Por Javier Pardo de Santayana

( Bote varado en Colindres. Acuarela de Francisco Gil Piedra en acuarelasgilpiedra. blogspot.com) (*)
Dudo a la hora de escribir este artículo. Escribí varios de un tirón por si no podía hacerlo durante la Semana Santa, y ahora siento la necesidad de no dormirme en los laureles. Pero ¿a quién pueden interesar mis impresiones de unos días que en estas latitudes montañesas se suponen pasados por la lluvia? Llego a la conclusión de que si realmente existe ese improbable lector al que de cuando en cuando aludo, poco le importará que le confíe mis pequeñas vivencias personales; y que, si como supongo no existiera, menos aún podré aburrir a nadie con mis pequeñas aventuras personales. Así que, siempre con esta duda, me permitirá arrancar diciendo que siempre me apeteció pasar esta Santa Semana en un ambiente tan distinto al habitual como éste de la Montaña de Santander donde estos días del año cobran un sabor familiar de sensaciones y recuerdos.
Esta vez en Santoña me intereso por el horario de las procesiones. Así podré informar acerca de éstas a mi hijo. En la iglesia de la Virgen del Puerto me he detenido a hablar largo y tendido con uno de los organizadores, que me explica cómo se desarrollará “la d el Encuentro”. Y veo de cerca los cuatro grandes pasos listos para salir por caminos distintos hasta la plaza de San Antonio, donde tres de las imágenes se detendrán frente a la de María. Entonces – este año por primera vez según me dicen – herirá la noche un toque de trompeta y desde el templete de la música se pronunciarán las esperadas oraciones. Y la conversación traerá recuerdos de entrañables amigos militares, todos bien conocidos de mis interlocutores por su piedad cristiana.
En la iglesia de San Pelayo, parroquia de nuestro propio pueblo, dicen que contaban conmigo para leer en los Oficios, o sea que no nos olvidan, y esto me produce una agradable sensación de pertenencia. Me gusta, sobre todo, la posibilidad de leer, con el templo tan sólo iluminado por las pequeñas velas de los fieles, el impresionante Pregón del Sábado Santo, aquel que nos recuerda nuestra condición de criaturas y nos hace vivir la creación del mundo. Este año el párroco, nuevo en la plaza, incluye una novedad: la gran traca que al final de la vigilia romperá el silencio aparatosamente como anunciando la Resurrección de Cristo.
Otra novedad será la pesca. Nuestro hijo encontró los lugares por los que la lubina entra en la ría, y no damos abasto para “consumirla”. El preferido es el puente de Colindres, y el momento, cuando está creciendo la marea. Algunos días habrá que ir a pescar bien abrigado. En una ocasión, los dos pequeños de un joven matrimonio tendrán la alegría de cobrar sus primeras piezas gracias a sus indicaciones y ayudas materiales. Una curiosidad para mí desconocida: en el pueblo hay una máquina expendedora de refrescos y bocatas en la que se pueden obtener artículos de pesca…¡hasta gusanas!
En el jardín, que está ya de primavera poblada de pequeñas flores blancas y amarillas, habrá que aprovechar los días secos para seguir podando y quemando, lo que antes requirió sacar permiso en el ayuntamiento. Y habrá que recuperar la podadora, que la tenía una vecina: gracias a ella y a su marido – ayuda desinteresada – sacamos las cosas adelante cuando vivíamos en Bélgica o en las islas Canarias. Hasta de la instalación de la calefacción se ocuparían desinteresadamente.
He de decir que nuestro hijo trajo consigo a Sol y a Maca, las perritas. ¡Y cuántos sustos nos han seguido dando! Cuando ya nos creíamos blindados, las muy perversas encontraron – o fabricaron – una salida oculta, y una vez más se fueron juntas de excursión. ¡Menos mal que siempre acabó recuperándolas! En una de sus salidas pasaron a un terreno contiguo en el que pacen seis ovejas, y no quiera usted saber la que una vez más armaron. Porque las grandullonas temen a las dos pequeñajas como al diablo. Lo bueno es que al encelarse con ellas no pasan de ahí, mientras que en otras ocasiones hasta pararon la circulación rodada.
De lectura, he seguido con el “Patria” de Aramburu, que leo capítulo a capítulo. La historia de dos familias amigas a las cuales separa el odio terrorista y la doblez de quienes recogen las famosas nueces. Estilo directo, hasta ahora desconocido, en el que se mezcla todo, muy a la manera de como se habla en el caserío: sin el menor respeto a lo que siempre fue la narrativa. Novedosos capítulos muy cortos y estremecedores porque reflejan una realidad insoportable.
Y, naturalmente, el ordenador, interrumpido por la búsqueda de conexión con Internet por vía del móvil. De vez en cuando, una poesía. Ah, y el gol de chilena de Cristiano.
Nuestro hijo, de regreso, ha visto como siempre corzos en su camino. Incluso conectó con la Guardia Civil al encontrar uno solo y postrado, que no herido. En cuanto a nosotros, ya solos unos días en espera de un regreso sin lluvias y sin fuertes vientos: visita al Cristo de Limpias, cuya historia relaté aquí mismo para ustedes, compra del periódico del día, algún paseo por Laredo o por Santoña sin bajar siquiera a Santander, e inmersión en un rompecabezas de mil piezas que representa un hermoso paisaje de Venecia. Queda por rellenar la casi totalidad de un cielo iluminado, y en la parte inferior, las aguas del canal. O sea que aún nos queda tarea para rato. Santa paciencia. Quizá lo dejemos así, según está, en espera del próximo viaje.
Antes de irnos, troceo de unas enormes ramas que quedaron pendientes, y dos grandes montones preparados para que sean quemados cuando vuelva. Las ramas que exceden la posibilidad de mis cizallas quedarán bien peladas y debidamente amontonadas junto a la tapia exterior por el momento. Uno arreglo chapucero a última hora a la cancela de entrada, que está ya exigiendo arreglo.
No está mal para los casi 85 que he de cumplir en mayo. Laus Deo.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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