Por Javier Pardo de Santayana

( La festividad del Ommegang, que se celebra en Bruselas la primera semana de julio. Foto en erasmusenflandes.com) (*)
Ommegang es un término flamenco, es decir, del idioma que se habla en el norte de Bélgica. En Bruselas, lugar en donde se celebra, esta lengua coexiste con el francés de los valones, valones con uve, o sea valones de Valonia la región sur del país, donde se habla un francés sólo peculiar en algunas – pocas – diferencias con el francés de Francia. O sea que Bruselas es bilingüe como corresponde a la capital del Reino. Y aún se podría añadir el alemán, utilizado también en una parte de la región más oriental.
Pues bien, para asistir al Ommegang fuimos mi mujer y yo a Bruselas desde la ciudad de Mons, donde vivimos tres años y medio muy intensos. “Ommegang” significa algo así como “procesión”, o sea que inicialmente tuvo un carácter esencialmente religioso. En su origen se sitúa una venerada imagen de la Virgen que fue arrebatada a la catedral por una tal Béatrice Soetkens – humilde esposa de un obrero – para traerla, no sin encontrar oposición, hasta la Iglesia del Sablon, bien conocida por nosotros y por muchos otros españoles destinados en aquellas tierras.
Es una historia de visiones y milagros que adquiriría tal arraigo que desde entonces se convirtió en un suceso que perdura hasta estos días. Tan es así que detrás tiene toda una organización compleja que sigue funcionando en torno a un acontecimiento, ahora no ya religioso, sino histórico.
El escenario no puede ser más impresionante: la Grand-Place de la capital belga, hoy también de la Unión, que es como decir de Europa. Como impresionante es el espectáculo: una ocasión pintiparada para revivir un momento glorioso de la Historia.
Aquí veremos desfilar ante nosotros a personajes que un día determinado se dieron cita en un acontecimiento que ahora celebraremos con grandes fastos y presencias. Mas no serán figurantes quienes veremos pasar ante nosotros en representación de quienes aquel día lejano desfilaron, sino, en gran parte, sus propios descendientes. Y los atuendos y ropajes serán exactamente aquellos que en su tiempo vieron pasar los ciudadanos. Así nos mostrarán, delante del burgomaestre vestido de negro riguroso, el estandarte de la villa y los siete linajes que entonces ejercían las funciones publicas, amén de los famosos gremios y corporaciones, los siete altos magistrados junto a los siete “receptores”, representantes de las dos torres y de las siete puertas de la villa; toda una sinfonía de mantos de colores violeta, rojos y escarlata. Luego, el cortejo de los huéspedes reales con la Corte de la Regente, el cofre con los privilegios concedidos a la ciudad, y el séquito de honor correspondiente con sus alabarderos, su sargento de armas y las diecisiete banderas de las provincias belgas desde Brabante hasta Groningen Y los halconeros, y los perros de caza… Y todo esto, ¿por qué?
Y aquí viene lo bueno: porque todos estos personajes llegan a la Grand-Place por un motivo que a los españoles nos sorprende y hasta nos emociona vivamente: porque es el gran día de la presentación al pueblo de Bruselas de don Felipe, Infante de España y Duque de Brabante, futuro Rey de España, a cargo de su padre don Carlos, “por la gracia divina emperador de los Romanos, Rey de Castilla, de León, de Granada, de Aragón, de Nápoles, de Navarra, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de las Islas de las Indias y de la tierra firme de la Mar Océano, Archiduque de Austria…” Así enumerarán los altavoces las extensas posesiones de nuestra Corona.
Dije al principio que a cualquiera le sorprende oír estas palabras resonando en el ambiente mágico de un atardecer en la Gran Plaza, porque existe la idea de que de nuestro paso por los Países Bajos quedó un cierto rechazo a la presencia de los españoles. Pues bien, ahí tenemos a nuestro monarca delante de nosotros, entrando ante la representación del pueblo de Bruselas para saludar al pueblo y presentar a quien será su sucesor. Naturalmente le acompañan personajes sobradamente conocidos, como doña María de Austria y sus damas de honor, el Príncipe de Orange y doña Leonor de Austria, amén de los grandes responsables del funcionamiento de la Corte: el Maestre de Campo, el secretario de Estado, o el galeno, todos ellos con sus nombres propios. Sin olvidar, pues no podrían faltar en tan singular evento, algunos destacados príncipes de la Iglesia como el futuro Cardenal de Granvelle, el administrador de los obispos de Metz y de Verdun, el arzobispo de Colonia, y la muy noble Orden del Toisón de Oro con su timbalero y su escribano. Y, naturalmente, con un grupo de muy sonados caballeros de la época, entre los cuales nada menos que nuestro Duque de Alba. Y la corte imperial acompañada de toda una nube de banderas representando los territorios del Emperador y Rey de España cuando en España no se ponía el sol.
La tarde noche culmina como una gran fiesta popular de juglares, de música de coros y de cornemusas, de antiguas danzas, de gigantones, de zancos, de acróbatas y arqueros; de fantásticos juegos de fuego y de magia. Así que no puedo dejar de imaginar la misma fiesta belga en algún lugar simbólico de España. Porque entonces muchos caerían en la cuenta de lo que verdaderamente ha sido nuestra Historia, motivo de vergüenza y de desprecio para algunos según parece ahora.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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