Victoria de Inglaterra y el hindú

Por Javier Pardo de Santayana

( Cartel de la película “La reina Victoria y Abdul”) (*)

El hecho es bien curioso, hasta el punto de que uno de pregunta como ha tardado tanto en conocerse. Sólo al final de la película se entiende la tardanza cuando nos dicen que la historia no se dio al conocimiento público hasta hace siete años, o sea el año 2010, cuando se descubrieron las memorias de un joven musulmán hindú llamado Abdul Karim.

El caso me recordó el de otro plasmado también, como antes se decía, en celuloide; el que quizá recuerden que cité en mi artículo sobre otro film que se titulaba “El intocable”. Se trata en ambos casos de la irrupción de la espontaneidad y la alegría en la vida de determinados personajes encorsetados por sus circunstancias personales y por el ambiente en que se desenvuelven. En el caso de “El intocable” se trataba de un hombre de posición limitado por su condición de lisiado sujeto para siempre a una silla de ruedas, y en cuya vida entra para atenderle en sus necesidades un vibrante muchacho de color que irradia simpatía y desenfado. Paralelamente, en el de la película a la que ahora me refiero se trata de un joven hindú cuya dulzura y naturalidad contrasta con la seriedad y rigidez que siempre caracterizaron al entorno de la monarquía inglesa. Y aún podría traer a colación otro de mis artículos, por cierto muy reciente, en el que comento la revolución causada por los príncipes ingleses al decidir abrir su corazón ante las cámaras para hablar tiernamente de su madre sin respetar la contención tradicional que la flema británica siempre impuso a Su Majestad y a su familia.

De aquí lo sorprendente de este caso. Se trata de un acontecimiento sucedido – un “caso real” – mas no necesariamente presentado en términos exactos: parece ser que un joven musulmán hindú transportado a la corte de Londres sin habérselo propuesto acabaría por caer en gracia nada menos que a la misma Reina que en él descubriría un mundo fascinante más allá de las responsabilidades de su cargo y de la rigidez y seriedad del serio protocolo palaciego.

Apunto algunos hechos significativos: por ejemplo, que el primer asombro de la Reina fuera que el muchacho se atrevería a mirarla, algo prohibido de siempre por el protocolo real. Y, sobre todo, que en sus sencillas descripciones descubriera rasgos poéticos jamás oídos en su entorno. O que llegara siquiera a tocarla la punta del zapato. Precisamente ponía yo hace poco de relieve en este mismo espacio que la gran aportación a la familia real de Lady Di sería “tocar a la gente”, lo cual viene como anillo al dedo a nuestra historia, ya que éste fue más o menos el descubrimiento de la Reina. Algo que nadie creería conociendo lo que ha sido la Historia de Inglaterra, en la que su figura es todo un símbolo, no ya de la grandeza del Imperio, sino del modo de ser y de actuar de los británicos.

De ahí que el descubrimiento de que doña Victoria era en el fondo una mujer sensible, y que esa particularidad de su carácter se mantuviera oculta incluso para ella misma hasta pasados los ochenta, constituye un importante dato histórico que, de ello estoy seguro, muchos ciudadanos del país jamás admitirán. Como tampoco lo admitieron los nueve hijos de la susodicha dama, que, educados en los tabúes de la corte inglesa, cerraron filas contra quien, sin pretenderlo, usurpaba los favores de su madre; una mujer que en el amable hindú descubriría al hijo realmente deseado. Pues su heredero, como un Príncipe Carlos trasladado al siglo XIX , se mantenía fiel a la frialdad británica; tanto que se tomaría en serio aquel “desvío” de su progenitora e impulsaría la expulsión para siempre del intruso, del cual, según el filme, acabaría eliminando todo recuerdo que pudiera recordar el episodio.

Quien no haya visto la película quizá piense que hablamos de alguna especie de dramón histórico, cuando, por lo contrario, el humor inglés está siempre presente gracias principalmente a los contrastes. Uno de los momentos estelares será el almuerzo de celebración de los cincuenta años de reinado, ingerido a toda prisa por una Reina hambrienta. O el picnic en Escocía con la corte transportando los trastos bajo una lluvia torrencial. O la Monarca intentando aprender el idioma de su protegido. O la llegada de la familia de éste con su esposa y su madre invisibilizadas por el burca. O el niño que viene y va por el túnel entre el comedor y los fogones para avisar a tiempo de cuando acaban cada plato.

Si ahora ustedes se preguntan si la película revela de algo modo la fuerte personalidad de su protagonista – aquel fuerte carácter, su experiencia; aquella capacidad de mando que hicieron de ella la gran Reina de toda la Historia de Inglaterra – les diré que cuando, instigada por los líderes políticos y por el propio príncipe heredero, la Corte reunida intenta desautorizarla para el ejercicio de su puesto en razón de su incapacidad senil, la señora, de ya más de ochenta años, se planta frente a todos y pronuncia unas palabras que deberían ser analizadas en cualquier curso de liderazgo que se precie.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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