El Rezongón. Gran cosa la amistad

Por Carlos de Bustamante

( Mis amigos. 1920 -1932. Lápiz, carboncillo y óleo sobre lienzo de Ignacio Zuloaga. 237 x 292) (*)

Si comienzo diciéndoles que “no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, con sólo esto tendría que poner punto final a este micro relato. Pero aun con estar con ello casi todo dicho, debo intentar añadir algo más de la vida ordinaria donde a lo mejor no es preciso llegar a semejantes extremos. Dado últimamente –como habrán observado- a poner por escrito numerosas confidencias, que por ello, dejan de serlo, añadiré alguna más; en la seguridad que no seré único en haberlas vivido.

Durante los años que dirigí una labranza familiar como mejor supe y “pude”, tuve un cachicán que menos pagar deudas, me lo hacía casi todo. El cachicán desde niño era ferviente militante del PCE. Sin embargo, de tal confianza y honradez, que gozó de todas mis simpatías y amistad entrañables. Bien sabia él cómo pensaba en lo que a preferencias de partido se refiere. Mejor: que militar de profesión en las distintas graduaciones que con el tiempo fui alcanzando, lo que de verdad me importaba era, y es, el mejor servicio a España. Sin compartir mis personales inclinaciones y con total respeto – que era mutuo- a no pertenecer a ningún partido político, norma que aun pudiendo sigo a rajatabla, puedo decir con verdad que éramos, cada uno en su puesto, amigos íntimos.

No, no tuvimos ocasión de dar la vida uno por otro; y sin embargo, jamás se resintió la verdadera amistad. Para mayor prueba de la importancia de este afecto mutuo, el cachicán era si no ateo, sin duda le importaban un rábano Dios los santos y toda práctica religiosa. Sin estar de acuerdo y una vez expuestas razonadamente mis creencias, y él las suyas, que eran nulas, hice, o lo intenté, lo que creo debido en casos de obcecación como el presente: encomendar que “viera” en algún momento de su vida.

Hasta el final en que recibió los Santos Sacramentos, la amistad, gran cosa ésta, siguió incólume. Y el recuerdo imborrable. ¿Discusiones moderadas o incluso fuertes?, con frecuencia. ¿Y qué…? Pues nada. El mutuo afecto de amigos, siempre estuvo muy por encima de ellas. Gran cosa ésta de la amistad.

Digo más: es posible que a lo largo de los no pocos años que el Señor nos viene concediendo, bien pudiera suceder que entre amigos, que lo sean de verdad, las diferencias sean iguales o mayores que las mentadas. ¿Y qué…? Pues nada. Se discute, se ponen sobre el tapete las diferencias y cuando la sinceridad es total, ¡no passsa nada! Con los amigos que no comulgan con mis ideas o yo con las suyas, sigo una norma que alguien muy sabio me enseñó referente a los hijos que pudieran haber perdido la fe o abandonado prácticas religiosas amoldándose al ambiente de nuestro tiempo: “más vale hablar a Dios de los hijos, que a los hijos de Dios”.

Lo que digo referente a los hijos, bien pudiera extrapolarse a los amigos; siempre y cuando se den en ellos las circunstancias dichas. Por si el consejo recibido y expuesto no convence, hay una receta de san Josemaría, difícilmente superable: “primero oración, luego mortificación y en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción”.

Para que nadie se dé por aludido, les diré el porqué de este “rollo macabeo”: uno de mis parientes más allegados dejó progresivamente lo que es normal en un creyente y practicante. Le sucedió lo corriente en estos casos: “vivió primero de las rentas y luego de la trampa”. Como este pariente era como hermano y amigo íntimo, entendí con claridad que a pesar de mis miserias era preciso ayudarle. Lo entendí divinamente cuando, como un epitafio leí en un gran Libro: “El hermano ayudado por su hermano, es fuerte como una ciudad amurallada”. ¡Jó!, mano santa. Ahora es su amigo quien necesita que él lo ayude; porque creo que se han “vuelto las tornas”. Gran cosa la amistad.

Lo que digo referente a la práctica de las creencias olvidadas por no practicadas, puede ser válido para otras de carácter político, por ejemplo.

Por ser de la libérrima voluntad de cada cual, escorar hacia la diestra o siniestra; y siempre que alguno de estos escoramientos no sean ofensa a Dios, es deber del amigo o hermano prestar la ayuda que necesiten para que vuelvan al equilibrio estable sin riesgos. Deber que sería grave si fuera grave la ofensa a Dios. Y como “a buen entendedor, con pocas palabras basta”, de sobra sabe el lector por dónde van los tiros. Y que conste, claro, que no prendo aconsejar; yo… ¡digo nada más!

Permítanme, sin embargo, que añada algo más. Suponiendo ya su permiso, he de referirme a los amigos que por ser ambos cristianos, tuvieran las diferencias normales en toda persona que, por serlo, es humana. Con pocas luces para la inventiva, copio otra sentencia del santo de lo ordinario anteriormente citado: “Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”. ¿Lo ven? : Gran cosa la amistad. ¿A que sí?


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4447/37813095071_cf6411e26e_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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