Una boda moderna

Por Javier Pardo de Santayana

( Cartel de “C’est la vie”)

El anuncio de que se trataba de una película francesa provocadora de bastantes risas nos convocó en el cine. Nos animaba a hacerlo la buena crítica de otras comedias del mismo país, así como el buen sabor de “El intocable”, con el que compartía directores. Y he de decir que su comienzo nos desconcertó al principio: lo que esperábamos fuera un enredo de familia en un entorno señorial o algo parecido resultó tener un guión que nos describe los excesos y las excentricidades que caracterizan las celebraciones actuales de las bodas. Algún cineasta inteligente se dio cuenta del potencial de comicidad que éstas encierran, y eso que la película no llega a abordar algunas de las costumbres usuales en España, como la subasta de la corbata del recién casado o del sujetador de su querida esposa. O el paso por caja, o sea por el bolso de la suegra en el que los invitados depositarán sus óbolos, como sucede en muchos pueblos nuestros. O el típico mariachi, aquí sustituido por un cantante especializado en conocidas canciones italianas. O el regalo de los novios a los invitados, donde se ejerce una asombrosa capacidad inventiva repartiendo cosas casi absurdas como pantuflas o abanicos. Particularidades que han crecido desde que los amigos de los novios han entrado en juego. Y no cito siquiera las inefables despedidas de soltero, en los que el mal gusto hace carnaza.

Tampoco se nos muestra la moda que siguen las actuales novias de dotarse, no ya del clásico vestido blanco de toda la vida, sino de por lo menos otro más para poder estar más cómoda a la hora de echarse un baile rítmico y desenfrenado como es el caso de hoy en día. O de sustituir el vals por un musical con director de escena. O la participación de las mamás en el montaje. Lo cual compone un buen conjunto de posibilidades a elegir entre las muchas que pueden ser imaginadas y que presentan matices según el estrato social de los participantes.

La película, cuyo título revela procedencia – que “C’est la vie”, nos dice – es como un reportaje de las pocas horas que median entre el inicio de los preparativos a cargo de quien se ocupa del evento hasta su culminación ya a altas horas de la noche. Y tiene un gran protagonista; “gran” digo, no sólo porque demuestra ser un formidable actor, sino porque es el hilo conductor de todo cuanto ocurre, con lo cual su presencia es permanente. No creo recordar película alguna en la que quien tiene el papel más relevante se mantenga en escena por mas tiempo; cabría decir que no la abandona salvo unos breves y contadísimos segundos. O sea que sin ser el narrador en realidad actúa como tal.

El caso es que el evento sirve entre otras cosas para organizar una película coral como de musical clásico con presencia de múltiples tipos sociales aprovechando sobre todo la brigada de trabajo que en este caso ha de ponerse a tono con el ambiente palaciego del local. La imposición al personal sirviente de libreas y pelucas tal como demanda el novio revelará el carácter contestatario de las relaciones “sindicales” en nuestros países avanzados; como la contratación sin papeles de parte de los sirvientes, un detalle que mantiene en vilo al encargado, y es retrato perfectamente aplicable a las celebraciones que en circunstancias parecidas conocemos nosotros en España. Así – pasados por el tamiz del humor y el realismo – viviremos las tensiones, las prisas, los enfados y las pequeñas tragedias que pueden suponer un gran fracaso de los organizadores, a los que obliga a ser capaces de templar sus nervios y ejercer el don divino de la improvisación.

Comprenderán ustedes que todo este panorama permite presentar sin un instante de reposo – ya que la cámara tampoco se detiene – un muestrario de imágenes y tipos humanos en trance de faena cuyas actitudes y reacciones son reconocibles. Claro que muchas de ellas se acercan al ridículo, como es el caso del novio, que desea una boda lo más ”chic” posible pero también estar bajo las luces todo el tiempo, o de la madre del novio, que flirtea con el fotógrafo, o de éste y los móviles que le hacen competencia, o de los músicos, a los que los mayores piden interpretaciones de Gardel y de Aznavour, o de aquel supuesto fiscalizador del ministerio de Trabajo que resulta ser de la acera de enfrente, o del encargado oficialmente de inventarse alguna excusa para espantar a los pelmazos, o del el camarero que fue ligue de la novia y evita que éste le reconozca vestido de librea, o de la ayudante del jefe y el músico de bodas que, al congraciarse por orden de su jefe no encontrarán el modo de romper un abrazo que parecía forzado, o del camarero que ha llegado tarde y al afeitarse deja el palacio sin luz toda la noche, o de los paquistaníes que, asombrados, hacen comentarios ininteligibles en su lengua y al final salvan la fiesta gracias a sus exóticas habilidades musicales.

Pero nada como el final, cuando en la apoteosis, el novio, que exigió al protagonista que organizara una fiesta sobria y elegante, tras de fingir que le pedían unas palabras y largar una conferencia interminable, remata su actuación bajando hasta la novia colgado de un enorme globo iluminado no sin hacer antes una aparatosa exhibición circense con movimientos de ballet.

PS: Digno de resaltar es el papel de Pierre Bacri, protagonista, quien, como organizador y jefe del equipo matiza su carácter duro y exigente – ¡ese encuentro inicial con una pareja que encargaba una cena escatimando el gasto! – con una humanidad mezcla de padre y de tirano.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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