Por Javier Pardo de Santayana

( Mujer. Óleo de Antonio López) (*)
Leo en “Alfa y Omega” un pequeño artículo sobre la espiritualidad del desierto, y no puedo por menos de picar en el anzuelo. No en vano Dios me concedió el regalo de haber vivido en él y de poder recordar sus sensaciones y vivencias. En el Sáhara viví, en efecto, varios años en los que estuve destinado voluntariamente; años que fueron precedidos por estancias limitadas a las vacaciones navideñas. Luego tuve la ocasión de atravesar de lado a lado los desiertos de Nuevo Méjico, Arizona y Colorado. Espacios unos y otros diferentes en su aspecto pero parecidos en la oportunidad que nos conceden de pensar en las cosas de la vida sin ser arrastrados por las voces y los ruidos habituales
No me extrañan, por tanto, aquellas consideraciones que puedan referirse a la oportunidad que el desierto nos ofrece para filosofar sobre la vida. De entrada está el silencio. En este mismo blog en que hoy escribo lo hice hace no mucho sobre su condición de “espacio en blanco” o “pentagrama” donde se insertan los sonidos y la música, así como de generador de sensaciones propias. O como “sonido del tiempo” que sitúa al ser humano en lo esencial. Y sin embargo, ¡qué difícil es para el hombre de hoy aprovecharlo para la reflexión y la oración! Parece que detenerse en él es algo así como perder el tiempo, cuando la realidad es que hace más fácil su aprovechamiento; que en esto reside precisamente uno de los grandes problemas del hombre de hoy en día: en la dificultad con que tropieza para desembarazarse del ruido circundante y encontrarse así, quizá, consigo mismo.
Téngase en cuenta que el silencio es uno de los posibles escenarios esenciales en la vida del hombre. Y que, cuando se encuentra inmerso en él como es el caso del desierto, puede resultar tan real y natural como sería el panorama de ruidos y estridencias en que se siente envuelto el urbanita. La diferencia es que en la ciudad uno se mueve rodeado de estímulos sonoros y visuales que le obligan a atender lo que reclamará la acción – es decir, a estímulos artificiales que se convertirán en más obstáculos que habrá que superar – mientras que, por el contrario, en el desierto tan sólo encontrará cuestiones inquietantes. Por ejemplo, el caminante se sorprenderá de la presencia de la vida por muy sencilla que ésta sea, y sentirá pasar el tiempo aunque éste le parezca detenido. Hasta percibirá el transcurrir silencioso de los siglos, patente como está en determinadas huellas que en la ciudad se ocultan, como las que en el caso del Sáhara revelan la transformación de los océanos, que es lo que nos dirán las caracolas semiocultas en las sebjas o los fósiles de foraminíferos y radiofaros que decoran determinadas extensiones y cuya presencia le hará sin duda preguntarse, como me sucedió a mí en un amanecer en Gor Amgana, si lo que tiene ante sus ojos es un mundo recién creado o, por el contrario, un mundo ya extinguido. Sí; el eventual observador se sorprenderá de todo: de ver que algo se mueve, simplemente, o de descubrir unas pinturas rupestres como las que se pueden admirar en los montes de Leyuad o el Diablo, muestras evidentes de que allí vivieron en su día animales más propios de sabanas que del actual desierto. Y se preguntará cómo será la vida de quienes en él insertan su cultura e incluso se obstinan en seguir viviendo.
Mundo simplificado y esencial en su apariencia pero que es a la vez un libro abierto que conecta con la geografía y con la historia a través de los tiempos permitiéndonos comprender bastantes cosas más de las que nosotros mismos solemos plantearnos. Un espacio para los estudiosos y para los filósofos como también para los teólogos y ascetas. Y no digamos para razas en extinción como las de los poetas y los soñadores.
Para mí, que soy un poco todas esas cosas aunque en la categoría de torpe aficionado, el desierto, sea de saguaros o de talhas, supondrá una permanente fuente de inspiración poética. En efecto, bastantes de mis poesías surgieron algún día allá o en mi recuerdo, y en ellas quedarían registrados momentos para mí gloriosos e imágenes de impacto que permanecerán hasta la tumba en mi memoria.
En aras de la brevedad tan sólo mostraré como remate de este artículo la que escribí hace tiempo con el recuerdo de una inmensa duna a la que un día ascendí haciendo un alto en el camino entre el Aguerguer y Auserd. Aquí la tienen:
UNA MAÑANA EN LA DUNA DE RABT SBETA
Evocación
Soledades de silencio
Silencio de soledades
El horizonte redondo
y en medio, la duna grande
y una mañana infinita
y un océano de instantes
Sólo el sol y yo, y la arena
y el viento que empuja al aire
Caminante: no hay camino
Camino: no hay caminante
(De mi libro “Banda Sonora”)
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c2.staticflickr.com/2/1964/44595342154_4ec79ed9af_b.jpg