. Allí y sin siquiera saber lo que era, eliminábamos toda la “adrenalina” acumulada durante una semana eterna en el que- comprensible ahora- llamaba nuestra madre (que “está” en la gloria) “el santo cole”.

Al igual que -sea en el campo o en la ciudad- cada día tiene su propio afán, así en el primero de los mentados, cada día, semana, mes e incluso hora, tiene el suyo. Aquí en “la Dehesa”, el afán, mejor los afanes, eran sumamente acentuados. Y más aún durante las vacaciones de verano.

Con la abstención –por no pasarme- de días y horas, plenas todas de contenido y atractivos diferentes, pondré especial atención en lo mucho referente a este mes en el que estamos cuando escribo: el que, vivido en el campo, es sin duda ¡bienvenido Septiembre!

¿Pero acaso las vacaciones no comenzaba entonces a finales de junio? Sí. Y al día siguiente cinco varones, cinco, emprendían la marcha gozosa en el mentado tren de Ariza que, con origen en la estación de Valladolid –Campo Grande, nos llevaba con estación (¿) término al apeadero de Traspinedo. Coche de caballos y sin disimulo en el gozo exultante, finalizaba – mejor-, comenzaba, el verdadero y bueno en el caserío de la Dehesa y naturaleza en estado puro en derredor.

Todas las actividades, trabajo incluido en labores agrícolas, eran objeto de gozo inmenso en los chicarrones niños, adolescentes y jóvenes. Adelantados a su edad, todas las actividades las desarrollaban con actividad febril. Primero y siempre, la caza y la pesca eran preferentes. Y porque las propinas siempre austeras no eran suficientes para cañas, reteles, aparejos o munición y demás útiles para la caza, también supieron lo de “ganarás el pan (¿) con el sudor de tu frente”. Y porque no puede ser y además es imposible si hubieran tenido que sufrir los dolores del parto…, sin duda hubieran pasado por ellos.

Siembra, arada, riego…, incluso cargar o descargar sacos de “mineral” con ¡cien kilos de peso!, también lo hubieran hecho -y lo hicieron-, para satisfacer con el jornal las necesidades para su incansable actividad.

Todo, todo y en cualquier época estival lo vivían con intensidad inusitada identificados plenamente con el medio natural en que las desarrollaban. Conocían el terreno palmo a palmo y lo amaban disfrutando de él. Cada día diferente; cada mes distinto; pero siempre atractivo por el potente imán campero que llevaban muy dentro.

Atracción que alcanzaba el no va más en Septiembre. Porque el desgaste en diversiones mil y en trabajos aún superiores, era imprescindible reponer fuerzas. De todo lo preciso les ofrecía este mes. Un día era la “visita” a la huerta de las hortalizas y múltiples delicias; otro, la huerta de la fruta. Si la variedad era toda atrayente en calidad y cantidad en la primera (zanahorias, tomates, rábanos, melones, sandías, pepinos, lechugas, pimientos etc., etc.,) ni les digo en los cientos de frutales. Los que, repartidos por todo lo ancho y largo del territorio de la fértil Dehesa, se concentraban mayormente en la denominada Huerta de la Fruta. Infinidad de variedades, todas puramente ecológicas… Las que, sin que les diésemos tal denominación, desconocida entonces por los hermanos, lo eran por no recibir tratamiento alguno que alterase el color, olor y sabor puramente naturales.

Todo o casi todo maduraba en el siempre bienvenido Septiembre: grandes y deformes peras de “don guindo”; membrillos, dorados por un sol de oro y cuasi otoñal; perillos de agua de los gigantes al pie de la alberca, acidillos y acuosos que inundaban de esencias los paladares no muy exigentes de los incansables comedores de delicias; peras de “mala cara”… y de excelentes hechos en las “gachas” vencidas por el peso de innumerables frutos; hermosas peras de agua…sin nombre, que, de la misma familia de los perillos (perucos montañeses) pendían del cuello de árboles frutales modestos de aspecto, pero fuertes en las ramas (gachas); de los centenarios perales en competencia con los de perillos de agua, grandes “peras de bergamota”, duras, turgentes y sabrosas; de los ciruelos, pura esencia de mieles perfumadas, hermosos frutos “claudios” o de casacabelillo; los que, taladrados por el aguijón de abejas o avispas mostraban el contenido almibarado en gotas de pura melaza dorada por el sol membrillero. Y si de manzanos hablamos, todas las variedades autóctonas tenían allí cumplida representación: las más bien insípidas manzanas de “morro de liebre”; otras de sabor anodino “verde doncella”; y la reina por exquisita manzana reineta. Hitos “obligados” de algo más que probadillas en si no diarias, sí frecuentes visitas.

Tras la merienda “formal” en casa (¡qué bárbaros!), bien llena la andorga, paseo sosegado y familiar por el camino de acceso (o salida) al caserío, para una actividad del todo diferente: alimento distinto y de lo más íntimo para los hermanos, madre y parientes: el rezo por turno del Santo Rosario. Estampa singular de familia unida, que para nada desdecía de otras de los “niños” en que había de todo en su interior, menos recogimiento y piedad. Afición… que hoy perdura, con la naturalidad de las otras, en las nuevas y numerosas familias, hijas del bendito campo que nos “imprimió carácter”. Bienvenido pues Septiembre, irrepetible en recuerdos de los que con frecuente añoranza, no es posible rezongar. Privilegio que se nos concedió vivir y del que nunca seremos suficientemente agradecidos al Creador de tanta belleza. Si Dios es servido, será otro día cuando venga a colación comentar lo mucho y bueno no solamente gastronómico.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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