Algo digno de ser visto

Por Javier Pardo de Santayana

( Rajoy con los presidentes de la Comisión Europea, el Consejo Europeo y del Parlamento Europeo a su llegada a la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias 2017) (*)

Hasta ahora me solía limitar a ver los resúmenes televisivos del acto de entrega de los Premios Príncipe – o Princesa – de Asturias; quizás algunas veces en directo, mas no desde el principio hasta el final. Pero esta vez decidimos mi mujer y yo sentarnos cómodos en el sofá y contemplar todo su desarrollo. E hicimos bien, puesto que resultó redondo.

Había, como siempre un poco de todo en cuanto a premios, así que se repartieron emociones: las artes, la comunicación y las humanidades y la cooperación internacional, así como el deporte, las ciencias sociales, las letras y la investigación técnica y científica. Para remate, la concordia. Es decir, las potencias del ser humano en su versión más creativa y más polifacética: una atractiva mezcla de excelencias que incluye los campos de la creación intelectual y artística juntamente con la investigación, la acción, el pensamiento – sin olvidar la relación humana – y, afortunadamente, hasta el sentido del humor.

Todo ello como testigos del momento. En un extremo se hablaría nada menos que de las ondas gravitacionales, esa intuición de Einstein que hoy abre otra nueva posibilidad para indagar acerca del comienzo de nuestro universo y cuya constatación es casi de ayer mismo. Pero también de la influencia del pensamiento religioso en nuestra Historia, crucial teniendo en cuenta que la visión religiosa y la pasión científica son las dos grandes líneas convergentes del esfuerzo del hombre por llegar a la última verdad.

También nos encontraríamos buscando, no sólo la comprensión de nuestro entorno físico y humano, sino la forma de expresar aquello que va más allá de lo palpable: la percepción de lo inefable. Y ahí se nos mostrarían felizmente el arte y el humor, tan humanos como indescriptibles. El arte como expresión reveladora del mundo en que vivimos, integradora de modos y maneras, al día en sus aspectos técnicos y en sus nuevas formas y posibilidades. Y con la sutileza propia de una cultura refinada y a la altura de un mundo inmerso en el exceso informativo.

Tampoco faltaría la presencia del deporte, no desdeñable en la medida que busca la superación en cada esfuerzo, y exponente a la vez de otro de los aspectos relevantes del progreso: el de la relevancia en nuestras vidas de la salud y el ejercicio físico a la hora de configurar un modelo que ya alargó la vida hasta el extremo y contribuyó poderosamente al bienestar.

Así se nos hablaría de poesía y de belleza, de los confines del espacio, de los esfuerzos de hombre por saber más de sí mismo y de su circunstancia; de la necesidad de entendernos como camino que la paz exige en un único y colosal esfuerzo por no dar nada por sabido, por alcanzar una ilusión común, por atender a un deber al que no se puede renunciar.

Y el humor se mostraría a veces sutilmente en las intervenciones de los laureados y de forma más directa claro está, con Los Luthiers, que se enrolaron precisamente desde jóvenes en la tarea de predisponer el ánimo para asumir la vida cotidiana con ese no sé qué que nos permite sobrellevarla sin caer en la desesperación o en el hastío. Y también en el simpático gesto de los neozelandeses del All Black remedándose a sí mismos en un inesperado gesto que contrastaría con la solemnidad del acto.

Pero con todo, lo más impresionante fue la representación de Europa. Por una casualidad aparente, además de asomar la grandeza de nuestra Historia en uno de los premios – particularmente dedicado a mostrar nuestra presencia cultural en Norteamérica – daría la casualidad de que el destinado a la concordia recaería en los esfuerzos de la Unión Europea por hacer un territorio de paz y convivencia en nuestro continente, origen nada menos que de dos guerras mundiales en el pasado siglo. Feliz coincidencia en la presente circunstancia, pues dio lugar a la oportuna presencia de sus dirigentes. Y lo pongo en plural porque hay que agradecer que la Unión no se limitara a enviar a uno de sus representantes, sino que se haría presente en sus tres más destacados líderes. Así se trasladarían a Oviedo – oh, gracia del destino – el presidente de la Comisión, el del Consejo Europeo y el del Parlamento, recién salidos de una reunión del Consejo en la que Europa acababa de cerrar sus filas en favor de la Unidad de España.

Así que la cosa no pudo salir mejor: todo fue tan contundente y significativo que dejaría desnudos frente al mundo a quienes pretenden romper nuestra nación. Las voces de los dirigentes vendrían a recordarnos que en el pasado siglo los nacionalistas ya nos ofrecían el paraíso y lo que consiguieron fue el infierno. Y tendríamos ocasión de oír aquello de que el cumplimiento de la Ley no es materia de opinión sino de cumplimiento…“y punto”. Como colmo el presidente del Parlamento de la Unión acabaría su decidida intervención en español con un vibrante “¡Viva Europa, España y viva el Rey!” que nos conmovería. Todo ello en un ambiente a la vez solemne y entrañable.

La autoridad de nuestro Rey remataría una jornada inolvidable con todo el peso de la Historia y con la contundencia de la ley y la razón, dando una vez más ejemplo de su buen hacer en un discurso perfecto en el contenido y difícil de igualar en la palabra y los matices, en las alusiones más adecuadas y oportunas acompañadas de la expresión perfecta: una obra de arte dirigida primero a los premiados y luego también hacia los españoles, fruto sin duda de un trabajo intenso y de una entrega de la que siempre ha dado pruebas fehacientes.

O sea, que la jornada – modélica en su buen ambiente, su interés, su relevancia y su significado – dejaría en el mayor de los ridículos a tantos desgraciados como hoy pisan moqueta haciendo gala de su maldad cuando no de su estulticia y su ignorancia.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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