Por Javier Pardo de Santayana

( Vuelo de las cigüeñas. Acuarela de Cuca Arsuaga en cucarsuaga. blogspot.com.es. 30×75) (*)

A ustedes les parecerá que es una tontería. Pero no a mí, que soy hombre de nostalgias acendradas. Este año eché de menos a la cigüeña de la iglesia. Me refiero a la iglesia de mi pueblo, en la que aquélla llevaba allá en lo alto año tras año – que ya van para catorce – desde nuestra llegada de Madrid. Entraba uno en la Plaza de la Constitución, que es como aquí se llama a la Plaza Mayor clásica, y allí estaban ella y su familia: como un blanco garabato coronando la alta torre. Entonces a mí me parecía que así todo quedaba en orden como si el paisaje requiriera necesariamente su presencia; de ahí que me sintiera desasosegado al no encontrarla en su puesto de trabajo.

Su marcha se produjo demasiado pronto y me dio a entender como que algo no andaba bien, que estábamos ante un indicio tan extraño como preocupante. Hasta llegué a pensar en su posible muerte. Yo echaba de menos a mi cigüeña de siempre, aquella que hacía de centinela cuando mi mujer y yo subíamos para asistir a la misa vespertina. Y claro que podríamos haber preguntado al señor párroco por la posible causa de la ausencia, ya que lo habría notado puesto que al fin y al cabo es el casero; pero al final nunca nos decidimos. Así que seguiríamos intrigados por su temprana desaparición del templo.

Más tarde, cercana ya la Navidad, la plaza se engalanaría más que nunca con un árbol forrado de luces parpadeantes y con una catarata luminosa sobre la fachada del ayuntamiento. Más con la estrella de los Reyes Magos, que, como de costumbre, siguió instalada de un año para otro justo debajo del enorme nido. “Algo la han hecho”, me diría al verla, porque se notaba retocada y algo temblorosa, como pintada por un niño. Así que todo iba bastante bien si no fuera porque el confortable hogar de la cigüeña seguía desprovisto de inquilino; téngase en cuenta que aguantaba imperturbable el aparatoso son de las campanas, o sea que parecía ya muy acostumbrada a aquel entorno de bullicio y resplandor de luces. ¿Quién no la echaría de menos entonces y en tales circunstancias? Porque siempre la costaba abandonarnos aunque fuera sólo por un tiempo; fíjese usted que a mí me hizo pensar que era verdad lo que ahora dicen de que como hay mucha comida en la basura las cigüeñas ya no emigran al sur, sino que muchas permanecen todo el año rompiendo su costumbre.

De ahí mi asombro cuando hace cosa de semana y pico, recién llegado enero – es decir, mucho antes del día de San Blas – atisbé una impoluta mancha blanca sobre las sombras de la noche allá arriba, en todo lo alto de la torre. Y me atrevo a decir, aunque suene algo infantil, que casi doy un salto de alegría. Fue como reencontrarme con alguien conocido, con una hermana o una gran amiga o compañera. O con la gran satisfacción de comprobar que nuestras vidas seguían estando razonablemente en orden; que aun en el desconcierto en que hoy vivimos algo continuaba funcionando.

Lo que aún no tengo claro es lo que harán aquellas palomas y gorriones que se enseñorearon del gran nido aprovechando el tiempo que les duró la ausencia y me hicieron pensar en que la moda “okupa” había también contaminado el mundo de las aves.

Parece como si aquella algarabía que aleteó durante una temporada en casa ajena se hubiera trasladado desde un piso principal a otro más bajo: en este caso el orgulloso campanario, improvisado centro de acogida para las aves desahuciadas y gran lugar para el reposo salvo por el estruendo de esas sonoras y broncíneas criaturas que desde la torre de la iglesia dan aldabonazos a las almas.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4663/39658315392_c122bf2585_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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