Van Gogh en tierras burgalesas

Por Javier Pardo de Santayana

( El Cañón de La Horadada )

Aparecen a poco de pasar Briviesca. Hemos tomado lo que yo llamo “la ruta de los corzos” y henos entrado en la Bureba cuando los campos se tiñen de colores vivos para no abandonarnos ya hasta alcanzar los aledaños de Cantabria, y sólo nos darán la despedida pasada Medina de Pomar; afortunada villa que en las Merindades custodia un castillo señorial. El espectáculo es grandioso como un óleo: intensos verdes y amarillos, y en el fondo un luminoso cielo azul quizás algo más pálido que el de los cuadros del holandés desorejado. En el comienzo, los tres colores nos escoltan en la prolongada recta hasta Terrazos, donde nos damos de bruces con la Peña del Turco, ese rincón en el que uno imagina un cálido ambiente pueblerino siguiendo los partidos en la tele. Arriba, la iglesia me hace admirar la fe de los ancianos que los domingos se esforzarán por superar la cuesta.

Luego, los campos encendidos seguirán animando el recorrido hasta Los Barrios, con su pequeña plaza y su elegante – casi catedralicio – pórtico de piedra, y, a cosa de uno o dos kilómetros, la singular arquitectura de una iglesia románica que sorprenderá al viajero: una pequeña joya que aparece entre los girasoles circundantes. Así que uno supone que este pequeño templo solitario – San Facundo – estará en el origen de una marca de pipas conocida (!).

Y aún seguirán los girasoles flanqueando la ruta hasta llegar a “Cornudilla”, cuyo nombre – como señalé en su día – sería mutilado y convertido en las señales en algo así como “Nudilla” para evitar, supongo, la humillación de sus muchachas ante las del vecino pueblo de “Hermosilla”. Y continuarán en el camino a Oña donde toparemos – oh, sorpresa – con una curiosa figura de elefante que el tiempo hizo surgir de entre las piedras.

Mas no pararán los girasoles de acercarse al viajero y salpicar de colores la prolongada ruta burgalesa. Sólo La Horadada, desfiladero vigilado desde la alta cumbre por las fortificaciones-castillo de Tedeja, interrumpirá temporalmente el espectáculo para dar paso al río Ebro en una orografía de final del mundo. E insistirá en el resto del camino hasta alcanzar la cercanía de Los Tornos.

Toda una aventura de luz y de color en movimiento; todo un ejemplo de fidelidad al sol de esta Castilla que rompiendo con su parquedad expresiva nos hablará de luces y colores:

¡Cómo se enciende de pronto
de luz de sol mi camino!

Sobre los campos se yerguen
– sol mil veces repetido –
grandes pupilas doradas,
verdes ojos amarillos
mirando al sol cara a cara
como lo miran los niños.

Gargantas de verde aceite
abren su voz y sus trinos
y unen sus notas redondas
al guirigay de los grillos.

Quieren incendiar de pájaros
las largas tardes de estío.
Verdes, que os quería verdes,
dorados campos – perdidos
entre surcos y trigales
y entre encinares y pinos –
que alzan sus voces de fuego
gritando al sol del olvido.

Un chopo de ramas verdes
baña su sombra en el río.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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