Por Javier Pardo de Santayana

( Soberbia. Acuarela de Carlos Sarrate en sarrate.blogspot.com) (*)
Hoy me referiré a la rampante cursilería gramatical. Por un lado está la adopción innecesaria de palabras y expresiones inglesas, a la que ya me he referido en otras ocasiones y que los jóvenes actuales han adoptado sobre todo en relación con sus gustos musicales. En este sentido lo que más me asombra es el entusiasmo que demuestran ante unas canciones cuya letra estoy seguro que no entienden.
Pero hay mucho más que eso. El número de palabras del idioma inglés hoy utilizadas en España y que no responden a operaciones o artilugios tecnológicos es ya muy notable y llamativa. Sin más me viene a la memoria una que se utiliza con frecuencia: la de “outlet”, con la que se suele designar la venta de sobrantes de serie fabricadas por una determinada firma, cuando ya existe la clásica, que es simplemente “saldos”. Caso éste con el que indudablemente se pretende dar un toque de clase que supere la impresión de “desecho” que “saldos” pudiera sugerir, pero cuya sustitución por otra no española es en realidad un engaño intencionado.
Podríamos añadir muchos ejemplos más de términos ingleses de uso corriente incluso en círculos selectos, como aquel de “chequear” utilizado por simplemente “comprobar”; o lo de “implementar” por “desarrollar” o por “poner en “práctica”, expresiones éstas antiguas y consolidadas en nuestro propio idioma. Y ahí tienen ustedes una acción tan sencilla como la de “correr” hoy ya sustituida por el “running”, término innecesario a todas luces.
Y es que en esta moda de sustitución de términos hispanos descubrimos una cursilería como de estúpida fascinación por lo foráneo, que se convierte en una “pose” que va incluso más allá de la cursilería y tiende a la rimbombancia y la simbiosis con lo administrativo. Aquí tienen, señores míos, un ejemplo observado no más allá de esta misma mañana cuando, en el vehículo que me traía el gasóleo para la caldera, un pretencioso título grabado en la carrocería para indicar lo que los cursis llamarían “la filosofía de la empresa” decía nada menos que esto: “Hábitat ecológico”. Ahí queda eso y no me diga usted que no es sublime.
Pero esto palidece cuando nos fijamos en un artilugio que no dista mucho de mi casa y sobre el que durante mucho tiempo anduve dando vueltas preguntándome a qué santo vendría su condición de aparente gran depósito provisto de una tolva y situado en una salida hacia la A1. Pues bien, cuando por fin le añadieron un letrero explicativo, lo que leí en él fue nada menos que “Instalación Vialidad Invernal”. Así que, además de observar esa manía actual de comerse la preposiciones como si en ello les fueran los ahorros, me preguntaría por qué en vez de aquella frase no se limitaron a escribir aquello de lo que en realidad se trata: esto es, de una “reserva de sal”, utilizada como usted bien sabe cuando los meteorólogos anuncian la proximidad de una nevada. He aquí otra cursilería teñida de lenguaje redicho y administrativo. como lo es también lo que les mueve a algunos a decir “nerviosidad” en vez de “nervios” o a referirse al clásico “recreo” del colegio como “segmento lúdico”, huyendo así de lo más directo y más sencillo. Como cuando el nombre de “retrete” fue sustituido por los de “excusado”, “water” o “servicio”.
De todos modos donde la cursilería alcanza cotas inmarcesibles es en lo tocante a “lo ecológico” y “lo sostenible”, conceptos situados ya en lo más alto de la corrección política y de la cursilería del postureo mediático. Quizá se trate de ignorancia mía, pero mire usted que nos hablan de ello como el desideratum que buscan todos los comerciantes y “consumidores”. Yo les confieso que pese a llevar ya unos años oyendo palabras de este porte aún no sé bien en qué consisten de verdad una vez desprovistas de su atracción publicitaria.
De “lo ecológico” si sé que casi siempre se refiere a productos hortícolas que se hacen prosperar sin recurrir a abonos y productos químicos. Y aunque recuerdo que hace más de cincuenta años un ingeniero agrónomo ya nos proporcionó unas moscas que evitaban la plaga de la patata, aun me pregunto cómo podría yo evitar los caracoles que invaden y se comen mis repollos si no es vigilándolos día tras día y matándolos uno a uno con mis manos; operación que, a no ser que los animalistas discriminen entre sus propios protegidos, merecería mi condena. O sea, que aún no tengo nada claro lo que constantemente nos recuerdan y pregonan quienes a todas horas y en todas circunstancias presumen de “ecológicos” en la televisión y en los superrmercados. Sí que tengo en cambio la impresión de que en este tema existe demasiado cuento.
Algo parecido me sucede con la palabra “sostenible” que tan bien queda en los salones. Usted puede comprar hoy casi cualquier cosa por el doble de precio por la etiqueta que la identifica como un producto de calidad excelsa. Supongo que lo que quieren decirnos con el adjetivo consiguiente es, por ejemplo, que sus calzoncillos, una vez que usted los deseche por impresentables, acabarán por ser utilizados una vez convenientemente “procesados” – he aquí otra palabreja – de una forma que no reconocerá, mas que podría ser quizá de un mantel, un alimento para perros o vaya usted a saber, pues cabe incluso la posibilidad de que los vuelva usted a usar tal como fueron.
Quiero decir con ello que tengo la impresión de que en todos estas cosas – los anglicismos, el lenguaje alambicado o administrativo, o el culto por las palabras veneradas por la “corrección política” – hay mucho “quedar bien” y demasiada intención de parecer moderno.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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