Antaño y hogaño (VII). 2. Período de la madurez

Por Carlos de Bustamante

( Alcila, Marruecos. 2011. Acuarela de Emilio Tejeda. 48 x 32,3) (*)

A “toro pasado” la juventud del que creía eterno ese período, fue como un suspiro. Cierto que al estar tan repleto de acontecimientos en el campo, en la ciudad, y en los albores de su vida militar, desbordante de las más diversas aventuras y desventuras, mientras transcurría este venturoso período, se diría que duró una eternidad.

Esta percepción de la juventud en un “soplo”, procede como digo al pensar ahora en ella; pero cuando el relator pormenoriza los acontecimientos y hechos de nuestro joven-maduro, parecen inacabables por cantidad de sucesos y relevancia de ellos.

Sin ser persona extraordinaria el protagonista, sí fueron relevantes, digo, los acontecimientos vividos. Farragosa y ardua tarea escribirlos por quien los recibió en confidencia; y para mayor abundamiento, tal vez aburrida para los amigos y probables únicos lectores que los lean. Metido ya “en harina”, me arriesgo siquiera sea en una mínima parte:

Un año escaso “diz” que estuvo el teniente que inicia este período en la cofradía de los solteros. Y diz también, que por las cuasi incontenibles ansias de matrimonio con la su Graciela, se le hizo eterno.

Madurez: lejos de seguir el ritmo de vida “alegre” de los africanos sin compromiso, dedicó su trabajo –y éste intenso- a sus soldados recién incorporados al Servicio Militar. En las horas libres de los días laborables, tuvo la “peregrina” ocurrencia de impartir charlas en su compañía -que lo era de su capitán- a los soldados que voluntariamente quisieran prescindir del paseo y “correrías” para instruirse en aspectos de virtudes militares, morales y humanas. Temas que, previamente bien preparados, tenían el doble o triple efecto de abrir nuevos horizontes de formación humana, militar y cristiana. Y eso –laico hasta la médula-, sin interferir para nada en la labor que correspondía al Páter. Con el que dicho sea de paso le unía estrecha amistad.

Diz, que fueron de un éxito tal, que el barracón de su compañía resultó pequeño para acoger a los soldados de otras, que acudían “al olor de las sardinas”. Pero ¡ay!, que, cuanto tenía de buena voluntad, lo era también de una supina falta de experiencia.

La asistencia voluntaria pero in crescendo a las charlas, no pasó inadvertida a su inmediato superior. No muy aficionado su capitán a las materias objeto de las charlas, le llamó un mal día para su intempestivo carácter: -“Teniente… ¿con permiso de quién reúne usted a los soldados de mi compañía e incluso a los que no son de la “mía” (recalcado el término): cara de haba del teniente inexperto.

Fue el primer arresto que tuvo de oficial en el ejercicio de funciones extras sin el reglamentario permiso. Un día en su domicilio, que era el barracón de oficiales. Dura la lección, pero creyó que aprendida. Además de inexperto, iluso.

Diz que sucedió en Navidad; concretamente el día de los Santos Inocentes, que si mal no recuerdo es el 28 de Diciembre. Su capitán de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero no lo consigo, tenía el loable y máximo interés en que si el barracón de su compañía era en extremo austero, tuviera al menos unos aseos y servicios dignos. Con gran esfuerzo y dineros de Dios sabe dónde, soldados albañiles de entre sus soldados se pusieron manos a la obra. Tal fue el empeño ilusionado del veterano capitán africano, que delegó instrucción y tareas que le eran propias en el voluntarioso inexperto. Como en la celda de un convento destartalado, menos comer, lo hacía allí todo, siempre vigilante del mayor ritmo de su obra. Cuando concluida, sonreía con orgullo de tener en sus lares lo cuasi desconocido por modernidad en los africanos lugares, cual si museo se tratase, la oficialidad y jefes en pleno, visitaron la maravilla. Porque lo era. Todas y cada una de las horas eran buenas para visitar y exigir la máxima pulcritud al “escorial” en su compañía. La brega continua del teniente, no era óbice, para que el inexperto rebosase de buen humor. Llegó el día apropiado.

-Mi capitán, alguien se ha dejado los grifos abiertos y los aseos están por completo inundados, dio la novedad el inexperto. Sin inventarse aún los misiles así voló el, con perdón, interfecto dejando tras de sí la estela de los exabruptos nunca oídos. Tarde entendió el inexperto su torpeza. Sin cambiar la velocidad de crucero, un huracán llamado capitán X, penetró en la compañía arrollando cuanto encontraba a su paso. Cabo de cuartel, sargento de semana y oficial de idem, acudieron alarmados. La calma inmediata al contemplar impolutos “sus aseos”, se transformó en otro de similar potencia, pero en sentido contrario hacia la sala de oficiales. ¡¡Tenienteeeee…!!

– A sus órdenes mi capitán, son los santos inocentes…, le dijo, con arrepentimiento tardío. No le dolió tanto al capitán ser víctima de la inocentada, como la explosión de risa desde el Coronel hasta el cornetín y gastadores de servicio a la entrada de la sala.

Más calmado, pero con destello en los ojos que lo decían todo, añadió: “Pues pase usted otra inocentada en su domicilio, hasta mañana a esta misma hora”. Y domicilio era la casita molinera, preparada con ilusión y amor como vivienda tras la próxima boda. Nunca pensó el inexperto en estreno semejante. Bondadoso el Coronel, ordenó -con la risa contenida a duras penas- que no se le anotasen los arrestos en su Hoja de Servicios. Favor en absoluto flaco, pues según las Ordenanzas, al tercer arresto pasaría sin remedio al Hacho: prisión militar “ad hoc”, pero prisión.

Con el debido permiso del confidente, será en los próximos, si Dios es servido, donde espero no ser tan “peñazo” como en los precedentes.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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