Caramba con los pulpos

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Martha Llera en Pinterest) (*)

Si yo le preguntara a usted que sabe de los pulpos, lo más seguro es que dijera que le gustan a feira y que los gallegos son unos artistas cortándolos en trozos. Claro que puede aprovechar esta ocasión para, mostrándonos sus conocimientos de bachillerato, decirnos que se trata de un octópodo por disponer de ocho tentáculos, palabra esta última que debe pronunciarse como esdrújula pues si se pronuncia llana suena mal. Y que esto me da pie para ilustrarle sobre lo mucho y muy interesante en que este animal – sin ánimo de ofensa – se nos parece e incluso nos supera.

De entrada el pulpo tiene, tal como se ha dicho, nada menos que ocho brazos, lo cual le permitirá rascarse mientras se ocupa de otras cosas. Pero además de esto y de poseer tres corazones, lo que para nosotros supondría contar con un par de ellos de repuesto y quizás enamorarnos de tres mujeres simultáneamente, dispone de un cerebro que se distribuye entre cabeza – que la tiene – y sus conocidos ocho brazos, que se llevarán la mayor parte. Difícil es ciertamente imaginar que pueda haber un ser capaz de coordinar un mecanismo tan complejo. No le tomemos pues como un ser simplón y elemental; basta con suponer el lío que nos armaríamos nosotros mismos en parecidas circunstancias. Por otra parte, reconoceremos que una gran parte de los humanos parecemos tener nuestro cerebro en cualquier sitio menos donde debiera estar. O sea que tampoco encontramos tanta diferencia entre los pulpos y los hombres.

Además, ese pulpo que vemos simplemente como una variante de ración alimenticia está dotado, según pude saber, de ciertas capacidades increíbles. Me refiero no sólo a la ya mostrada en estas líneas, sino también a otra “sui generis” que se diría propia de la ficción científica: la que consiste en manejar a su capricho su individual código genético. Así por ejemplo un pulpo macho puede a su voluntad simular la condición de hembra; una humorada que en ciertas ocasiones le reporta ventajas muy concretas y que le sitúa muy cerca de nosotros al demostrar su voluntad de engaño. Así que pase usted ahora, sin ir más lejos, a imaginar el juego que esta habilidad ofrecería a los humanos en las celebraciones del “orgullo gay” y del complejo LGTBI (creo haber puesto ya todas las letras). Como en el Carnaval, cuando esta curiosa habilidad de saber manejar el propio código nos permitiría modificar a voluntad el color de nuestros propios rostros mientras bailamos la samba en el sambódromo. O a la hora de regenerar un brazo mutilado…

Claro que también se permite efectuar determinados cambios en su cuerpo para adaptarse con presteza a los del clima, habilidad sin duda valorada ante el calentamiento del planeta. ¡Que más quisiéramos nosotros que estar preparados como parecen estar estos octópodos ante los cataclismos que se anuncian!

Pero para mí lo más curioso y sorprendente es que los pulpos demuestren ser capaces de experimentar y expresar filias y fobias y de reaccionar según el caso. Así agradecen su atención a quien les cuida diariamente, mientras que muestran su rechazo a aquellos de los que no se fían; cosa que suelen hacer lanzando un potente y malintencionado chorro de agua; que en esto se comportan de forma parecida a los humanos. Mas no se trata sólo de eso, porque, según parece, tienen una memoria que les permite recordar incluso soluciones a problemas simples, algo especialmente valorado por quienes como yo andamos de setenta u ochenta para arriba.

Y me asombra hasta casi no creérmelo que estos seres marinos que tanto lucen en los platos fueran, estando vivos, capaces de aburrirse. En efecto, me resisto a creer que, como dicen los expertos, nuestros pulpos se aburran, y que, además, esto se note. Digo que me resulta difícil admitirlo porque tal posibilidad nos hace suponer que también saben sentirse activos y ocupados; indicador fehaciente de que el animal tiene un criterio sobre su propia circunstancia del que muchas veces el hombre no es consciente; vamos, que es capaz de “echar de menos” algo comparativamente mejor que lo que tiene y reaccionar en consecuencia. Mas no se quejan de ello, y esto es digno de admiración para quienes a diferencia de ellos tenemos disponibles para entretenernos la televisión la tableta, el ordenador y la guitarra.

Para terminar les describiré otra faceta interesante de nuestros sabrosos cefalópodos: y es que tan protegidos se sintieron por la coraza natural de una oportuna concha incorporada ya de origen, que al final decidirían prescindir de sus servicios; mas, como tantas veces sucede en nuestras vidas, surgieron otros seres más agresivos y más rápidos que les obligarían a abandonar el mar abierto para buscar cobijo entre las rocas. Un buen ejemplo para quienes como nosotros descuidan su seguridad y su defensa y luego, cuando ya vienen mal dadas, se lamentan de su mala suerte.

Medite pues, amigo mío, sobre estas lecciones que nos dan los pulpos, y aplíquelas a nuestra propia estirpe. Le recomiendo que lo haga, por ejemplo, cada vez que pida una ración de pulpo. Plantéese, también aprovechando la ocasión, el hecho de que en nuestra condición de terrícolas, al parecer tan armoniosa y natural (es decir, con el cerebro en la parte culminante, los dos brazos, el par de buenas piernas; con la nariz en medio y con ojos y orejas duplicados; con un corazón latiendo allá en el centro) no es sino un modelo para sobrevivir en un lugar determinado: en un planeta en el que basta con pasar de un medio a otro para encontrar soluciones diferentes pero las dos perfectamente funcionales.

Lo cual nos mueve a suponer que de existir otros seres en el universo bien pudieran ser imaginados no como hacemos habitualmente a partir de variantes de nosotros mismos, sino a partir de otros modelos muy distintos. Quizás – por qué no – como habitantes de un mundo submarino y con soluciones para la supervivencia semejantes a la de esos pulpos que lucen en el plato pero que antes, cuando estaban vivos, se movían con propulsión a chorro por el agua.

NOTA: Artículo inspirado por unos datos del Semanal de ABC


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4670/38851960375_976b348333_z.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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