El arte moderno, ¿es arte?. 2. Qué sea el arte

Por José María Arévalo

( Colpir sense nefrar 3, 1981. Litografía de Miró en la exposición que ha ofrecido la vallisoletana Sala de la Pasión hasta el pasado día 7) (*)

Iniciábamos esta serie, en el artículo anterior, reseñando la Introducción del libro “¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos” de Will Gompertz, director de Arte de la BBC, en la que definía su propósito al expresar: “no pienso que la cuestión de fondo resida en juzgar si una obra nueva de arte contemporáneo es buena o mala: el tiempo se encargará de eso. Es más importante comprender de qué modo y por qué encaja en la historia del arte moderno”. Para añadir poco después: “Es cierto que muchas de las obras que se producen actualmente (a decir verdad, la mayoría) no superarán la prueba del tiempo”. Me sorprendió –les decía- su sinceridad y que coincidiéramos en que tantas obras nada creativas son ya Historia pero no arte.

Dedica Will Gompertz su primer capítulo al escándalo que produjo “Fuente”, al presentar Duchamp un urinario como obra de arte en una exposición en 1917, y que representa el primer acto del llamado “arte conceptual”, que rompe el concepto clásico de arte. Pero ya antes “Las señoritas de Aviñón” de Picasso había roto, en 1907, el de representación formal que abrió paso al cubismo, e incluso, antes aún, se produjo la revolución impresionista, primer paso al arte contemporáneo que aborda Gompertz desde el segundo capítulo de su libro. Por ello he dudado en continuar esta serie sobre las dudas que plantea el arte moderno o contemporáneo siguiendo el orden que propone Gompertz, ya que la inicié refiriéndome a la obra de Picasso. Finalmente he considerado preferible la sucesión Duchamps-Picasso-Impresionismo, respetando parcialmente el criterio didáctico del libro que vamos a seguir, no sin antes avanzar por mi parte, en positivo, una contestación a la pregunta “¿qué es el arte?”, que aquel no aborda pero me parece fundamental para entendernos. Lo intento en el presente artículo.

En estas páginas –con el título “Para entender la obra de arte” , el 06.07.07- reproduje el debate que suscité en la antigua web de Hispacuarela –hoy en Facebook- sobre esta cuestión de qué sea el arte, en el que comenzaba explicando cómo “desde tiempo inmemorial se ha concretado mucho sobre que es y no es el arte. Recuerdo una conversación con un profe de Filosofía del Arte, que me dio dos ideas para centrar el tema:

– 1ª: Una frase de Séneca: “No es arte lo que llega a su cumplimiento por azar”.

Recordaba cómo se cuenta que “Apeles (no el cura que antes salía en la tele, ojo), irritado, arrojó una esponja con agua sobre la pared y al observar la huella que había dejado en ésta, empezó a trabajarla y acabó haciendo una maravilla (cito de memoria). E hizo referencia a los famosos monos pintores que alguna vez hemos visto actuando en documentales, etc.

– 2ª: Que dice un aforismo griego: “no hay arte sin normas”. Está claro que cada cuadro hay que juzgarlo conforme a las reglas de la técnica y estilo con que fue creado, que hasta las de los impresionistas estaban bastante definidas. Ahora, como las reglas clásicas se obvian continuamente, se atiende más a la intención del autor.

Por eso creo que actualmente hay que acudir a criterios permanentes, con los que poder juzgar toda pretendida obra de arte. Creo que los hay. Aunque históricamente por ciencia se entendía la teoría y por arte la práctica, y los artistas eran los artesanos, actualmente se considera arte lo creativo. En esto me parece coinciden bastantes de los comentarios hechos en este foro. Arte, parece cuestión hoy pacífica, es recrear la realidad, dar vida a un ser nuevo (no biológico, claro, sino conceptual). Si uno de los atributos del ser es la belleza, como dicen los filósofos, podríamos decir que es más creativa la obra cuanto más bella.

Pero también hay que tener en cuenta otros atributos del ser, como son la unicidad y la originalidad –el ser es único e irrepetible-. También la bondad, como atributo del ser, es valorable en la obra artística, sobre todo considerada ésta como forma de expresión: cabe valorar la capacidad de comunicar y la riqueza y valor de los mensajes que puede comunicar. Como ejemplo, la famosa disputa sobre los pintores de la “España negra”, en los años veinte, si era positiva su labor de denuncia, y cómo Unamuno, que inicialmente se inclinó positivamente a ello, finalmente concluyó que la mejor actitud del pintor era la simplemente contemplativa, y que era preferible renunciar a buscar pronunciamientos acerca de la realidad circundante.

En definitiva, una obra será más creativa cuanto más de “ser” tenga. Y así, si pongo un marco a un trozo de pared -en la línea que ahora se llama “arte matérico”-, poco añado al ser pared. Pero qué duda cabe que la originalidad es una parte de la creatividad –precisamente lo que distingue arte de artesanía-; que tiene fuerza creativa quien consigue por primera vez una forma nueva, aunque la forma sea pobre. La dificultad para el público que lo disfruta, es descubrir lo creativo de cada obra, en lo que le puede ayudar mucho el crítico de arte, si conseguimos entenderle, tarea no siempre fácil.”

También sobre esta materia hemos publicado en este blog varios artículos de mi amigo el arquitecto vallisoletano Javier López de Uribe que ha escrito al respecto mucho más que yo, y con mayor profundidad. Así, en “Arte, pero ¿qué es eso?” de diciembre de 2015 reproducíamos, en tres artículos, el que publicó al inicio del curso académico en la revista de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, en el que, entre otras muchas cosas afirmaba: “La belleza, verdaderamente, es y debe ser el alma del arte. La obra de arte, para que realmente lo sea, tiene que ser bella, o no es en absoluto. La obra de arte se impone antes o después por su sola presencia, por la luz que desprende. Si no es bella y, por lo tanto, capaz de conmover, queda desposeída de su rango de obra de arte, aunque se trate de una honrada labor artesanal. Si no tiene una finalidad estética y si no desarrolla de forma óptima una actividad creadora, podrá, y deberá, denominarse de otra manera. O, al menos, será necesario adjetivarla de manera adecuada para que, cuando una persona visite una exposición o acuda a cualquier manifestación artística, sepa realmente a lo que acude”. Para concluir: “Si, entre todos, logramos encontrar la definición o formulación adecuada, habremos ayudado a clarificar el panorama actual y contribuiremos a un plan de rescate del sector porque, en mi opinión, no todo es arte ni debe ser amparado con ese nombre.”

Poco antes, en octubre del mismo año, López de Uribe pronunció la lección inaugural en la solemne apertura del Curso Académico de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, con una conferencia sobre “El relativismo en arte” que también publicamos en esas fechas, en la que exponía cómo “Son muchos los pensadores que en el campo del arte se propusieron defender los valores objetivos de calidad artística, como fue el caso del profesor inglés Ernst Hans Gombrich [que cita Will Compertz como uno de los grandes de la crítica de arte], quien ya en los años setenta se percató de que el gran peligro que se cernía sobre el arte era el relativismo, publicando desde entonces una serie de artículos y libros en defensa del canon occidental en el arte”.

Pero donde López de Uribe recogió sus tesis más ampliamente fue en su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid, que publicamos aquí en 17 artículos sucesivos bajo el título “Arte y belleza”, el último del 03.06.11. En aquél significaba que “el gran reto que se plantea al arte es el de expresar -entendiendo por expresión un acto espiritual por el que un cierto contenido interno asume alguna forma concreta que permite ser contemplada- la belleza; porque indudablemente existe (cita «Arte y Escolástica» de Jacques Maritain) una «especie de conflicto entre la trascendencia de la belleza y la estrechez material de la obra a realizar, entre la razón formal de belleza, esplendor del ser y de todos los trascendentales reunidos, y la razón formal de arte, recta industria de las obras a realizar. Ninguna forma de arte, por perfecta que sea, puede encerrar en sí a la belleza (…) El creador en arte es aquel que encuentra un nuevo analogado de lo bello, una nueva manera de que el esplendor de la forma resplandezca sobre la materia». Por eso no nos basta con saber qué es la belleza; para el artista el problema de la belleza es el producirla.”

Coincido plenamente con los postulados de López de Uribe, que pueden verse en los citados artículos de este blog, con el magnífico buscador con que cuenta, arriba, a la izquierda, incluyendo como frase el título concreto. Es evidente que estamos moviéndonos en el terreno filosófico, y parece conveniente reseñar otras corrientes, para lo que he acudido a Wikipedia, en la voz “Arte”, apartado tercero “Visión actual”, que incluye:

… “En la escuela semiótica, Luigi Pareyson elaboró en “Estética. Teoría de la normatividad” (1954) una estética hermenéutica, donde el arte es interpretación de la verdad. Para Pareyson, el arte es “formativo”, es decir, expresa una forma de hacer que, «a la vez que hace, inventa el modo de hacer». En otras palabras, no se basa en reglas fijas, sino que las define conforme se elabora la obra y las proyecta en el momento de realizarla. Así, en la formatividad la obra de arte no es un “resultado”, sino un “logro”, donde la obra ha encontrado la regla que la define específicamente. El arte es toda aquella actividad que busca un fin sin medios específicos, debiendo hallar para su realización un proceso creativo e innovador que dé resultados originales de carácter inventivo. Pareyson influyó en la denominada Escuela de Turín, que desarrollará su concepto ontológico del arte: Umberto Eco, en “Obra abierta” (1962), afirmó que la obra de arte sólo existe en su interpretación, en la apertura de múltiples significados que puede tener para el espectador; Gianni Vattimo, en “Poesía y ontología” (1968), relacionó el arte con el ser, y por tanto con la verdad, ya que es en el arte donde la verdad se muestra de forma más pura y reveladora.

Una de las últimas derivaciones de la filosofía y el arte es la postmodernidad, teoría socio-cultural que postula la actual vigencia de un periodo histórico que habría superado el proyecto moderno, es decir, la raíz cultural, política y económica propia de la Edad Contemporánea, marcada en lo cultural por la Ilustración, en lo político por la Revolución francesa y en lo económico por la Revolución industrial. Frente a las propuestas del arte de vanguardia, los postmodernos no plantean nuevas ideas, ni éticas ni estéticas; tan sólo reinterpretan la realidad que les envuelve, mediante la repetición de imágenes anteriores, que pierden así su sentido. La repetición encierra el marco del arte en el arte mismo, se asume el fracaso del compromiso artístico, la incapacidad del arte para transformar la vida cotidiana. El arte postmoderno vuelve sin pudor al sustrato material tradicional, a la obra de arte-objeto, al “arte por el arte”, sin pretender hacer ninguna revolución, ninguna ruptura. Algunos de sus más importantes teóricos han sido Jacques Derrida y Michel Foucault”.

“Como conclusión –finaliza Wikipedia este apartado-, cabría decir que las viejas fórmulas que basaban el arte en la creación de belleza o en la imitación de la naturaleza han quedado obsoletas, y hoy día el arte es una cualidad dinámica, en constante transformación, inmersa además en los medios de comunicación de masas, en los canales de consumo, con un aspecto muchas veces efímero, de percepción instantánea, presente con igual validez en la idea y en el objeto, en su génesis conceptual y en su realización material. Morris Weitz, representante de la estética analítica, opinaba en El papel de la teoría en la estética (1957) que «es imposible establecer cualquier tipo de criterios del arte que sean necesarios y suficientes; por lo tanto, cualquier teoría del arte es una imposibilidad lógica, y no simplemente algo que sea difícil de obtener en la práctica». Según Weitz, una cualidad intrínseca de la creatividad artística es que siempre produce nuevas formas y objetos, por lo que «las condiciones del arte no pueden establecerse nunca de antemano». Así, «el supuesto básico de que el arte pueda ser tema de cualquier definición realista o verdadera es falso».

En el fondo, la indefinición del arte estriba en su reducción a determinadas categorías –como imitación, como recreación, como expresión; el arte es un concepto global, que incluye todas estas formulaciones y muchas más, un concepto en evolución y abierto a nuevas interpretaciones, que no se puede fijar de forma convencional, sino que debe aglutinar todos los intentos de expresarlo y formularlo, siendo una síntesis amplia y subjetiva de todos ellos.

El arte es una actividad humana consciente capaz de reproducir cosas, construir formas, o expresar una experiencia, si el producto de esta reproducción, construcción, o expresión puede deleitar, emocionar o producir un choque (Tatarkiewicz, “Historia de seis ideas” (1976)”.

A este resumen creo habría que añadir: No obstante, quienes mantienen la definición ontológica del arte, impugnan la relatividad o subjetividad absoluta de los conceptos de arte y belleza. La belleza, sostienen, es una realidad y es objetiva, como lo son la verdad y el bien, pero “esa objetividad se revela de una manera proporcional a la capacidad, preparación, sensibilidad y disposición de cada uno. Y éste es todo el problema” en expresión de López de Uribe y Laya, Javier, “Acerca de la ciencia, la belleza y el arte”, artículo en “Arte y belleza. 4. Capacidad de asombro y contemplación” en
http://blogs.periodistadigital.com/tresforamontanos.php?s=Arte+y+belleza.+4.+Capacidad+de+asombro+y+contemplaci%F3n&x=8&y=6&sentence=sentence


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4522/38161329154_cd5ec6c341_b.jpg

Recibe nuestras noticias en tu correo

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído