Digiriendo la tecnología

Por Javier Pardo de Santayana

( Ilustración de Israel Páez, en ipaez.carbonmade.com) (*)

Una de las cosas más necesarias para vivir un buen futuro es una buena digestión de la tecnología. “Es que comes demasiado deprisa” suele decirme mi mujer cuando me quejo de la acidez de estómago”. “Deberías comer con más reposo”, añade. Pues algo parecido nos está pasando por culpa de vivir acelerados. Creo yo que jamás en la historia de los hombres se avanzó a tan precipitado ritmo como ahora, y es natural porque cualquier avance lleva a buscar a su vez mayor progreso; fenómeno que en nuestro caso ya ha alcanzado un punto en el que se multiplican los inventos. Por ejemplo, las exigencias del espacio condujeron al desarrollo de la miniaturización, y en relativamente pocos años esto permitió el milagro del que hoy somos testigos.

Los resultados de lo cual son, efecto, semejantes a los de una digestión difícil, y plantean sobre todo un intrincado problema educativo, pues los más jóvenes difícilmente reflexionan y los mayores están hasta tal punto atareados haciendo frente a la complejidad creciente que no disponen de tiempo suficiente para aclarar debidamente sus ideas. El resultado es un amontonamiento de problemas del que nadie se siente responsable. Además, habiendo despreciado una visión de la vida que se elevara sobre la circunstancia cotidiana, tendemos a salir del paso peleándonos igual que tienden a pelearse hasta consigo mismos los niños de colegio cuando no son capaces de hacer algo.

Complejidad, aceleración, vaciedad y máximo despiste se acumulan hasta componer un panorama deprimente en el que poco sitio queda para una reflexión inteligente y razonada. Y, naturalmente, el resultado es depresivo. Así se multiplican las dificultades para encontrar la solución de este problema, mientras, a falta de otras normas de conducta que no sean las administrativas, los educandos en potencia se echan en manos de la tecnología disponible: un proceso en el que superan a sus propios padres. Así andamos ahora a vueltas con la conflictiva presencia en las escuelas de los aparatos que se conocen como “móviles”. Y digo yo: ¿cómo no va ser difícil decidir sobre este asunto cuando, al no saber siquiera qué son éstos puesto que sirven para todo, convertimos simplemente un adjetivo en sustantivo? En fin, ahora nos dicen que algunos países europeos han decidido prohibir hasta una cierta edad su empleo en los colegios, y mucho nos tememos que no sea sin trauma psicológico ya que el dichoso aparatito de uso múltiple es ya una parte indispensable de nosotros mismos.

Yo veo, por ejemplo, que los niños siguen reuniéndose en la plaza pero ni se miran a los ojos, pues cada uno se enfrasca en su pantalla tal como hacen los mayores en todos los sitios, y eso que con ello ponen con frecuencia sus vidas en peligro. Los veréis hasta cruzando los semáforos sin prestar atención a lo que les rodea e incluso hablando solos como si conversaran con un ser imaginario. Y lo harán con un pinganillo en sus orejas, despreciando el silencio imprescindible para permanecer atentos a los coches, a las bicicletas, y a cualquier otra circunstancia del tráfico rodado. Como los más pequeños, que, después de haber estado pendientes de sus móviles, encenderán el televisor nada más llegar a casa para que les sintonicemos un programa infantil o les busquemos un juego para entretenerse. A diferencia de nosotros, que jugábamos al escondite y a la comba o simplemente a la pelota, o fabricábamos un juguete imaginario aprovechando cualquier trasto disponible. O hacíamos uso de nuestra fantasía – me pongo a mí mismo como ejemplo – para montar una función o imitar a los mayores publicando un periódico. Mientras que los niños de ahora se sumergirán en un juego interminable consistente la mayor parte de las veces en eliminar seres molestos, cosa que no veo recomendable. Hasta se enredarán en uno titulado “Assassin´s creed” que debe ser extraordinariamente interesante pero que me hizo preguntar a uno de mis nietos si en materia de asesinos los había tanto malos como buenos. No les extrañará su contestación afirmativa.

Así que mucho tendrán que ir al gimnasio nuestros descendientes para compensar aquellas largas tardes de dedo en la tecla y pinganillo en el oído que se les acabarán indigestándose como consecuencia de los atracones de ordenador, de móvil y tableta. Y les harán ir a consultar al oculista, pues la atención que se brinda a todos estos aparatos, más la fijación casi permanente de la mirada en las pantallas, terminarán costándoles la vista.

Supongo que todas estas cosas estarán siendo ya estudiadas por expertos aunque mucho me temo que, como los gurús de de la modernidad no consideran a nadie culpable de sus actos y son adictos a fórmulas psicosomáticas y respuestas administrativas, al final descartarán cualquier sencilla solución educativa para encontrarla de nuevo en la tecnología. Así que exigirán más directivos, más ordenadores, y, sobre todo, más dinero.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c2.staticflickr.com/2/1891/42912524650_5ed551035a_o.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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