Por José María Arévalo

( Los ‘ojos del diablo’ comparten espacio, y trazo, con dos aviones de la serie en el vallisoletano Callejón de la Alcoholera) (*)
Lo que comenzó como un movimiento revolucionario y rebelde, los grafiti, se ha convertido para muchos en arte urbano o callejero, una nueva forma de expresión para algunos artistas, pero hay que reconocer que para la mayoría no dejan de ser otra cosa que sucias pintadas, un incordio. Así que no dejan de aparecer noticias de grafiteros detenidos, como la de hace unos días sobre la redada policial en la que han caído nueve grafiteros por cometer 105 delitos en varias provincias, entre ellas Valladolid.
Sin embargo hay iniciativas oficiales que aprovechan a los grafiteros más finos para resolver el problema, evitando que algunos espacios públicos se llenen de pintadas descontroladas o simplemente para resolver un problema decorativo. Precisamente estos días me ha comentado uno de mis hijos, profe de instituto público en Madrid, que va a intentar aplicar ese sistema para mejorar una de las fachadas de su centro, llena de pintadas, atrayendo a grafiteros que conoce. Lo que no siempre da resultado, porque una de las características de este arte callejero es la de tener a gala pintar sobre lo pintado por otro colega, sobre todo superponer su “tag”, que es más que su firma, la manera de expresar un propio estilo mediante un apodo o alias.
Hace unos años tuvo cierto éxito una iniciativa en Granada, donde se pintó un graffiti de más de 120 metros cuadrados como parte de una iniciativa programada por la Plataforma Granada Design Wall, que pretende promocionar y promover el arte urbano. Y así, durante todo un día, se iluminaron los muros de una piscina municipal con la colaboración de artistas de gran proyección en este arte como –citaba la prensa- Chapuone, McapMonsta, Sammy Gonza, Besk, Busco, LSKW, Kalama y Sake.

( Tren pintado en Valladolid por grafiteros) (*)
También en Valladolid se intentó algo parecido, aunque no con grafitis, y no sé como resultó. La Concejalía de Cultura en 2016 destinó 52.000 euros para que creadores locales embellecieran paredes medianeras y fachadas en mal estado que afean la estética urbana. Se trataba de colocar cuadros con personajes, paisajes o dibujos de todo tipo en vez de paños desconchados plagados de lineales de cables; eran los propios artistas los que tenían que delimitar los lugares susceptibles de ser tratados con lienzos a gran escala, con paneles de vinilo anclados a los muros como técnica a la que se daba prioridad, de manera que no hubiera que trabajar pintando desde un andamio. Además, esas láminas se podrían sustituir por otras en el caso de que se quisieran variar los diseños.
Pero, como dice Arturo Pérez-Reverte, en su novela “El francotirador paciente”, que leí hace unos años y me encantó, «si es legal, no es grafiti». Pérez-Reverte se adentra, en su novela, en el bronco mundo del grafiti, que por lo visto conoce bien por razones personales, y recrea el ambiente «marginal, vandálico» de los grafiteros, que «a veces linda con el terrorismo urbano». Dice que es inútil «el intento de las autoridades por domesticar el fenómeno. Nunca van a poder hacerlo, porque siempre habrá disidentes, grupos marginales que se negarán a aceptar ese juego». Lo resume muy bien otra frase del libro: «Las ratas no bailan claqué». Dejar su huella, su firma, en paredes, fachadas, vagones de metro o de tren es «muy importante» para los grafiteros, «chicos sin vida, sin futuro, sin presente, que no son nadie y que están condenados a extinguirse en una barriada. Su obsesión es que los conozcan, poner su nombre. ‘Escribo, luego existo’, me decía uno de ellos, y no como un guiño a Descartes. La frase se le había ocurrido a él», comenta Pérez-Reverte.

( Tápies. Llibre i grafitti) (*)
En la noticia que daba El Norte el pasado 18 de julio, los nueve grafiteros detenidos por cometer 105 delitos de daños en trenes y vagones, conformaban un grupo o “crew” de carácter itinerante y que han actuado de forma reiterada en trenes en las provincias de Madrid, Salamanca, Valladolid, Segovia, Ávila, León, Murcia, Valencia y Asturias, y el valor de los daños causados asciende a unos 420.000 euros.
Para cometer los hechos delictivos, los detenidos realizaban un estudio previo del lugar y comprobaban si existían vigilantes de seguridad o dispositivos técnicos de vigilancia, ocultando sus rostros con gorros o bufandas para dificultar su identificación. El grupo tenía un claro reparto de tareas a la hora de realizar la pintada. Varios de ellos formaban una hilera para distribuirse a lo largo de todo el convoy, otros vigilaban y otros grababan el grafiti para posteriormente difundirlo por redes sociales.
No es tan fácil conseguir una sentencia condenatoria de los grafiteros. El pasado mes de abril se publicaba la noticia de que había sido absuelto el grafitero acusado de la autoría de más de 400 pintadas en Valladolid capital. El Juzgado de lo Penal número 1 de Valladolid había dictado sentencia absolutoria en el caso del joven R.A.M, presunto ‘grafitero’ que fue juzgado el pasado mes de marzo bajo la acusación de ser el responsable de aquellas pintadas aparecidas entre los años 2015 y 2016 en las fachadas de todo tipo de edificios de la capital, incluidas iglesias, en las que el autor dejó su sello en forma de ‘ojos de diablo’ y ‘aviones de papel’. El Ministerio Fiscal solicitó una condena por delito continuado de daños, consistente en el pago de una multa de 7.200 euros y una indemnización de 1.473 euros en favor de los perjudicados.

( El grafitero del ojo del diablo) (*)
La fundamentación de la sentencia radicó en la falta de acreditación de la autoría de las pintadas, ya que no hubo testigos que vieran al acusado en plena faena y ni tan siquiera las periciales aportadas por la Policía Nacional fueron validadas por la juzgadora, en referencia a la aparición del acusado en un vídeo sobre ‘grafiteros’ colgado en su día en Youtube, en el que R.A.M. aparece unos segundos hablando con otros, y a una prueba caligráfica en la que toman como indubitados unos signos que no lo son. Pero además, en su fallo la juez advertía de que en el supuesto de que estuviera acreditada la autoría también el fallo sería absolutorio al considerar que los hechos, en todo caso, no serían un delito de daños sino una falta de deslucimiento, derogada a raíz de la última reforma del Código Penal que entró en vigor el 1 de julio de 2015. Eso sí, la sentencia precisaba que los daños por deslucimiento, en caso de identificación del autor, son reclamables en vía civil.
Durante el juicio, el ahora absuelto no sólo negó la autoría de dichas ‘obras’ sino la condición de ‘grafitero urbano’, y ello a pesar de que la acusación pública, apoyada precisamente en la prueba pericial caligráfica tumbada por la juez, consideró acreditado que tanto los ‘ojos de diablo’, primeros en aparecer, y la posterior creación en forma de ‘aviones de papel’ numerados, hasta cerca de 200, fueron ejecutados con sus manos y sus aerosoles.

( El ‘grafitero de la mano’) (*)
Además del grafitero de los ‘ojos de diablo’ y los ‘aviones de papel’, hay otro que ya se ha hecho famoso en Valladolid, el ‘grafitero de la mano’, que en diciembre pasado lo calificaba la prensa como “el grafitero más prolífico de la capital, autor de los centenares de manos que decoran literalmente los muros de media ciudad desde hace más de dos años”. En esas fechas fue sorprendido cuando volvía a hacer de las suyas en la calle Estación; fue sorprendido por los agentes de la Policía Municipal cuando estampaba su tradicional ‘üeya’, la rúbrica que acompaña a sus creaciones, en una caja de registro de un bloque de viviendas, al igual que ocurriera el 29 de enero de 2016, armado con cuatro aerosoles cuando daba los últimos retoques a su vistosa mano en tonos naranjas, azules y negros junto a su firma.
Dice Arturo Pérez-Reverte que el grafitero «no es una persona que pinta por pintar. Lo hace por ganarse una reputación en un mundo de reglas y códigos muy estrictos y muy conocidos, que además se arriesga. Hay héroes y villanos, delatores y cobardes en ese mundo, mucho más complejo de lo que parece a simple vista». No hay un perfil definido de los grafiteros. «Son muy diferentes, pero a todos les une la calle. Hay artistas muy buenos de verdad; otros son pésimos. Algunos en el futuro quieren ser algo, otros no quieren ser nada».
«Me decía uno: ‘yo es que no quiero exponer. En un museo compites con Picasso, y en la calle compites con el cubo de la basura y con la guardia que te persigue. Pero en la calle eres libre'», recuerda el escritor, que, al preparar su novela sobre grafiteros, “El francotirador paciente”, participó en algunas acciones de arte callejero y sintió «la tensión» y el peligro propios de esas actuaciones. Casi como en sus años de reportero de guerra.
Pérez-Reverte conoce «muy bien» el arte moderno y asegura que en ese mundo «hay infiltrados». En su novela el escritor critica ciertas manifestaciones del arte actual y menciona a artistas a los que admira «mucho» y otros a los que «no» respeta. Así que ilustramos este artículo con, además de fotos de pintadas vallisoletanas, un cuadro de Tápies, muy de su estilo, que titula “Llibre i graffiti”. No veo mucha diferencia entre este y aquellas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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