25 años D.O. “Cigales”. 19. El arte hasta la caída del Antiguo Régimen. Y IV

Por José María Arévalo

( Figura 13. Detalle de la Última Cena de la capilla-sagrario del monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos, obra atribuida a Antonio Stella. Fuente. Fotografía propia) (*)

Recogemos hoy los dos últimos capítulos, “Imágenes eucarísticas: la última cena y la misa de San Gregorio” y “Epílogo: donde se vierte el vino de Cigales”, del artículo “Ego sum vitis vera: vides, vino y cultura del vino en el arte del territorio de la Denominación de Origen Cigales hasta la caída del Antiguo Régimen”, de Fernando Gutiérrez Baños, Profesor del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, incluido dentro del apartado III, “Arte, patrimonio y herencia vitivinícola” del libro conmemorativo “La comarca vitivinícola de Cigales: viñedos, bodegas y vinos. 25 años de la D.O. Cigales” que venimos reseñando.

IMÁGENES EUCARÍSTICAS: LA ÚLTIMA CENA Y LA MISA DE SAN GREGORIO

“El significado simplificado que a menudo se atribuye a las vides de las columnas salomónicas (cuyo contexto original de producción es, recordémoslo, pagano, adquiriendo, únicamente, un sentido cristiano por su aprovechamiento en un contexto de estas características, a saber, el de la primitiva basílica Vaticana) nos conduce, inexorablemente, al significado que, de manera recurrente e indiscriminada, se suele atribuir a cualesquiera representaciones relacionadas con el vino en un contexto cristiano: el sentido eucarístico.

Como es bien sabido, Cristo, en efecto, instituyó, durante su último encuentro con sus discípulos, la Eucaristía. Lo hizo para perpetuar el recuerdo de su sacrificio redentor (el cual se actualizaría en cada nueva celebración mediante la consagración del pan y del vino y mediante la comunión), haciendo, de esta manera, partícipes del mismo a los fieles de generaciones futuras. La Eucaristía es un acto emotivo y trascendente que, partiendo de unos orígenes bien sencillos (una cena entre amigos que tienen cosas importantes que decirse), se ha ido ritualizando y solemnizando, pues, de acuerdo con la doctrina católica de la transubstanciación, mediante la consagración del pan y del vino uno y otro dejan de ser lo que aparentan para convertirse en cuerpo y en sangre de Cristo, que se comparten con los fieles. Por eso es por lo que la Eucaristía ocupa una posición central en el culto cristiano y por eso es por lo que, en consecuencia, la Eucaristía, representada a través del momento de su institución en la Última Cena, ocupa una posición central en el repertorio de imágenes del arte cristiano: se la representaba, a menudo, en la Edad Media, en pinturas murales próximas al presbiterio, se la incluía, desde finales de este periodo, en retablos, se le dedicaban, posteriormente, lienzos monumentales para colgar en las paredes de iglesias y de monasterios o imágenes de menor formato pintadas o en relieve para dar realce a las puertas de los sagrarios… Por ello, precisamente, sorprende, decepciona y desencanta encontrarse en todo el territorio de la Denominación de Origen Cigales con una única representación de la Última Cena (a saber, en el monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos).

La Última Cena puede ser representada de muchas maneras. Si se prima su dimensión simbólica, en tanto que recordatorio de la institución de la Eucaristía, sus detalles estarán profundamente ritualizados, de manera que, en su conjunto, la imagen parecerá una misa “avant la lettre”, con Cristo oficiando como sacerdote y con accesorios y con especies eucarísticas similares en todo a los que se emplean durante la misa. En cambio, si se prima su dimensión narrativa, en tanto que episodio crucial de la vida de Cristo, será factible una imagen más anecdótica que nos presente la mesa de la cena como una mesa servida para una velada entre amigos en la que podremos ver, como si de un bodegón se tratase, qué recipientes se empleaban para preparar el vino, para distribuir/o, para beberlo… Si en otras partes de este ensayo me he permitido invocar obras y autores de la talla de la basílica Vaticana o de Gianlorenzo Bernini para hacer más accesibles las obras, necesariamente más modestas, que encontramos en el territorio de la Denominación de Origen Cigales, me permito, en este caso, invocar, con semejante finalidad, la Última Cena por antonomasia: la que, en la década de 1490, pintara Leonardo da Vinci en el refectorio del convento dominicano milanés de Santa María delle Grazie. Icono manido por excelencia de la Historia del Arte, la extraordinaria popularidad de esta escena hace que el espectador poco avisado se consuele con su mero reconocimiento, el que tiene ciertas inquietudes admire la limpieza de su composición, el que tiene auténtico interés capte la tensión dramática del momento representado… pero pocos repararán en uno de los aspectos más admirables de esta obra: las magistrales naturalezas muertas que Leonardo, optando por una interpretación narrativa del episodio, dispuso sobre la mesa de la cena, entre las cuales se encuentran algunas de las mejores representaciones de vasos de vino de la Historia de la Pintura .

Por desgracia, la única representación de la Última Cena con que contamos en el territorio vitivinícola cigaleño no solo está lejos de la maestría absoluta de Leonardo (aunque es una obra estimable), sino que, por corresponder a aquella variante en que prima la dimensión simbólica del momento representado, no encontramos sobre la mesa, en lo que a vino se refiere, sino un cáliz, lejos de cualquier representación naturalista que pudiera informarnos sobre cómo se consumía el vino en el siglo XVI (por otra parte, la escena, al igual que el ciclo en que se inserta, parece inspirada en fuentes grabadas que habrán de ser indagadas, por lo que en ningún caso nos habría aportado información sobre prácticas locales relacionadas con el vino), la Última Cena del monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos forma parte del ciclo de pinturas murales en grisalla que decoran la capilla-sagrario que, en el siglo XVI, se adosó a la capilla mayor de la iglesia monástica medieval. Si bien este espacio, en una primera aproximación, podría ser, o bien una sacristía (por su ubicación), o bien un camarín (por sus características morfológicas), este espacio es, en realidad, un ámbito creado para la exaltación eucarística al que corresponde, en rigor, la denominación de capilla-sagrario (Carda Flores, 2010).

Su elemento principal es un nicho, en la actualidad vacío, flanqueado por las representaciones de la Fe, cáliz en mano, y de la justicia, en el que debió de haber algún mueble o retablo, el cual está a espaldas del altar mayor de la iglesia, vaciado en el haz exterior del muro de su capilla mayor. Es precisamente, por su relevancia en el luneto que se dispone sobre este nicho, espacio aparentemente secundario y menor, donde encontramos la representación de la Última Cena (Figura 13) que da inicio a un ciclo de la pasión de Cristo que se lee de izquierda a derecha sobre el acceso a la capilla-sagrario por el lado del Evangelio y a lo largo de sus muros perimetrales, culminando, aparentemente, en la Crucifixión, pero continuando, en realidad, en los lunetos de la parte superior hasta Pentecostés. Decoran los lunetos restantes ciertos temas marianos, acordes con la dedicación del monasterio y con la piedad de la orden. Frente a la Última Cena flanquean la Coronación de espinas unas copiosas guirnaldas que incluyen exuberantes racimos de uvas.
Estas pinturas murales maltratadas por los años en que el deshabitado cenobio estuvo sometido a la incuria, han sido atribuidas a Antonio Stella uno de los pintores italianos que contribuyeron a dinamizar el ambiente artístico vallisoletano de finales del siglo XVI, sobre la base de ciertos detalles de su testamento, dado en Valladolid a 23 de septiembre de 1591. Stella, no obstante, se habría servido de “dibujos” comprados para la ocasión a “Ciles, flamenco” (Fernández, 1980; Urrea, 2003).

Si en el caso de la Última Cena al menos podíamos albergar la esperanza de que una representación en clave narrativa nos ofreciese detalles materiales de la cultura del vino, no ocurre lo mismo con el otro tema eucarístico que encontramos en el arte del territorio de la Denominación de Origen Cigales: la Misa de San Gregorio, que cuenta con un magnífico exponente en un retablo de la iglesia parroquial de Santa María la Mayor de Corcos. Se trata de un episodio que acontece durante una celebración eucarística, por lo que, en sus representaciones, no podemos esperar sino la transposición litúrgica del acto de consumir vino, concretada, según es norma, en la presencia de un cáliz.

El episodio se relaciona, en principio, con el papa de finales del siglo VI, San Gregario Magno, a quien ya hemos mencionado por su contribución a la configuración del presbiterio de la basílica Vaticana, pero es, en realidad, una leyenda tardía, no anterior al siglo XIV, que tiene que ver, más bien, con la defensa de la doctrina de la transubstanciación, argumentada con ardor en el siglo XIII en un proceso que culminó con la institución de la festividad del Corpus Christi, y con la devoción suscitada por la llegada a la basílica romana de Santa Croce in Gerusalemme de un icono bizantino del “Varón de Dolores”, una de las primeras imágenes de este tipo que se pudo ver en Occidente, donde sería asumido y ampliamente representado. El episodio cuenta cómo estando San Gregorio Magno oficiando, uno de los circunstantes dudó de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, por lo cual, mediando la plegaria del pontífice, Cristo mismo se apareció sobre el altar como Varón de Dolores, rodeado por los instrumentos de su pasión y presentando, él mismo, en su cuerpo, los rastros de su pasión.

( Figura 14. Misa de San Gregorio de un retablo lateral de la iglesia de Santa María la Mayor de Careos, obra atribuida a Gregario Martínez. Fuente: Pérez, 2008: 69) (*)

El retablo de Corcos es un retablo pictórico de temática mariana del último tercio del siglo XVI que incluye, como tabla central de su banco (ubicación frecuente para esta temática por su relación inmediata con la mesa del altar), una Misa de San Gregario que responde, puntualmente, al episodio narrado, incorporando, únicamente, como variación, un magnífico retrato del donante: un desconocido clérigo (Figura 14). Urrea (2003), lo atribuye a Gregorio Martínez, el más destacado pintor vallisoletano del momento, que se benefició, estéticamente, de la presencia de pintores italianos en nuestra ciudad, piensa que el retablo puede proceder de algún cenobio desamortizado cercano, acaso el jerónimo de Nuestra Señora de Prado o el cisterciense de Santa María de Palazuelos. Pérez (2008) llama la atención, no obstante, sobre la presencia de santos franciscanos. Las referencias italianas, frecuentes en la obra de Gregorio Martínez, se concretan, en este caso, en la figura de Cristo como Varón de Dolores, que evoca, con variaciones, el celebérrimo Cristo resucitado de Miguel Ángel en la iglesia romana de Santa María Sopra Minerva.

EPÍLOGO: DONDE SE VIERTE El VINO DE CIGALES

Nuestro recorrido por el territorio de la Denominación de Origen Cigales en pos de manifestaciones artísticas relacionadas con el cultivo de la vid, con el procesado de la uva y con el consumo de su producto final nos ha conducido desde imágenes profundamente arraigadas en la realidad, vinculadas al ciclo agrario, patentes en el arte del mundo romano, a imágenes simbólicas, relacionadas con la asunción del imaginario vitivinícola romano por parte del arte cristiano primitivo, para culminar, finalmente, en imágenes trascendentes, metafísicas, incluso, e inasequibles, en cualquier caso, a la razón, asociadas al uso eucarístico del vino en el cristianismo, donde, en cada nueva consagración, el vino se convierte en sangre de Cristo. Cuando, ciertamente, no se puede ir más allá, son estas mismas imágenes, las que, paradójicamente, nos van a devolver a la realidad, haciéndonos poner los pies en la tierra de la que brotan las cepas.

Si, sin salir del ámbito eucarístico, pasamos de las imágenes que representan su institución (monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos) o su celebración (Corcos) a la realidad material de los objetos empleados en su celebración (cálices, fundamentalmente, pero también vinajeras, que se emplean para preparar el líquido a consagrar), pasamos a contemplar los objetos en los que, desde hace cientos de años, se viene escanciando el más genuino vino de la tierra.

Por supuesto, los cálices que se conservan en el territorio de la Denominación de Origen Cigales son legión, pues no pueden faltar en el ajuar de ninguna iglesia. De hecho, existen, normalmente, varios en cada iglesia, resultado de unas trayectorias históricas dilatadas. Sencillos y rutinarios muchos de ellos (aunque siempre de materiales preciosos, como corresponde al nobilísimo uso que les está reservado y como prescribió, finalmente, la normativa eclesiástica), en el ámbito objeto de estudio se conservan dos piezas extraordinarias de principios del siglo XVI, de estilo gótico tardío (penetrado, en uno de los casos, de incipiente renacentismo), que merecen una reseña individual izada.

( Figura 15. S. Cáliz donado por don Luis de Acuña a la iglesia de Santa María
de Dueñas, obra de Juan Lorenzo. Fuente: Exposición, 2004: 69) (*)

La primera de ellas es uno de los cálices de la iglesia de Santa María de Dueñas (Figura 15). Llamativo por tratarse de un cáliz con sobrecopa (esto es, de un cáliz dotado de una cubierta que permitía emplearlo, asimismo, como copón), es una monumental pieza de plata dorada producto del patrocinio de los Acuña sobre la iglesia y sobre la localidad (sus armas, en efecto, aparecen en el pie del cáliz). Elaborado y prolijo en cada uno de sus elementos constitutivos (a saber: pie, para apoyarlo; astil con nudo, para manipularlo; copa, asentada sobre rosa o subcopa, para verter en ella el vino), este cáliz es bien conocido desde hace décadas y, con no poca frecuencia, ha figurado en grandes exposiciones que han permitido que especialistas como Brasas Egido, Cruz Valdovinos, Barrón García o Trapote Sinovas se ocupen de él (Trapote Sinovas apud Exposición, 2004, con bibliografía precedente). Gracias a ellos sabemos que este cáliz forma parte de un conjunto de piezas integrado, además, por un portapaz y por una cruz procesional (ésta anterior a 1507) donado a la iglesia parroquial de Dueñas por don Luis de Acuña (+ 1522), hijo del primer conde de Buendía, pues consta así en los inventarios del siglo XVI. El autor de este conjunto, según lo acredita su punzón, es Juan Lorenzo de quien apenas se sabe nada: no está documentado y, aunque los tipos que emplea lo relacionan con el foco de platería vallisoletano, sus obras, que comprenden no solo el conjunto eldanense, sino también la cruz parroquial de Santa María del Campo (Burgos), no presentan la marca de esta localidad. Barrón Carcía no descarta que trabajara en Dueñas, donde, más avanzado el siglo XVI, se documenta a un platero de este nombre, acaso hijo del artífice del conjunto donado por don Luis de Acuña. En el cáliz de Dueñas se abren camino entre tracerías y follajes tardogóticos motivos de incipiente renacentismo como querubines o como figuras masculinas que cabe interpretar como Hércules. Su desarrollo iconográfico comprende un Cristo crucificado y una Anunciación en el pie y una teoría de santos en el nudo acompañando a la Virgen con el Niño y al Salvador, pero el sentido profundo de la pieza se explicita en la inscripción grabada que recorre el perímetro exterior de la copa: «ego sum panis vivus qui de celo», cita de Jn 6, 51 («Vo soy el pan vivo [bajado] del cielo») que subraya su sign ificación eucarística.

( Figura 16. Cáliz presumiblemente donado por doña María Sarmiento, tercera condesa de Ribadavia, y por su esposo don Juan Hurtado de Mendoza a la iglesia de San Pedro de Mucientes. Fuente: Carlos Brasas) (*)

La segunda de ellas es uno de los cálices de la iglesia de San Pedro de Mucientes (Figura 16), dado a conocer por Brasas Egido (2002). Mucientes se benefició del patrocinio de los Sarmiento, señores de la localidad desde 1410 y condes de Ribadavia desde 1476 (Duque, 1997), quienes promovieron la reconstrucción de su iglesia parroquial a partir de principios del siglo XVI, donando, asimismo, entonces, las magníficas piezas de orfebrería de este momento que atesora el edificio: la cruz parroquial de Pedro de Ribadeo, el principal artífice vallisoletano de este ramo de finales del gótico, y el cáliz que nos ocupa, cuyas características remiten, asimismo, al foco de platería vallisoletano, si bien su autoría no se puede determinar, por desgracia, pues, aun cuando el cáliz presenta varias marcas, no todas ellas son legibles, apuntando, además, las que son legibles a un marcaje y contraste leonés (Brasas Egido, no obstante, no descarta que la pieza se hiciera en Valladolid y que luego se marcara y se contrastara en León, lo cual, aunque extraño, no es del todo excepcional). El cáliz de Mucientes, de plata dorada, asimismo, es menos exuberante que el cáliz de Dueñas (no tanto por demérito suyo como por el carácter absolutamente excepcional del eldanense), pero, sobre todo, ha sufrido algunas modificaciones que han mermado un tanto su carácter: adición, en el siglo XVII, en el pie de escudos de doña María Sarmiento (+ 1544), tercera condesa de Ribadavia, y de su esposo don Juan Hurtado de Mendoza, presumibles donantes del cáliz en el siglo XVI, y, sobre todo, modificación, en el siglo XVIII, del astil para dotarlo de un nudo liso que facilitara su manipulación. Recorre el perímetro exterior de su copa la inscripción «+ o sacrum convivium in quo christus sumitur» («Oh sagrado banquete en que Cristo es recibido…»), texto correspondiente a una antífona del oficio de la festividad del Corpus Christi que subraya la significación eucarística de la pieza. ¡Cómo nos gustaría poder reconocer en la rosa o subcopa que sirve de asiento a la copa un haz de hojas de vid que pusiera el broche de oro a este periplo histórico-artístico! Sin embargo, Brasas Egido las describe, con buen criterio, como «seis grandes hojas rizadas sobrepuestas, similares a cardinas». En este caso, como en otros muchos casos, la dura realidad no nos permite llegar tan lejos como nos hubiera gustado en este recorrido por la presencia del vino en el arte del territorio de la Denominación de Origen Cigales”.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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