Por Javier Pardo de Santayana

( El gendarme Arnaud Beltrame, que se sacrificó en un atentado terrorista en Francia. Foto de EFE en 20minutos.es)
No había acabado de glosar el heroísmo de la niña cristiana de Nigeria, enfrentada a su conciencia en territorio hostil, inerme en la más inmensa soledad, presionada por unos personajes de apariencia terrible, y sin embargo firme en la fe de sus mayores hasta el punto de poner en peligro hasta su propia vida, cuando llega a mi conocimiento un nuevo y conmovedor episodio de heroísmo, uno de aquéllos que nos enorgullece de nuestra condición humana.
Se trata de un hombre bien plantado que viste uniforme. Francés de 44 años, era Teniente Coronel de la Gendarmería, formado en el servicio. Destinado en un lugar del sur de su país, ha de acudir a la llamada del servicio. De nuevo el terrorismo, agresivo e inmisericorde – esta vez en un supermercado de la proximidad de Carcassone – toma como rehenes a ciudadanos que tuvieron la desgracia de estar allí en aquel momento.
No voy a relatar en detalle todo lo sucedido, que comienza con el robo de un coche y un tiroteo a cuatro policías desarmados que practicaban deporte sin sus armas, y culmina irrumpiendo en un supermercado donde podía contarse una cincuentena de personas;.tan sólo que él asesino ya había acumulado varios muertos y heridos antes de hacerse fuerte tomando como rehén una mujer. Y que, llegados a este punto, Arnaud Beltrame, que así se llama nuestro héroe, decidiría liberar a ésta del trance ofreciéndose él mismo como víctima sin más que un valor a toda prueba y una generosidad impresionante. Y lo hizo a costa de jugarse la vida para morir a puñaladas.
Dejemos a un lado el gesto que supone el implicarse de este modo cuando su graduación le eximía de hacerlo en todo caso por la alta responsabilidad de mando que tenía. Veamos tan sólo la prioridad que concedió en aquel momento a la liberación de un indefenso ser amenazado. Para él la sola prioridad era la protección de una mujer. Y ahí saldría a flote lo esencial de una vocación de servicio a los demás, que, con exigente estilo militar de vida, interiorizó y fomentó en silencio durante un buen número de años.
Su único lazo con quienes podían defenderle sería el móvil que quedaría abierto para que sus compañeros pudieran seguir las circunstancias del secuestro. Mas su muerte, como la del terrorista, parecía más segura que probable. Y así resultó ser. Por eso Arnaud Beltrame, de 44 años de edad, Teniente Coronel de la Gendarmería francesa, ocupa ya un lugar en el poblado friso de los héroes. Así fue reconocido desde el primer momento por su Patria, que siempre cuidó con singular empeño rendir admiración a quienes demuestran su grandeza de espíritu.
“Era muy consciente de lo que hacía” dice su hermano Cédric. “No me sorprende; sabía que tenía que ser él… Siempre ha sido así desde que nació…“ dice su madre cuando es entrevistada por la radio. “Él me habría dicho: hago un trabajo, mamá; eso es todo”.
Luego, en un programa de la COPE nos enteramos de algunos detalles entrañables en los que nuestro hombre se retrata, como, su conversión hace diez años y su intensa vida de fe como cristiano. Nos dicen que formaba parte de un grupo de oración. Y que, según han dicho quienes le acompañaron en esta vía de perfección cristiana, pidió a la Virgen encontrar a la mujer que había de ser su compañera. Como también que, habiéndola encontrado, pensaba unirse a ella en matrimonio canónico el próximo mes de junio.
Ahora empezamos a entenderlo todo. Porque su profesión – no olvidemos el significado de “gendarmes”: “gentes de armas” – implica una vocación de servicio a los hermanos, como lo es para los guardias civiles, sus correspondientes españoles. Y esto es tan cierto que, cuando se plantea la posibilidad de morir en acto de servicio, ponen en práctica – como las otras “gentes de armas”, los soldados – las virtudes que la fe y la vocación exigen.
Lo constatamos al ver el deber y la fe abrazados en el momento crucial de la verdad: ahora en un lugar de Francia, y sólo hace unos días en un lugar perdido de Nigeria; prueba de que pese a la ruindad que hoy nos rodea, aún existe gente formidable.