Antaño y hogaño (VII).3. Período de la madurez

Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Danny Quirk en paisajesybodegonesaloleo. blogspot.com) (*)

Cuando se han recibido, como nuestro joven, todavía inmaduro, dos arrestos casi seguidos –aunque por cuestiones mínimas e incluso opinables- difícil que se apreciara el trabajo que desarrollaba de forma si no silenciosa, sí íntima y desde cuasi escondida. Quiero decir, que trabajaba en cumplir su obligación, que por vocacional, era amablemente deseada.

Instruir a los soldados a su cargo. Era por tanto más deseo que obligación. Pero, virtudes de la milicia y de otras profesiones, supongo. Diz que, reconocido o no; alabado o inadvertido, él a lo suyo: preparación primero para los soldados para el combate, por si algún día su Patria lo necesitase. Y al tiempo, sin posteriores lugares, enseñanza de cuanto le es propio a los que militan en las Fas en general y al ciudadano honesto y humanamente virtuoso en particular. Ni más ni menos, que cuanto asimiló en la Escuela que fue el “espíritu de la General” (AGM). Primera e indeleble lección de madurez. Se lo relataré por partes.

Sabido es por mis amigos y probables únicos lectores, que quien iniciaba este período, preparaba y esperaba ilusionado realizar los planes elaborados día a día desde casi la adolescencia: su unión de por vida con la su Graciela. Fue entonces cuando vio cómo lo hasta ahora vivido o deseado con ilusión, requería hacerlo realidad con responsabilidad. Fue entonces cuando, no sin inquietud ilusionada, supo que la realidad requería obras, para que sus amores fueran materializados en hechos razonados. Y como una recién estrenada familia necesitaría el calor de un hogar, hubo de compaginar charlas y actividades de montaña con los soldados que el capitán tenía en la compañía bajo su mando. Con el aprendido permiso, escalaban en días no laborables, las impolutas cumbres, nevadas perpetuamente, del imponente Titshuca. Afanosamente removió “Roma con Santiago”, para encontrar vivienda con un precio de alquiler, adecuado a sus siempre escasos ingresos. Con ignorancia supina en estos menesteres, al tiempo de vivienda, se planteó el problema del mobiliario y utensilios para las necesidades propias de un hogar. Aunque en su vida “se había visto en otra más gorda”, a marchas forzadas, tuvo que iniciar la madurez necesaria para iniciar con dignidad un nuevo y apasionante período.

Terminada la labor con sus soldados -el capitán delegó en él responsabilidad y trabajo- dedicó sus esfuerzos a buscar vivienda digna. Da fe el relator de que ambas pretensiones las encontró, pero con cualidades más que dudosas. Salvo que la dignidad fue posterior al hallazgo. Nada diz que dijo de ella, porque el relator lo vio: era una casita molinera adosada a los muros del acuartelamiento, donde una parra de frondosidad exuberante en la fachada disimulaba lo que pretenciosamente el moro propietario denominaba vivienda. Mas como el trabajo del aprendiz a maduro finalizaba al canto del muecín a la oración del crepúsculo, entre sombras, le pareció –infelice- hasta palaciega.

El “palacio”, se desmoronó como un castillo de naipes al amanecer de un nuevo día. La parra fue parra. Y el palacio fue casita con diminutivo, porque lo era en grado sumo. Pero el contrato y pago por adelantado de una mensualidad estaba hecho. Y ya saben la veracidad obliga a que “a lo hecho, pecho. Ésa casa más que modesta, había de ser su primer hogar una vez contraídas nupcias. El aún inmaduro, se puso el traje de faena y allanó senderos de entrada, fregó suelos, pintó las “cuatro paredes”, repuso cristales… Y Con la ilusión que a veces ciega al que ve divinamente, sonrió satisfecho. Sonrisa fugaz. Satisfacción empañada con un nuevo y desolador “descubrimiento”: ¿y los muebles…? Y con cierto pudor: ¿y el dormitorio?

La casualidad en forma de Ángel de la Guarda, diz que vino en su ayuda: el veterano capitán de su compañía, volvía a la Península en situación de retiro. ¡Vendía los muebles de su casa en los pabellones ocupados por los oficiales más antiguos en el Regimiento!. Olvidada la inocentada, compró a un precio de ganga su mobiliario aun sin verlo. El propio capitán, inusualmente solícito, hizo el traslado a la ya denominada “casita del moro”. ¡Horror de horrores cuando los vio el inmaduro! Diz, que vuelta a ponerse el mono de trabajo, lijó, barnizó, atornilló, compuso, en fin, los muebles –si es que merecían este nombre- habían pasado de mano en mano, las mil y una batallas. Costumbre ésta de los africanos que cambiaban de destino o regresaban a la patria chica. Terminada la laborada de hacer posible lo imposible, volvió -infelice- a sonreír satisfecho. E iluso, envió en fotografías el fruto de su trabajo. Ni por un momento diz que pasó por su mente la cara de la su Graciela cuando viera el fruto del trabajo del que sería “su hombre”. Misión cumplida, con los pies en una nube acolchada, marchó a rematar su sueño a la península. Con una rara madurez en cuerpo y alma, verán en los que sigan, si Dios es servido, las más venturas que desventuras de un recién estrenado matrimonio en el casi -con perdón- trasero del mundo.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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