Aplausos fúnebres

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 11) (*)

La primera vez que asistí a un entierro en el que aplaudieron al difunto en vez de guardar hacia él un silencio respetuoso he de decir que me llamó bastante la atención, porque nada hay tan serio como oír caer la tierra sobre un féretro. Y eso que, puesto ya a recordar cosas extrañas, había tenido la experiencia de ver como los ancianos de un asilo acompañaban a las comitivas fúnebres para hacer bulto y dar empaque al acontecimiento. O sea que estaba curado ya de espanto. Luego vendría lo del “canto des ocells” y lo del minuto de silencio en vez del minuto – qué menos – de oración.

Traigo esto a colación con motivo del desmadre que hoy en día observamos, sobre todo en los políticos, cuando se hartan de aplaudirse mutuamente. Lo hacen cada vez que se reúnen en congreso, y lo acaban de hacer al celebrar dos de los anunciados para el presente año. Así he podido contemplar una vez más cómo se aplauden unos a otros sin venir a cuento. Al principio uno tiende a pensar que los dedican a su líder, pero el caso es que nada más llegar, todos – incluido éste – lo hacen vibrando de entusiasmo a la manera de las piñas que forman algunos deportistas uniendo sus cabezas y musitando abracadabras para darse ánimos. Es como un gran orgasmo colectivo.

“¡Qué contentos estarán de conocerse y cuanto amor destila este momento!” dice uno, ya imbuido de un espíritu de amor fraterno parecido al del ambiente “hippy” del “haz el amor y no la guerra”. Pero pronto se da cuenta de que no se trata exactamente de eso. Que, desde que el gran líder abrió la boca y comenzó a expresarse, se vio que estaba enormemente cabreado. Pero cabreado de verdad, señores; lo que se dice supercabreado. No hubo más que contemplar sus ademanes y su rostro, y ver brotar su indignación incontenible, para constatar que venía ya dispuesto a armar la gresca; que en realidad se trataba sobre todo de aniquilar a alguien. Así nadie podría extrañarse de que se empeñara en conquistar el cielo – por cierto no precisamente el de los justos – arrasando de paso cuanto se opusiera a sus deseos.

“Por lo menos» – dice el observador ingenuo – “estará a partir un piñón con sus amigos”, o sea con todos los que acaban de aplaudirse mutuamente en expresión de alegre camaradería. Pero muy pronto se cae en la cuenta de que a lo que el líder viene es a cargarse a su adversario directo en el partido, primera y fundamental razón para tan multitudinario (des)encuentro.

El segundo congreso tampoco prescinde, porque ya se ha hecho costumbre inveterada, de romper en los inevitables aplausos “de partido”. Pero en este caso se trata de otra cosa. De entrada, los aplausos son más moderados y no van acompañados de amenazantes puños que se suponen alzados contra alguien. Además al líder no se le ve tan enfadado; en realidad no se le ve enfadado en absoluto, y se dedica a recalcar que lo que dice está guiado por la lógica y el sentido común de toda la vida, aclaración que se diría innecesaria si no fuera por esta locura que ha hecho de la política española un verdadero manicomio.

Y aún quedará pendiente la celebración de otro congreso que nos deparará la ocasión de volver a vivir emociones parecidas a las del primero reseñado. En él no habrá ni tan siquiera un líder, sino no se sabe cuántos, así que se teme que arda Troya y nadie sepa cuál será el final. De cómo se repartirán las expresiones de solidaridad humana en forma de aquellos aplausos mutuos poco se sabe todavía; quiero decir que aún tendremos que esperar un tiempo para dilucidar a quién debe dirigirse la mirada de los febriles entusiastas del vencedor del duelo. Una cosa sí parece segura: que no faltarán los ardorosos aplausos compartidos y que muchos de ellos serán considerados similares a los que dedicamos a un difunto. Porque lo más probable es que surja de nuevo el conocido “NO ES NO” como imaginativo programa de campaña, y en consecuencia se arme la marimorena. Quiero decir que seguro que salen las navajas y que corre la sangre, pues el cabreo está garantizado.

¿Que qué será de los aplausos de adhesión al líder si sólo uno puede ser el vencedor? Pues que al final los habrá incluso con más entusiasmo que al principio, pero sólo dirigidos a un(a) sonriente nuevo(a) líder(esa), con lo que este cuento acabará bien para los unos pero no para los otros, que se quedarán bastante fastidiados.

Así pues, prepárense ustedes, porque, como les anuncio, de ese tercer congreso veremos salir algún que otro cadáver – espero que sólo político – y llegaremos a oír, como en el cementerio, los consabidos aplausos fúnebres de moda.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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