Por Javier Pardo de Santayana

( Primavera con amapolas. Acuarela de Manuel Macías Cañizares en 100×81.ning.com.) (*)
La colza ha vuelto; lo delatan los campos amarillos que hoy salpican el valle del Jarama. No es novedad estricta, porque ya el año pasado se empezaron a ver por estas fechas, o mejor, antes de abril. Incluso di fe de su presencia en unos cortos versos que decían:
ÚLTIMOS DÍAS DE MARZO
(Campos de colza)
Los cielos iluminados,
cercas verdes, verdes prados
y hermosos campos dorados
– la gloria de los sembrados –
ya anuncian la primavera.
Sueñan los enamorados…
¡Bien valió la larga espera!
Pues les diré a ustedes que aunque este año los enamorados han tenido que esperar un poco más – hasta ya empezado abril – los campos de colza nos han concedido la alegría de seguirnos mostrando su interés por estas tierras. ¡Y vaya si lo han hecho! Ante la tardanza llegamos a pensar que quizá hubiera fallado la previsión de ganancias con que contaban los agricultores que daban por descontada la superación del maleficio, pues hasta entonces hablar de colza aquí en España era hablar sencillamente de un aceite tenido por veneno peligroso.
En efecto, toda España sabía que el desdichado condimento había producido tal escabechina entre unos consumidores seducidos por el precio, que ya nadie admitiría de buen grado la explicación de que la muerte no estaba en la colza propiamente dicha sino en los productos añadidos. Desde entonces la palabra “colza” fue para todo el mundo sinónimo de una tragedia alimenticia, así que mejor era ni siquiera mencionarla. Y para cambiar la opinión pública respecto a ella no bastaban explicaciones técnicas sino que sería imprescindible dejar pasar el tiempo en una cura basada en el olvido.
Desconozco las disposiciones técnico-administrativas relacionadas con el tema en el contexto agrícola, pero como sí sé lo complicados que hoy son estos asuntos en versión europea – mi cultura proviene sobre todo del programa de los sábados en COPE – me temía que los campos de colza desaparecieran de nuevo este año tras lo que habría sido un fugaz y malhadado intento. Así que la aventura iniciada el año 2017 podría haber culminado en un fracaso. Claro que también podría haberse dado el caso de que de las autoridades europeas hubieran obligado a una alternancia de cultivos.
Mas no fue así, y el trayecto desde mi pueblo actual hasta Madrid ha aparecido parcheado de campos amarillos que destacan entre los sembrados verdes, porque es preciso decir que este comienzo de la primavera fue precedido de lluvias abundantes.
Quien no haya visto nunca unos campos como éstos se preguntará cuál es ese color amarillo de los “campos dorados” de mis versos. Soló diré que es un amarillo tan extraordinariamente intenso y luminoso que me faltan palabras para describirlo. “La gloria de los sembrados” quizá sea la expresión que más se acerca al sentimiento que despierta.
Como ustedes pueden fácilmente imaginar, con este modelo cercano y circundante mi jardín difícilmente podía competir. Por otra parte, como a estas alturas del mes tampoco andábamos holgados de recursos para renovar las flores después de un invierno destructivo, tampoco era cuestión de dejarlo seguir tal como estaba. Así que se me ocurrió la solución de echar mano de unas matas de un color naranja llamativo brotadas espontáneamente en un solar del pueblo; matas cuya existencia conocía ya desde hace un par de años. Excelente iniciativa por cuanto me permitiríaa embellecer cumplidamente nuestro entorno inmediato. Caléndulas es el nombre de estas flores, caracterizadas además por su belleza campesina y por su comportamiento a la vez austero y generoso.
¿Caléndulas he dicho? Al pronunciarlo he recordado que la evocación de este nombre, al que el acento esdrújulo añade un toque de espectacularidad superador de su absoluta sencillez, me había inspirado allá por el año 2010 una visión fantástica – imposible, abrumadora, sugerente – de millones de flores de color naranja invadiendo el azul de los océanos: simplemente, un maremoto de caléndulas.
Una imagen poética que se uniría a una pregunta sin respuesta: ¿Y si el mar floreciera de repente?
Éste fue el resultado de mi ensueño: unos desconcertantes versos, y un milagro.
MILAGRO EN LA MAR
¿Y si el mar floreciera de repente
y se llenara de flores encendidas?
Imaginad los témpanos rodeados
de campos de petunias y alhelíes
y las profundas simas abisales
tupidas de altos tallos retorcidos.
Al vaivén de las olas oscilantes
dormirían, quizás, los girasoles,
y un aroma de mirto y de romero
llenaría de olor la madrugada.
Hasta el mismo confín del horizonte
llegarían los campos de amapolas
y, con la espuma blanca de sus pétalos,
orlarían las costas los jazmines.
Habría maremotos de caléndulas.
Si tal cosa ocurriera,
yo saldría a la mar sin rumbo fijo
para ver cómo saltan los delfines
entre los tallos de las margaritas.
Y dejaría crecer la marejada,
y arder de tempestades los océanos
para llenar de rosas mi cubierta,
y regresar al puerto con los mástiles
ornados de glicinias y amarantos.
PS: Como mi improbable lector habrá quizá pensado, mientras la naturaleza nos brinda el color de sus flores más bellas, vemos al amarillo convertido en símbolo de un inquietante movimiento caracterizado por promover la división y el odio. Menos mal que el más bello amarillo, aquel que se distingue sobre los demás colores hasta colmarnos de emoción el contemplarlo, surge, no allá donde es utilizado para el enfrentamiento y la ruptura, sino en las fecundas tierras castellanas: aquí, en el valle del Jarama, donde el cielo pertenece a las cigüeñas y la luz al color de los sembrados.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http//c1.staticflickr.com/1/907/26826309207_6f44472357_o.jpg