El Rezongón. Robots y progreso. 9. Harina de alfalfa

Por Carlos de Bustamante

( Corral. 1990. Acuarela de Jesús Meneses del Barco, en jesusmenesesdelbarco. blogspot.com. 47×67) (*)

¡”Voto al chápiro verde”, qué vida la del labrador! No acaba de salir de una trampa y se mete –o le meten las circunstancias (ver conclusiones cuando salgan)- en otra u otras. Les dije, que en los terrenos de regadío, más que extensiva, la agricultura era intensiva. Nótese por tanto que en la extensiva, los modos y métodos de cultivo difieren poco de los empleados en las grandes extensiones de terreno desde la más remota antigüedad. Cuando la bonanza del tiempo acompaña, las producciones en los terrenos de sacano suelen ser tan escasas como ecológicas. Pocos gastos. Poca mano de obra y poca modernidad en labores y tratamientos. Tradicionalmente, pocas inversiones y, salvo la bonanza dicha, pocos beneficios. Los justos para la economía familiar.

Pero ¡ay!, que “someter y custodiar” la tierra, llevó consigo someterla a mayores producciones, para las cada vez mayores exigencias de la población que también cumplió el mandato divino de “creced, y multiplicaos y llenad la tierra”. Fue la naturaleza misma la que enseñó al hombre cómo en terrenos fértiles o ribereños de los grandes caudales de agua, los cultivos eran más productivos y rentables. Como la bendición, o más, de la lluvia producía en los páramos y secarrales de la meseta, el milagro de cosechas superabundantes.

Obediente al mandato, e infundida en el ser humano la inteligencia, desde su creación, “maquinó” convertir el secano en el mejor regadío como en años de bonanza del clima en los terrenos ribereños el agua dulce.

Fue entonces cuando comenzaron las luces y sombras; las alegrías y las penas para el labrador. La búsqueda del agua primero, y el cómo extraerla y distribuirla luego, hizo que lo tradicional pasase a un lugar- por supuesto de una dignidad difícilmente igualable salvo excepciones que confirman la regla- a la historia. La historia noble de nuestras nobles gentes del campo, pero historia. Fue entonces cuando tantos otros como este rezongón, tuvimos la certeza de que, valorados cada apero o herramienta usados hasta la modernidad, cada uno o una, apenas sobrepasaba el cero; tan humildes y sencillas eran. Pero con igual certeza, que puesta delante de tanto cero, la dignidad y nobleza dichas de quienes los manejaron, la cifra entonces, resultaba inconmensurable. Hecha la justa loa, volvemos a los robots y el progreso.

Alguien del entorno de la labranza familiar – la conocida Dehesa de Peñalba de todos ustedes- tuvo la “peregrina idea” de que por tener las labranzas del valle del Duero ganado en abundancia, convendría, nos dijo, convencido y convincente, la ventaja de fabricar en comunidad –cooperativa- nuestros propios piensos para el ganado ovino, bobino ¡y avícola! en plena expansión por entonces. Para los no integrados plenamente en este último progreso ganadero, pronto lo hicimos de lleno. Me refiero a la construcción de flamantes gallineros. El cuento de “la lechera”, se cumplió a la letra: empleadas gran parte de las materias primas que componen el pienso: maíz, cebada y la ¡alfalfa!, para consumo de nuestro propio ganado, mal tenía que ir el negocio, para que no fuera rentable. Mas “como mucho saca y no pon, pronto se llega al hondón”, las nuevas y más numerosas letras de cambio que nunca, se amontonaron en casa del labrador en “papel” tan corriente como los documentos en el despacho de un notario.

Ningún problema para el suministro de la nueva y flamante fábrica cooperativa para los componentes cereales. Los que con el progreso tratado, lo producía la “empresa” en cantidad y calidad difícilmente mejorables. Agricultura intensiva. Pero la alfalfa, ¡válgame Dios la alfalfa! Importante en “rama”, para estimular el “rumio” de los ganados que lo hacen. No era así para las granjas avícolas, principales consumidoras de los llamados “piensos compuestos”. Además de los cereales dichos como base, eran piensos compuestos por éstos,mas el añadido importante de otras harinas. No sin rubor por lo antinaturales he de manifestar, que necesitaban para el incremento de proteínas, harinas ¡de carne, pescado y por supuesto de ¡alfalfa! Como el progreso aún no llegó para producir las antinaturales en nuestras labranzas…, tuvieron que adquirirse en el mercado internacional a precios que hicieron los primeros estragos en el cántaro de la lechera.

Un labrador de la zona sugirió la idea de abastecer la fábrica al menos con uno de los añadidos fundamentales: ¡la harina de alfalfa! Sugerencia aceptada por unanimidad. Incluso el Rezongón, endeudado hasta las cejas, la acogió con entusiasmo. Metidos en harina, dicho con toda propiedad y lo mismo que “quien hace un cesto, hace ciento”, nadie se arredró en contraer nuevas y cuantiosas deudas. A las ventajas del negocio seguro (¿), bien podía añadirse el beneficio para las tierras que, sembradas de alfalfa, mejorarían en productividad por la cantidad de nitrógeno que aportan los nódulos en las raíces de esta “mendicago sátiva”, perteneciente a la familia de las “fabáceas leguminosae”. Por si “esto” no fuera suficiente, los cinco, seis años de permanencia del cultivo tras la siembra, las tierras descansaban de las exigencias de otros más rigurosos.

Con una rotación programada, pensaba –infelice- el rezongón, que haría nuevos todos los cachos de la Dehesa. Como recién roturados. La duda -colectiva- surgió de inmediato: ¿cómo incorporar al pienso la alfalfa en rama? El imposible tuvo pronto que hacerse posible. Una vez deshidratada, ¡Transformarla, en harina. Y ¡voto a bríos que se hizo! Sembradas con antelación las tierras de la “mendicago sativa”, hubo en varias explotaciones agrarias familiares materia prima más que suficiente para dar de comer al “monstruo” o fábrica deshidratadora de alfalfa previamente picada. Si revolucionario fue el invento…. ¡de los demonios!, ni les digo la que se armó; más que en el campo, en la economía del labrador en las últimas “boqueadas de los cuartos precisos: terrenos, nave-almacén, carretillas elevadoras para los sacos y “pallets”, tolvas para el grano, molino, monstruo deshidratador, cintas transportadoras…. En fin, ¡la intemerata! Y todos esos robots del progreso importado del extranjero -tomen nota para “conclusiones”- con la consiguiente mano de obra más o menos especializada, según su cometido. ¡¡¡Vade retro!!, que ilusionados con la “fábrica”, de momento se nos pasó inadvertido el lío en que nos habíamos metido. Lo verán en el penúltimo (¿) de esta serie, si Dios es servido. Y porque no pretendo aconsejar, sino que digo nada más… ¡Ojo al cuento de la lechera!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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