Por Carlos de Bustamante

( Después de la tormenta, en el páramo palentino. Óleo de Antonio de la Peña) (*)
Como habrán observado mis posibles (no probables) lectores, a medida que sube la cifra de artículos publicados en éste nuestro/vuestro blog, escribo/mos más y mayores confidencias. Permítanme, pues, que les escriba no una más, sino la mayor y tal vez más importante de todas. Según consta en mi D.N. I. –con caducidad en el año 2999- nací el 6-IX 1933. Como estamos en junio de 2017, ¿“a qué ton” viene eso de feliz cumpleaños…? ¡ “Aguarden”! y por favor, lean:
Destinado en Palencia y ocupando el cargo de gobernador militar de la plaza, llegó la fecha en que había que cumplir la orden de realizar las pruebas físicas anuales y reglamentarias de evaluación física de los jefes, oficiales y suboficiales. Por razón del cargo, podría –que seguro no lo sé, ni ya viene a cuento- estar, digo, exento de realizarlas, forzosamente en “el barrio vecino de Valladolid”. Porque nunca rehuí el esfuerzo y por “deportista de oficio, más fuerte que un toro y más tonto que picio”… asistí a las PAEF,s y las realicé a tope. Y conmigo todos los jefes y oficiales destinados en el Gobierno Militar de Palencia. Era un 10 de junio de 1983 (o sea, hace justos 34 años de nada).
Día en que durante las pruebas y a las 11,45 horas corría 7 kms., después de otras cuatro anteriores. La temperatura en el páramo de San Isidro y terrenos del Regimiento San Quintín -mi destino anterior- era de 38º, prohibitiva para ejercicios que exigían gran esfuerzo. Sin embargo, hicimos las PAEF,s (pruebas anuales de educación física) y este tontorrón , con un excesivo afán de superación, echó el resto. Mientras hacía en mi interior y al correr lo que yo sólo sé, y que es confidencia que me reservo, comencé a notar “síntomas raros”: estrellitas en el horizonte y dolor in crescendo de cabeza.
¡Bah… ¡ el calor, me dije, y terminé brillante la prueba, con calificación, como de costumbre, de “excelente”. Apenas pude ducharme e imposible atarme luego las deportivas. “Piso como flotando” comenté a no recuerdo quién… Bajé a la capital conduciendo, pero mal, mi coche. En el garaje, le rocé un costado contra la pared. Mientras comía luego, caí fulminado. Pero antes y como daba vueltas a la comida en la boca, ya torcida, dijo una de mis cinco hijas: “Como sigas comiendo así papá, me levanto de la mesa”. Luego… , la nada. Hospital etc. etc. Dicen que decía una y otra vez: ¿Pero qué me ha pasado…? Setentaidos horas de incertidumbre si lo superaba o no. Yo… ni idea.
Lo cierto es que de eso hace hoy 34 años. En opinión de cuantos me atendieron con los pocos medios entonces conocidos para este “yu-yu”, ese día volví a nacer. El feliz cumpleaños creo que está de sobra justificado. “Y ustedes que lo vean”, porque algún buen amigo habrá dicho o pensado que cumplas muchos más. Pues eso.
No quiero terminar sin comunicarles otro suceso que no es, seguro, pura coincidencia, sino una nueva e inmerecida gracia que recibo.
Sí lo es sin embargo (la coincidencia y la gracia) que este mismo día se celebrase en mi parroquia, el Sacramento de la Unción de enfermos a los mayores, que bien por edad y algún alifafe importante desearan recibirla. Enterado y apuntado por la mañana, la recibí con inmensa alegría por la tarde.
Porque lo habrán sospechado, profeso libremente la religión católica, creo firmemente que la recepción de este Sacramento conlleva la remisión de todos los pecados, si los hubiere -¡que háylos, oigan, que háylos!- e igual la pena temporal o “reato” de los ya confesados y/o cometidos en la vida pasada. El feliz cumpleaños está así doblemente justificado. ¿No creen…?
Por si alguno tuviera dudas -no creo, no creo- de la salud de alma y cuerpo que confiere este Sacramento que, tenebroso, denominábamos Extremaunción, les aseguro que pocas veces, mejor, nunca, sentí mayor paz interna y externa que este día de mi cumpleaños.
Aviso, pues, a navegantes y familia: no esperen, , a las últimas boqueadas, con perdón, del que, viejo, roto o estropeado, llegue al momento de rendir cuentas por miedo a que se asuste. Se puede, y en mi opinión, se debe, recibir antes en aceptables facultades físicas y mentales. Se queda uno en la gloria; viniera lo que viniere y pase lo que pase. Que “en este mundo todo tiene arreglo menos la muerte; y la muerte lo arregla todo”. Se admiten parabienes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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