Adiós, África, adiós

Por Javier pardo de Santayana

( Ilustración de Ruth Bañón en etsy.com) (*)

Cuando, estando en Mozambique, tenía ya preparado mi bloc de notas para pasar un fin de semana en la vecina Suazilandia – esa joya de exotismo para el viajero propicio a los asombros – un acontecimiento familiar que me hizo regresar a España me dejaría con la miel en los labios.

Pues bien, ahora, cuando ya me había hecho a la idea de un más que probable viaje a la Ciudad del Cabo por desplazamiento de mis nietos a aquel lugar fantástico en que acaban las tierras emergidas de África, un cambio de planes me hace pensar ya en un definitivo adiós al continente negro: una región del mundo que frecuenté en los últimos diez años y desde donde cumplí más que holgadamente con el compromiso adquirido con el improbable y sufrido lector mío.

Fue primero desde Ghana, hoy un ejemplo de paz y democracia para aquel turbulento continente. Allí, desde la cercanía del golfo de Guinea y del impresionante río Volta, me referí al rey de los ashantis y su trono dorado, a la interesante filosofía de vida que transmiten los símbolos adinkra, a las ominosas puertas de no retorno de los crueles fuertes esclavistas, al carácter casi sagrado de los banquetas que prolongan el alma de sus dueños, a los curiosos sarcófagos en forma de objetos relativos al oficio o la afición del difunto, a la esbelta figura de la mujer ghanesa, al variopinto mercado de Malata y a la gran presa del río en las proximidades de Akosombo. O al interesante museo de pintura de Accra y a mi conversación con Gabriel Eklou, uno de los grandes artistas del país. Y todavía habría que añadir la más que increíble historia del alcalde español Pepe de Nzulezu.

Luego, en Johannesburgo canté a la Cruz del Sur y a la pulcritud y belleza de sus jacarandas y sus tapias ocres y blancas, y describí la emocionante historia de “Invictus” y el atractivo complejo de Montecasino. También me referí a alguna que otra anécdota como la de “vuelo nocturno” y nuestro encuentro con la tripulación de Iberia.

Y. aún, desde Mozambique hubo tiempo para relatar a mi improbable lector historias tan descabelladas como la de aquel socavón de Onitsa que acabaría engendrando una ciudad, o la del solitario hombre de la Marginal, permanentemente ocupado en rellenar el mismo bache. También relaté la aventura vivida por nosotros mismos el día de la gran inundación, cuando una buena parte de Maputo quedó sumergida entre las aguas rojas de la cola de un tifón del Índico y estuve a punto de pasar sin más a la otra vida, así como las emociones de un Viernes Santo entre los niños acogidos en la Casa de la Alegría y de unos platos de paella para alimentar a los alumnos de una instalación social de Marracuene.

También tendría ocasión de describir ese gran rincón de la naturaleza que es el inmenso parque Kruger donde toda suerte de animales salvajes viven en libertad completa, y aquellos saltos de agua de la cuenca del río Sabie, al pie de las montañas Drakenberg. Y, sobre todo, el embrujo de la isla de Inhaca, donde se encuentran peces que trepan por los árboles y las playas están tapizadas de estrellas de mar de todos los colores. Claro que también me he referido a temas tan variados como las ilustraciones de la española Ruth Bañón, que transforman el paisaje africano en un mundo absolutamente mágico, o al mundo de los elefantes con los que compartí una entera mañana cerca de Hazy Vew, en la RSA. Por no mencionar curiosidades como el callejero de Maputo, curioso remanente de los tiempos de la Guerra Fría, o la historia de los makonde, aquella tribu de frontera que bajaba al valle para buscar esposas y cuyo arte produce escalofríos.

También hubo, como no, diversos comentarios resaltando los contrastes de aquellas tierras y de sus costumbres con las nuestras, o referidos a la emigración cuando no a la inteligencia demostrada tras de la independencia por algunos dirigentes africanos; aspecto que me llevó a descubrir unas “lecciones de África”. O la desmedida importancia concedida – no sin motivo – a la seguridad como reflejo de la continua presencia de la incertidumbre y del peligro, ambos fruto de una corrupción omnipresente. Claro que ésta no es su única causa, pues ahí tienen ustedes la feroz amenaza del mosquito, objeto sujeto también de mis artículos, algunos de los cuales incidirían en las diferencias entre el Africa Negra y “nuestro entorno”, que alcanzan incluso a los ritos de la Iglesia católica.

Y aún podría referirme, volviendo al comienzo y al viaje “no realizado” a Suazilandia, a aquel artículo en que les hablé del rey de Suazilandia: de aquella procesión inmensa de muchachas que desfilan ante él con los senos al aire cada vez que decide buscarse nueva esposa, o aquel enfrentamiento con un fiero león – supongo que dopado – con el que inauguraría su reinado.

Supongo que ahora comprenderán ustedes la razón por la cual ahora me embarga una cierta nostalgia de aquel tiempo que, si Dios no lo remedia, quedará clausurado para siempre habida cuenta de “mi avanzada edad”. Ya no tendré jamás, salvo sorpresa, aquella ventana abierta a lo inaudito. Y esto ocurre precisamente ahora, cuando más me convendría tenerla, siquiera por huir durante algún tiempo de este Patio de Monipodio en que hemos convertido nuestro entorno; de este irritante día a día nuestro.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7319/11656396226_cc48a82dab_o.jpg

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