Por José María Arévalo

( Vista de la Catedral de Zamora. Óleo de Antonio Pedrero Yéboles. Colección de Manuel Prieto. 54×65) (*)
Hace algún tiempo que no volvía a Zamora, a falta ya de familia allí y desanimado para acercarme a ver procesiones en Semana Santa, como hacía antes, por el exceso de gente que en esas fechas prácticamente impide moverse mínimamente en los puntos clásicos. Así que me apunté a la excursión que hace unas semanas programó la asociación de jubilados a la que pertenezco, esperando ponerme al día de lo que pasa por mi ciudad natal. No quedé defraudado, sobre todo por las estupendas explicaciones que nos proporcionó la magnífica guía que nos acompañó, Estrella. Mi compañero Dámaso Gatón ha escrito en la revista de la asociación, El Mirador, una muy buena crónica de la visita, en la que me baso para contarles ahora un nuevo punto de vista de mi tierra.
“Zamora es la cuna del románico”, empieza su crónica, y tengo que matizar la afirmación, pues su románico es bastante avanzado; cuna son propiamente las colegiatas cántabras en que tenemos nuestro románico más antiguo. Ya les he contado hace años que me fui a ver la que me faltaba por conocer, San Martín de Elines, y me encontré que en los folletos turísticos de ella se ocultaba, con un escudo de la comunidad cántabra, que a seis kilómetros está uno de los pueblos más bonitos de España, Orbaneja del Castillo, y en los de éste se tapaba también, con el escudo de la nuestra, la bellísima colegiata tan próxima. También he escrito aquí que Zamora es la ciudad con más iglesias románicas de nuestro país, seguida de Segovia, que tiene casi tantas y muy bellas –lo reconozco-.
“Empezamos a visitarla –continúa Dámaso- por la plaza de San Isidoro y la iglesia de San Isidoro del Carmen, que data del siglo XII. Hay una virgen del Carmen allí, que es de las que mas devoción tienen en la ciudad”; devoción que era la primera novedad para mí, de varias más que me sorprendieron, como ahora les diré. “De ahí pasamos hacia el castillo y vimos la puerta de “La traición” ? ( según se mire) por donde escapó Vellido Dolfos después de matar al rey Sancho II, que había sitiado Zamora para quitársela a su hermana Urraca, que era la dueña por herencia de su padre Fernando I. Llegamos al castillo y lo visitamos por dentro, que está desenterrado y solo quedan los muros y las piedras originales, que por cierto se llaman “pudinga” y que aparecen por todas partes, pues son las que forman el suelo de la zona”. Y primera vez que oía hablar de este tipo de piedra, que nos decía nuestra versada guía es la base sobre la que se construyó la ciudad. O sea, algo así como la piedra de Villamayor de Salamanca, pero que no hubo que traerla de otro enclave. Es de un color parecido a ésta, aunque quizá no tan fácil de trabajar -por la explicación que veo en Wikipedia de “pudinga”, tipo de roca sedimentaria que se forma cuando algunos cantos rodados son cementados juntos por el sílice que hace de matriz de unión; la roca formada es muy dura y resistente al desgaste, se utiliza como piedra de afilar y para la construcción de edificios-.

( Apunte de la Catedral de Zamora. Dibujo de Francisco Roldán) (*)
Efectivamente, el Castillo está bastante cambiado, tras la restauración de 2009. Aunque jugaba de niño en los jardines que lo rodean, como cuento en la serie de “Memoria familiar” que les estoy ofreciendo también estos días, nunca antes había entrado en él, pues estaba ocupado por una escuela de artes y oficios, que se ha desmantelado para dejar solo la construcción medieval que empezó en el siglo XI. Queda muy poco que ver, algo dijo la guía de la Barbacana a que se refiere el romance de la “bien cercada”.

( Calle de El Troncoso, Zamora. Acuarela de Manuel Prieto. 34×53) (*)
“A continuación pasamos a la catedral de Cristo Salvador, que solo de ella se pueden escribir varios libros. De entrada posee una cúpula o cimborrio, que es única, gallonado, ornado con torrecillas cilíndricas y frontispicios triangulares del siglo XII, del maestro Girald Frunchel y diseñada bajo el estilo francés de la época. Tiene el edificio adosado una torre de 37 metros de altura construida en el siglo XIII y formando parte de las defensas de la ciudad. En la torre hay 3 pisos con ventanas, una en el 1º por cada cara, dos en el 2º y tres en el 3º y ahí están situadas las campanas. En el piso mas bajo hay una campana gigante que llaman “La bomba”, en el 2º están las campanas gallegas, que son con las que dan las horas y en el 3º están las campanas castellanas, que no informó para que se usaban. Para entrar lo hicimos por la puerta norte o de Juan del Ribeiro, donde se ve un busto de Cristo Salvador, pasamos por el claustro y el museo catedralicio y luego subimos a las salas donde hay unos tapices flamencos, que son únicos en el mundo. En el museo vimos una custodia procesional y muchas piezas únicas. Después visitamos la iglesia. En el altar principal está un retablo de la Transfiguración del Señor. En la capilla lateral de la izquierda hay una Virgen que es calva, “Nuestra Señora de la Majestad”, a la que acuden los zamoranos para pedir la intercesión en sus necesidades. En la capilla de la derecha hay un Santo Cristo con reminiscencias góticas. En una capilla al sur del edificio hay un Cristo fabuloso “El Cristo de las Injurias”, posiblemente de Juan de Juni [lo que no recuerdo aludiera nuestra guía, tradicionalmente se viene atribuyendo a Gaspar Becerra; es el que saca la procesión del Silencio, una de las más famosas, en la que salía yo en mi juventud]. En otro altar hay una tabla de Jesús entrando en la Gloria del Padre. En la capilla del Santísimo Sacramento hay otra virgen que merece verse. Otras cosas importantes son el coro y la rejería que cierran el mismo y el altar principal”.

( Puente de piedra y Zamora. Óleo de Antonio Pedrero Yéboles en cajaespana.es. 65 x 139.) (*)
Del interior de la Catedral solo eché en falta la que llamábamos “Cruz de carne”, protagonista de una de las leyendas zamoranas, como explicó, a mi pregunta, nuestra guía, y añadió que hace tiempo fue retirada y se conserva en otro lugar.
“Después visto el interior salimos a la plaza de la catedral y rodeamos la misma, para ver la puerta del obispo (que está al sur) que tiene cuatro arcos concéntricos con unos rollos que parecen macarrones de canto (lóbulos cerrados de las arquivoltas, llamados rollos zamoranos) y que vimos en más iglesias. Desde allí vimos el palacio arzobispal, por fuera y la casa [de Arias Gonzalo] donde vivió “El Cid” cuando le iban a armar caballero. Siguiendo el camino llegamos al mirador del Troncoso, que tiene un admirable panorama del río Duero, de las Aceñas de Olivares (antiguos molinos) y del puente románico del siglo XIII”. Ni que decir tiene que disfrutamos de las cabalcavías de la calle del Troncoso, uno de los primeros temas que pinté de joven. Y lamentamos el horroroso edificio que ha construido la Junta de Castilla y León frente a la Catedral, que destroza la plaza.

( Aceñas de Olivares. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)
“De ahí nos mudamos a la iglesia de San Pedro y San Ildefonso, que guarda las sepulturas de San Atilano y San Ildefonso y como este último es patrón de Toledo, por ello los toledanos intentaron robar varias veces los restos del santo y para evitarlo se creó la Cofradía de los Caballeros Cubicularios para encargarse de su custodia y como no se fían nadie de nadie, aun ahora los arcones de plata donde se encuentran los restos de los dos santos están protegidos por una reja, asegurada por una cerradura de cuatro llaves y cada una está en poder de una persona distinta, el alcalde de la ciudad, el párroco, el presidente de la cofradía y el obispo. Después vimos por el exterior de la iglesia, que al haber quitado los pilares centrales el muro se desplazaba y tuvieron que montar unos contrafuertes (arbotantes) para evitar que se cayeran las bóvedas góticas”.

( Zamora, puerta del Obispo y casa de Arias Gonzalo. Acuarela de José María del Fraile) (*)
Es éste uno de los pasajes más típicos para ver las procesiones en Zamora, por el que pasan varias cofradías y algunas hacen estación. Entre ellas la nueva del lunes santo, que aún no conozco y espero ver el año que viene, y la también nueva del martes, de las “7 palabras”, de la que este año ha dado la tele un vídeo y me ha parecido estupenda.
“Luego caminamos por “La Rúa de los Francos” hasta la iglesia de Santa María Magdalena y nos paramos a mirar la portada meridional, ya que en una de las arquivoltas en medio de la vegetación surge un busto que dicen de un obispo, y el que lo vea o encuentre contraerá matrimonio en un futuro. La iglesia contiene el sepulcro románico de Doña Urraca de Portugal, mujer de Fernando II, del taller del Maestro Mateo y que aún conserva un resto de policromía”.

( Aceñas de Cabañales. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)
No lo dice Dámaso Gatón, pero la de la Magdalena es la más espectacular de las iglesias románicas zamoranas, tanto por fuera como en su interior. Recuerdo que en éste hacíamos la oración, a hora temprana, unos cuantos compañeros que acabábamos de empezar la Universidad, en el primer verano de regreso. Inolvidable. Frente a la Magdalena, la iglesia del Tránsito, con la imagen de la Virgen de esta advocación, dormida, patrona de la provincia, donde oí de joven los primeros oficios de Viernes Santo, con un coro extraordinario; y el mirador de Pizarro, otra de las mejores vistas sobre el Duero.
“Continuamos hacia la plaza de Viriato donde vimos por fuera el hospital de La Encarnación, hoy Diputación Provincial; frente por frente está situado el palacio de los condes de Alba de Aliste, hoy parador de turismo y entramos para ver su patio interior. En medio de la plaza sobre una roca está situada una estatua de Viriato”. El primer conde de Alba y Aliste fue quien regaló los extraordinarios tapices a la Catedral y levantó esta joya de la arquitectura civil zamorana, en cuyo bellísimo patio nos hicimos las fotos de grupo.

( Murallas de Zamora. Óleo de Antonio Pedrero Yéboles. Colección de Manuel Prieto. 60×68) (*)
Junto al parador, el teatro Ramos Carrión, de fachada modernista, recién restaurado y ampliado por detrás con un espacio cúbico que es, con el -ya hemos dicho- horroroso edificio que ha construido la Junta de Castilla y León en la plaza de la Catedral, la otra reciente fechoría perpetrada en Zamora. El cubo dichoso rompe completamente el maravilloso paisaje de Zamora amurallada desde el otro lado del Duero, a lo que dediqué un artículo hace como un año. Por contra, yo diría que los dos aciertos más recientes en la restauración zamorana han sido el ya explicado del Castillo, y el descubrimiento de la bellísima San Juan, que ahora pasa a citar mi compañero sin maravillarse, quizá por no alargarse o porque no conoció lo que era antaño, hoy la otra joya románica junto con la Magdalena.

( La Hiniesta, Zamora. 1967. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”) (*)
“Siguiendo por la calle Ramos Carrión llegamos a la plaza Mayor, donde están los antiguo y nuevo ayuntamientos y la Iglesia de San Juan de Puerta Nueva, que también visitamos. Aquí se despidió la guía y fuimos al autobús que nos llevó a Santa María de la Hiniesta, para ver un pórtico fabuloso de su iglesia a través de unas rejas, pues el encargado de las llaves no estaba en el pueblo”. Aquí les expliqué a mis compañeros cómo se celebraban antaño las fiestas de la Hiniesta, con una carrera de caballos en la que los mozos tenían que arrancar por el cuello alguno de los gallos que se colgaban, vivos, en una cuerda tendida en la calle principal entre balcones de aceras opuestas. Como lo vi entonces, así lo conté.
Y después de comer en la bodega-restaurante Valcabadino, lo que me permitió ver lo mucho que ha cambiado la antigua pradera de Guimaré, a la que íbamos a retozar de jóvenes y a jugar al futbol, como ya no es posible pues se ha convertido en un estupendo paque-arboleda de descanso, regresamos a la capital.

( Zamora. Acuarela de Carmen Peña) (*)
“Por la tarde volvimos a quedar con la guía y paseamos por las calles Ramos Carrión, Renova, [ y ver Balborraz, otro de los temas de mis primeros óleos] y Santa Clara, que son el centro comercial de Zamora, y al pasar vimos el teatro Carrión, muchas casas modernas de unos 100 años y del estilo catalán de la época de Gaudí y, de lejos, el palacio de los Momos. Por fin reposamos un poco en una terraza con las consabidas cañas y en 12 horas se acabó lo que se daba”. Efectivamente, la Zamora modernista es la otra cara de la ciudad que tiene también gran atractivo. Concluye Dámaso con una posdata: “Si no me falla la memoria no visitamos las iglesias de Santiago de los Caballeros y San Claudio de Olivares, (que están junto al río Duero) y figuraban en el programa”. El único fallo de la visita, por lo demás tan acertada. Yo no hubiera sido capaz de contarlo mejor y más sencillamente que Dámaso.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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