Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Esteban en La Razón el pasado día 2) (*)
Recordarán ustedes que los países situados al norte y en el centro de la Unión se referían a nosotros, los “del sur” – es decir, a determinados socios suyos ubicados en las latitudes más meridionales – con el apodo de los “cerdos”. Lo harían aprovechando la coincidencia de que las siglas de los cuatro países señalados – Portugal, Italia, Grecia, España – componen juntas en el idioma inglés la palabra “PIGS”, cuyo significado ustedes ya conocen. Claro que para poner las cosas en su sitio habría que recordar a estos simpáticos vecinos nuestros que del Mediterráneo les vino una cultura sin la cual no pasarían de ser gente elemental y primitiva. Así, sin ir más lejos, tendrían que reconocer que los PIGS parimos Homeros, Platones y Aristóteles, Plutarcos, Colones y Da Vincis, Vascos da Gama, Magallanes y Camôes, y Cides, Elcanos, Pizarros, Hernan Corteses y Cervantes.
Por lo que respecta a España, los ecos de la Leyenda Negra, la desdichada caída del Imperio, y los enfrentamientos que desembocarían a lo largo en una guerra civil, habían conformado la imagen de una nación desunida y problemática. Pero un largo periodo de reconstrucción que, superando la turbulencia externa de una guerra mundial seguida de otra fría, llegó a crear una potente clase media y culminó con la restauración monárquica, permitiría nuestra homologación con los demás países europeos y nos pondría una vez más en línea con Europa.
Ésta sería la tarea de una generación que tras de culminar este proceso demostraría un nivel de voluntad y de capacidad de adaptación que, unido a la eficacia, asombraría a todos por la rapidez y calidad de sus esfuerzos. Nadie en su sano juicio se atrevería a hacer de nuevo aquellos juegos de siglas ofensivas con nosotros.
Y sin embargo los enormes avances conseguidos se irían al traste por culpa de un relevo de generaciones merced al cual algunos indocumentados alcanzaron un poder para el que nunca hicieron méritos. De entrada, enfocarían su trabajo no como un esfuerzo de todos los políticos con la común intención de hacer Europa y España al mismo tiempo según el estilo de Occidente, sino como una lucha de rufianes basada en triquiñuelas y cuyo objetivo sería un aprovechamiento partidista. Así que la modernidad ya no tendría por objeto lograr la paz y la prosperidad en sintonía con los principios de los visionarios padres fundadores y en armonía con las enseñanzas de la Historia, sino rompiendo los moldes de la lógica y singularmente de la ética.
Sin alcanzar siquiera el nivel intelectual para entenderlo, los nuevos bárbaros del siglo XXI se permitirán romper alegremente con nuestra tradición más acendrada, e impulsarán un relativismo de supermercado cuando más daño podía producirnos; es decir, cuando desde la cultura y el conocimiento se hacía preciso superar los problemas de la complejidad que nos abruma y de una globalización que nos supera.
“Más dura será la caída” solía decirse en estos casos: y esto es cierto, porque resulta más doloroso constatar que tras hacernos ilusiones no hemos aprendido casi nada; que para lo que sí somos unos artistas consumados es para flagelarnos mutuamente. Que aquellos compatriotas nuestros que parecían discurrir, aquellos que se ilusionaron con Europa, los que en su día intuyeron la tragedia de la crisis y votaron con cabeza para aprobar proyectos razonables, parecen haber desaparecido o haberse unido a una pandilla de irresponsables desentendidos de la historia salvo para crear enfrentamientos nuevos; unos rufianes que carecen por lo que se ve de convicciones, que reniegan de nuestra fe y nuestra cultura, que se dejan arrastrar por la mentira y que carecen de la más elemental educación.
Mucho se menciona a Frankestein en nuestros días al referirse a las alianzas “monstruosas” que contra natura y con total desprecio de la razón y de la ética hoy se permiten los partidos. Pues bien, cualquiera diría que el siniestro doctor está empeñado en hacer horas extraordinarias transformando la mente de los españoles, otrora al parecer sensatos y hoy sumidos en la más inconcebible inopia intelectual. Habrá que ver si reaccionan; que al final son ellos los que eligen.
Mientras tanto supongo que a la vista de los resultados obtenidos veremos un retorno de la estúpida gracieta de las siglas: la que creíamos ya hace tiempo desacreditada por nuestro buen ejemplo. Pues se da el caso de que en esta aventura sin rumbo definido que han emprendido nuestros próceres actuales, nos acompañan, con el mismo despiste acostumbrado, nuestros colegas griegos e italianos, caracterizados desde antiguo por complicarse de cuando en cuando la existencia y salir luego del paso como pueden. (Observen que no incluyo a los amigos portugueses, que parecen estar siendo los más listos).
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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