Luis Ribot: Carlos III en Italia

Por José María Arévalo

( Carlos como Rey de Nápoles y Sicilia, Rey de las Dos Sicilias por Giuseppe Bonito, Madrid, Museo del Prado) (*)

Dentro del ciclo cultural que la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción ha dedicado a Carlos III, al finalizar el tercer centenario de su nacimiento, la segunda conferencia fue pronunciada el pasado 24 de enero por el catedrático de Historia de la UNED Luis Ribot, que bajo el título “Carlos III en Italia” destacó la figura de Carlos III como renovador de las monarquías europeas desde su etapa italiana.

En la reseña de la conferencia anterior, del profesor Urrea, ya recogimos cómo el infante Carlos empezó a entrar en los planes de la diplomacia española y en los esfuerzos de su madre, la parmesana Isabel de Farnesio, para dar a su primogénito una posición acorde con su rango real. Por el Tratado de Utrecht (1714) España había perdido los territorios de Milán, Nápoles, Sicilia y Cerdeña pero la muerte sin descendencia, en 1731, del duque Antonio de Farnesio, precisamente el día en que Carlos cumplía quince años, propició que el joven infante fuera encauzado hacia los caminos de Italia. En el acceso al trono español estaba precedido por Luis I y Fernando VI y, como no iba a heredar en principio a su padre, se le envía como heredero a los territorios italianos de su madre.

Primero se asentaría en los pequeños pero históricos ducados de Toscana, Parma y Plasencia, donde permanecería muy poco tiempo, pues los acontecimientos bélicos derivados de la cuestión sucesoria de Polonia, ya recogimos que lo condujeron finalmente a ser proclamado rey de las Dos Sicilias el 3 de julio de 1735 en Palermo, contando tan solo con diecinueve años de edad.

Y así Ribot expone cómo Felipe V impulsó la soberanía de un infante español como rey de Nápoles y Sicilia, origen de la rama borbónica de las Dos Sicilias que gobernará estos dos reinos hasta la unidad de Italia. Se refirió – recoge Jesús Bombín en El Norte de Castilla- también a cómo Carlos III llevó a cabo en Italia «una política reformista que se puede vincular al llamado despotismo ilustrado, en la que influyen por una parte medidas que vienen inspiradas por la corte de Felipe V, pero también contribuye la existencia en Nápoles de una primitiva corriente de ilustración muy fuerte».

Nápoles no fue para Carlos un destino intermedio en espera del gran reino de España. Allí vivió un cuarto de siglo, allí emprendió una política reformista en un complicado país dominado por las clases privilegiadas y allí constituyó, con su amada esposa María Amalia, una familia numerosa de trece hijos, siete mujeres y seis varones. Durante su reinado napolitano, Carlos configuró definitivamente su carácter y su modelo de reinar, siempre tutelado por sus padres desde Madrid, y apoyado en su consejero personal Bernardo Tanucci, jurista al que nombró Ministro de Justicia primero y de Asuntos Exteriores después, y que quedó como miembro del Consejo de Regencia cuando Carlos III heredó el trono español.

En términos generales aprendió a ser un rey moderado en la acción de gobierno, un soberano que supo animar una política reformista que sin acabar con todos los problemas que sufría el abigarrado pueblo napolitano y sin menoscabar los poderes esenciales de la nobleza, al menos sí consiguió que el reino se consolidara como tal, que fuera cada vez más italiano y que tuviera una cierta consideración en el concierto internacional.

Intentó dotar a la capital, Nápoles, del aspecto que debía tener una Corte. Hizo hincapié en mejorar las edificaciones públicas, como el Hospicio, y trató de adaptar el palacio virreinal de acuerdo con la moda que imperaba desde la construcción de Versalles. También hizo construir complejos palaciegos en otros lugares del reino, como el Palacio Real de Caserta, uno de los mayores palacios reales del mundo. Otra de sus aportaciones fue el Teatro de San Carlos, para las representaciones de ópera.

Personalmente ordenó comenzar la excavación sistemática de las poblaciones sepultadas por la erupción del Vesubio del año 79: Pompeya, Herculano, Oplontis y las Villas Stabianas. En 1752, al ordenar construir una carretera hacia el sur (precursora de la actual Statale 18), salieron a la luz los restos de la ciudad de Paestum, que llevaban años cubiertos por la maleza (parte del anfiteatro yace precisamente bajo dicha carretera). Fue un hallazgo especialmente importante, porque allí se hallaban tres templos griegos en muy buen estado de conservación. Se encargaron de su estudio Felice Gazzola (un culto aristócrata y militar de confianza de Carlos, al que servía desde su época de duque de Parma) y Francesco Sabatini.

Los barones y la Iglesia acaparaban más del 50 % de las tierras, y en el caso de los primeros tenían además jurisdicción sobre las mismas, por lo que impedían el acceso de sus vasallos a los tribunales. El rey limitó su influencia política, dejando clara la supremacía de la Corona, pero su poder económico siguió intacto. En 1740, uno de sus consejeros, el duque de Salas, permitió a los judíos retornar al reino, de donde habían sido expulsados por Carlos V, con la finalidad de impulsar la actividad económica. El pueblo y la Iglesia se opusieron y Salas fue destituido, derogándose el permiso.

«La política del despotismo ilustrado – subrayó Ribot- está cuajada de buenas intenciones, de proyectos reformadores, pero pocos consiguieron llegar a buen puerto». Giambattista Vico y Antonio Genovesi son algunas de las figuras que inspiraron tendencias reformistas de procedencia napolitana en la corte de Carlos III que marcarían a lo largo del siglo XVIII la política de transformaciones también en España. «Ese afán de cambios se tradujo por una parte en la mejora de las condiciones de la propiedad de la tierra, en la reducción de los poderes de la nobleza y en la lucha contra los enormes poderes jurisdiccionales de la Iglesia, muy potentes en el reino de Nápoles, originariamente feudo pontificio». «Detrás de todo esto hay un intento de cambiar las condiciones de propiedad de la tierra, una línea en la que figuran algunos éxitos y también muchos fracasos. Pasaría en España también. El absolutismo ilustrado está lleno de buenas intenciones pero las medidas que consiguen salir adelante son pocas, son las frustraciones de ese reformismo». Señaló que buena parte de esos proyectos encontraron oposición por parte de la Iglesia y la nobleza, «por lo que muchos de ellos quedaron en letra muerta, aunque hubo también avances. El absolutismo ilustrado ha sido juzgado como un intento tímido en el que no se llega al fondo de las cosas; son medidas que transforman sin poder cambiar a fondo las estructuras, como algunos reformadores hubieran querido; ese es el gran significado de Carlos III».

La muerte sin descendencia de su medio hermano Fernando VI de España, hizo recaer en Carlos la Corona de España, que pasó a ocupar en 1759, dejando con gran tristeza, tanto de los reyes como del pueblo, la corona del Reino de Nápoles y Sicilia a su tercer hijo, Fernando.

En próximo artículo daremos la reseña de la conferencia, última de este ciclo de la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Carlos Montes Serrano, Catedrático de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Valladolid, titulada “Carlos III y la arquitectura de Juan de Villanueva” sobre la figura de este arquitecto, autor, entre otros muchos proyectos, del edificio que hoy alberga el Museo del Prado.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/512/32486022941_d3383843f8_b.jpg

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido