Por Javier Pardo de Santayana

( Batuque de colher. Acuarela de Marilza Casotti en artoteque.com) (*)
No soy un experto en la cuestión, pero sí que suelo observar los signos de los tiempos: los grandes cambios que se están produciendo en nuestras sociedades avanzadas y aquellos signos evidentes que los acompañan en su proceso de dominio. Así que con frecuencia imagino la cara que pondrían nuestros abuelos e incluso nuestros padres al oír, por ejemplo, las actuales conversaciones habituales. Estoy seguro de que muchas de nuestras expresiones e incluso de nuestras palabras más frecuentes les llenarían de estupor por desconocimiento de su significado. Lo que, sin ir más lejos, ya sucede con la jerga que utilizamos para referirnos a los medios de comunicación, pero también con ocasión de muchas situaciones en las que términos ingleses sustituyen a las expresiones clásicas.
Mas independientemente de esto – o sólo parcialmente en relación con esto – se producen también cambios de estilo de vida y de expresión social que pueden ser considerados modas o, mejor, actitudes generalizadas de vivir la vida. Cambios que suelen sucederse y alternarse aunque sea con formas diferentes. Nosotros mismos hemos vivido tiempos en los que el cine nos mostraba el ideal de unos jóvenes bien lavados y con el pelo corto, netamente trajeados con jerseys de color liso y luciendo un aire alegre y deportivo. Y más tarde vendría una moda de contraste: la que encabezaría el malogrado James Dean de “Rebelde sin causa”: la del muchacho incomprendido y de aire triste como la exaltación de la debilidad y el desaliño. La gracia del asunto consistía, como siempre, en ver quién atraía a las chicas con más éxito.
A este tipo de cambios responde, en términos ya más generales, la alternancia entre dos periodos que pueden ser paradigmáticos: los de la prevalencia de un progreso basado en la razón y en cierta concepción del orden, y los de un refugio reactivo caracterizado por el rechazo de ambos y la encendida exaltación de la pasión y el sentimiento. Lo cual quizás ocurra también en nuestros días porque la crisis de la sociedad del bienestar, aquel desideratum del pensamiento lógico que, tras un siglo de guerras organizaría la paz buscando perfeccionar la sociedad moderna, provoca una reacción “sensu contrario” tendente a refugiarse en la espontaneidad y la ruptura de los cánones: en la muerte del orden admitido y en la búsqueda del “sálvese quien pueda” contribuyendo de esta forma al desconcierto ya existente como consecuencia de la complejidad del mundo en que hoy vivimos.
Algunos signos aparentes y sencillos parecen avalar la tesis del retorno de una nueva forma de romanticismo que se traduce, por ejemplo, en modas que nos acercan a la de aquellos tiempos en que el hombre llevaba cabellos largos e incluso despeinados, mostraba un rostro pálido de salud en peligro y usaba aquellas prendas que, como la chalina, se suponían propias del poeta: la imagen del pobre muchacho incomprendido por una sociedad que no valora lo que puede doler el corazón.
Claro que en el caso de los jóvenes de ahora todo ello es, como ellos mismos dicen, un inmenso “fake”: una ficción, una mentira; simplemente una pose para la galería. Así han vuelto las barbas excesivas, los cabellos visiblemente desordenados como muestra de una noche de insomnio, esas camisas con los faldones fuera como de no haberse terminado de vestir del todo, aquellas prendas acumuladas unas encima de otras de cualquier manera, bufandas claramente innecesarias y excesivas, y una abundancia de zapatillas deportivas como de solución a una emergencia. Y no digamos esos rostros que desconocen el agua y el jabón. Todo ello, como se puede ver, de falsedad deliberada, porque es posible imaginar que el joven regresa de una maratón o de un gimnasio, que la etiqueta de la ropa indica que es de marca, y que ese cabello que parece no saber lo que es un peine proceda de una peluquería unisex “ de gama alta.
Claro está que los tiempos han cambiado y que esta apariencia de romanticismo pueda ser en gran parte “postureo”. Mas efectivamente, algo debe tener el agua cuando la bendicen. Porque tras una reacción como la del famoso movimiento del siglo antepasado, surgida contra el clasicismo y el racionalismo de la ilustración para volcarse en la pasión y el sentimiento, ahora podría responder a una sociedad que, obnubilada por la crisis económica y sumergida en un claro desconcierto por la complejidad que la rodea, se plantea una solución de circunstancias que favorece los deseos de poder de algunos. Pues en esta situación toda la sociedad acaba inmersa – tanto en el pensamiento como en lo que concierne al arte – en una estética que refleja un amplio fenómeno social que prioriza al sentimiento por encima de la razón y el orden. Así hemos visto nacer y crecer movimientos de “resentidos”, “indignados” y “odiadores” ansiosos de poder; cómodos en este nueve ambiente donde el sentido común y el orden institucional pueden obviarse utilizando simplemente la aversión al otro. Una aversión empozoñada que los medios, igualmente inmersos en el nuevo estilo, soportarán o ampliarán de forma voluntaria o sin siquiera darse cuenta de la magnitud de sus efectos.
Pues aunque el sentimiento y la pasión son algo personal e íntimo, si se disfrazan de movimientos libertarios fáciles de atizar de muchos modos y maneras en una sociedad ya superconectada, pueden tener una influencia difícil de atajar precisamente por el respeto con que proceden los gobiernos en la defensa de la libertad. Y porque hay un nuevo vehículo de empleo individual y escasamente controlable – las comunicaciones que circulan actualmente por las redes sociales – que permiten ejercer presión sobre los ciudadanos aprovechando, como ustedes saben, su sentimiento y su pasión.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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