Por Javier Pardo de Santayana

( Las calaveras mexicanas. Foto en telemadrid.es) (*)

Empezaré por decir que al principio no me cayó tan mal. Lo conocí viviendo en Norteamérica, así que cuando mis vecinos más pequeños llamaron a la puerta de mi casa, lo tomé como algo simpático y curioso: como una costumbre de las que dan color y variedad a un país acogedor y variopinto. Por otra parte, era un tiempo en que los españoles no nos habíamos dejado aún invadir por el idioma inglés.

“Treat or trick” (en traducción libre: “si usted no acepta un trato, ya verá lo que le viene encima”) decían los pequeños, amenazando de esta forma a los mayores con que, de no darles alguna golosina, harían algo que en realidad supongo no acabarían nunca haciendo: quizás una pequeña broma inofensiva. Motivo por el cual tuvimos preparada una golosa colección de caramelos.

Mas la realidad es que cuando uno vive en una tierra que no es suya se toman estas cosas como algo curioso y divertido simplemente porque no pertenecen a nuestra cultura. Eso pasa claramente, por ejemplo, con las costumbres de países tenidos como exóticos. Luego, si con el tiempo aquello se convierte en algo que puede ya considerarse propio, entra la aceptación o no de lo foráneo conforme a nuestra forma de entender la vida. O sea, que lo que antes fue folklore pasa a ser materia de discernimiento personal. Tal cosa ocurre, por ejemplo, cuando frente a nuestra tradición de los tres Reyes Magos, tan enraizada en las familias y que además figuran en la tradición cristiana, aparece la de Santa Claus, el bonachón anciano procedente del frío. Yo le acepté en principio cuando vivía en Kansas, mas ahora le desearía fuera de la Navidad española, Y eso que, como digo, lo acepté, y añadiré que incluso agradecido, cuando mi compañero de “pupitre” se marcó el detalle de despertar a mis hijos perfectamente disfrazado y emitiendo sus clásicos gruñidos.

Lo digo porque los españoles, tan propensos a renegar de sus costumbres y aceptar las ajenas no sólo por papanatismo sino también inducidos por aquellos de nuestros compatriotas que odian incluso la fe de nuestros padres, parecen asimilar con sumo gusto cuanto venga de fuera de nuestras fronteras, y no digamos si se nos exporta con la etiqueta norteamericana. Que esto es precisamente lo que nos ocurre en relación con el gran éxito del “Halloween” famoso, o sea de la celebración festiva del luctuoso día de los muertos, no ya con la ocasión de recordar a nuestros familiares y amigos fallecidos – o volverlos a tener de alguna forma de nuevo con nosotros, como al parecer hacen los mejicanos y es costumbre de algunos de nuestros compatriotas – sino simple y llanamente para presentárnoslos como espantosos seres babeantes de sangre que se nos aparecen por las noches para darnos sustos pavorosos y ponernos a todos, niños y mayores, de los nervios.

Pero no es sólo eso, puesto que con tal motivo los jóvenes y no tan jóvenes acuden en tropel a multitudinarios jolgorios musicales en los que mueven sus cuerpos mutilados al ritmo establecido por un pinchadiscos – ahora ”disk jockey”, por supuesto. Que esta es la interpretación hispánica de lo que debe hacerse la Noche del Día de Difuntos e incluso del día precedente de Todos los Santos, cuando asoman sus pálidas faces horrorosos personajes sanguinarios por pasillos y esquinas en tinieblas de tal forma que las que debieron ser unas jornadas de reflexión sobre la santidad y la virtud, y de expresión del amor para con quienes ya no se encuentran con nosotros, quedan fuera de programa de la mayoría de nuestros compatriotas, asociados ya definitivamente, como los mismos niños, a la fealdad, al alarido y al terror.

Y esto me parece preocupante, pues suponga usted, improbable lector mío, que sus hijos o sus nietos dan por supuesto que sus abuelos o sus padres, quizás ya ausentes para siempre, andan de noche ocultos por las esquinas de la casa para amedrentarles con sus apariciones destempladas en vez de imaginarles como almas bendecidas que ya disfrutan en del perdón, de la Gloria, y del amor de Dios. O sea que en vez de evocar en esos días sus buenas obras y aquel cariño que en vida sentían por sus familias, relacionen su muerte con el susto y con el miedo pavoroso que ahora inspirarían a sus deudos. Y ahí cualquiera se sentirá aludido, por cuanto antes o después todos – queramos o no queramos- terminaremos de la misma forma.

Eso hace que el Halloween, que ya ha invadido las escuelas y colegios españoles, y además es evocado y fomentado a todas horas y a través de todos los cauces disponibles por el comercio, los educadores y los medios, me parezca una increíble y deplorable exhibición de falta de respeto a nuestro muertos. Y no digamos a los que fueron santos y nos dan ejemplo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4901/44968456814_be8760d438_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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